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Prólogo

  

Hola, me llamo Nico y soy una chica. Odiaré a mis padres siempre por haberme puesto el nombre de mi abuela, pero falleció el mismo día que yo nací y ellos, rotos de dolor y de felicidad, tomaron esa decisión. Nicolasa. Nico, por favor.

Llevo unas semanas algo confusa. Desde hace un par de meses o tres coincido con una chica en el metro. Y me gusta. Me gusta tanto que ya no puedo decir que coincida con ella. Sé en qué estación sube, en qué vagón se mete y a qué hora lo hace. Si llego pronto a la estación y pasa un tren, no me subo porque sé que no es el momento. Ironía: dejar pasar un tren para llegar a tiempo.

La chica del metro no es especialmente llamativa por ser guapa. Lo cual no quiere decir que sea fea. Es de ese tipo de belleza que sólo muestra a quien ella quiere. Yo le observo y cuando la chica del metro va a girar el cuello para mirar hacia donde estoy yo, aparto la cara rápidamente. Maldigo mi cobardía y me repito: “A la próxima, le aguanto la mirada”, pero pocas veces me atrevo. Siento que me va a estallar el corazón cuando nuestros ojos se encuentren y temo morir de un infarto como mi abuela.
 


Lo que me confunde es que a mi nunca me han interesado las mujeres. O no del todo. Lo mismo que los hombres. Y cuando estoy confundida acudo a mi amigo Raúl. Raúl sí sabe que a él le gustan los hombres.

Raúl me dijo que me armase de valor, que apuntara mi nombre y mi número de teléfono en un papel y que se lo diera con una sonrisa la próxima vez que la viera.

Ahora llevo un papel doblado con mi nombre y mi teléfono en la chaqueta y estoy esperando a que llegue al tren adecuado.

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