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Capítulo 7: Punzadas en el estómago

Psicosomatizo demasiado. Estoy cagada de miedo tras el beso. Literalmente. Y necesito ir al baño.
-¿Estás bien, Nico? -me pregunta Mamen.
Niego con la cabeza.
-No, no me encuentro bien. Me duele el estómago.
-Salgamos afuera.
Sé que necesito aire fresco así que le hago caso. Veo a la mujer de la puerta que me sonríe con complicidad. No estoy para sororizar ahora mismo y lo ha debido notar.
-No me vomites en la puerta, ¡eh! -me dice.
Mamen me sujeta el cuerpo. Me duele tanto el estómago que camino doblada.
-¿Qué te pasa? ¿Quieres vomitar?
-No… -le contesto.
-¿Necesitas… -hace una pausa para encontrar la expresión adecuada, -hacer caca?
Me río lo cual me produce más dolor. Me he reído porque me hace gracia oír esa palabra salir de su boca. Es tan infantil y ella parece tan madura.
-Creo que sí.
-Entremos y vamos al baño. Daré codazos si hace falta.
Le digo que no con la cabeza.
-Ah, ya, eres de esas.
-¿De cuáles?
-De esas personas que no pueden hacer caca en sitios públicos.
Me río de nuevo. Más dolor. Asiento con la cabeza.
-Ven a mi casa. Es un lugar desconocido pero a estas horas no habrá nadie, estarás calentita y podrás sentarte en la taza.
Levanto una ceja.
-Podrás hasta comer en ella, que me ha tocado limpiar el baño esta semana -dice mientras hace el signo de la victoria con los dedos.
Me fijo en esos dos dedos levantados y me entra otro retortijón. La paradoja: su invitación me da más dolor de tripa, por lo que no tengo otra opción que aceptarla e ir a su casa.
Su casa está muy cerca del bar. O eso me ha dicho. Durante el trayecto no para de hablar y preguntarme qué tal voy. La verdad es que es muy atenta y logra distraerme. Hasta que no llegamos a su portal no me doy cuenta de que ya no me duele la tripa, pero es cruzar la puerta de su casa y, ay, vuelven los retortijones.
Tenía que haberme ido antes de subir.
-El baño -me dice señalando una puerta del pasillo.
Sonrío con los labios apretados al tiempo que le ruego con la mirada.
-No te preocupes. Iré a mi habitación. Ahí no oiré nada -dice antes de marcharse.
Mamen tenía razón, se podría comer en ese váter.
Me siento y evacuo de manera tan potente que dudo que no lo haya escuchado. Busco desesperada el ambientador y le doy tres o cuatro veces hasta que me ahoga el olor perfumado.
Salgo del baño y permanezco unos segundos en el pasillo. Lo último que querría ahora sería llevarme la estela de olor conmigo.
-¡Mamen! -la llamo.
-¡En la habitación del fondo!
¿Se supone que tengo que ir a su habitación?
-¡¡Ven!!
Mierda.
Camino pegada a la pared como si tuviera miedo a que me saliera un monstruo. El monstruo del sexo lésbico.
La puerta está entreabierta y la luz es tenue. Cuando entro me doy cuenta de que he caído en su trampa. Se ha quitado la ropa hasta quedarse con una camiseta de tirantes y unos bóxer. No lleva sujetador porque se le marcan los pezones.
-Tengo que irme a casa. Mis padres… -me muerdo la lengua antes de acabar. De nuevo he sonado infantil y me daría de bofetadas por ello. Pero, ¡un momento!, a mi qué me importa lo que piense Mamen si no me voy a liar con ella. No me voy a liar…
Mamen se acerca a mi. La luz de la lámpara le ilumina parcialmente acentuando el tono dorado de su piel. Al trasluz puede verse el terciopelo que conforma su piel, los vellos de los brazos y las piernas.
Sí, le estoy mirando las piernas. Y los brazos, y los pezones, el cuello, la boca.
-No temas -me dice. -Esto lo hemos hecho antes.
Me agarra la nuca, me lleva hacia ella y me besa igual que en el bar, pero antes de que me zafe, sube la intensidad, sus labios se hacen más tiernos y jugosos y mete su lengua en mi boca.
Me abandono por completo pero me siento torpe. Dejo mis manos muertas en su espalda. Pega su cuerpo al mío y me abraza con fuerza por la cintura. Hago lo mismo. Toco la piel suave y caliente de sus brazos. Mete sus manos bajo mi jersey. Tengo muchísimo calor y quiero quitármelo. Parece que me lee el pensamiento porque ha agarrado los bajos del jersey para quitármelo.
Cuando tengo la prenda en la cabeza, tomo conciencia de la situación. Como si al quedarme ciega hubiera adquirido el superpoder de la percepción.
-Para, para, para -le digo con una voz que sale ahogada desde debajo del jersey.
-¿Qué pasa?
-No puedo… Yo no soy… No soy como tú.
Salgo de la habitación y me pierdo por el apartamento en busca de la puerta para salir de ahí, para salir de este nuevo yo que no me gusta, que no soy yo, que le ha dado por salir ahora y que voy a guardar en un cajón bajo llave.
-Nico… -oigo a Mamen rogarme desde el rellano de su escalera.
Bajo las escaleras lo más rápido que me permiten las piernas, todavía temblorosas y salgo a la calle.
Son las 2 de la mañana y vomito lo último que me queda en el estómago.

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Capítulo 6: El bar Coyote (segunda parte)

-Raúl, me meo. Acompáñame al baño -le pido a mi amigo.
Raúl está bailando como un descosido a ritmo de Mónica Naranjo mientras a mi me duele la vejiga.
-¿También quieres que te baje las bragas para que hagas pipí?
Le miro con odio.
-Tienes que empezar a dar pasos tú sola. Empieza por los que van de aquí al baño.
-Pero… ¿y si me habla alguna chica?
-¡Pues le hablas tú también! No tengas miedo, no te van a violar.
Cojo aire hasta que llena mis carrillos y lo expulso con violencia. Qué manta de hostias le metería a Raúl alguna vez.
Pongo el cuerpo en tensión y cruzo el local tratando de no rozar a nadie ni que nadie me roce para que no me malinterpreten y entonces, antes de llegar al baño, la veo: la chica del metro. Está de espaldas y baila junto a su grupo de amigas, que cantan muy motivadas la canción de Malú que acaba de pinchar la DJ.
-Joder, joder, joder -me quedo paralizada y cuando al final logro moverme sólo me sale ir hacia atrás.
-Raúl, es ella, es la chica del metro.
¿Quién?
-Esa, la del pelo moreno y largo que lleva un petate a la espalda.
-Estupendo, Nico, acabas de describir al 75% de las presentes.
Le cojo del antebrazo y extiendo la mano para señalar.
-¡Esa!
Raúl afina la vista. Nunca reconocerá que debería llevar gafas.
-¿Estás segura? Está de espaldas.
En realidad, pocas veces he visto a la chica del metro de espaldas pero estoy segura de que es ella. Bueno, casi segura.
-¿Y qué haces aquí? ¡Ve a hablar con ella!
-¡No!
-¿Estás tonta o qué te pasa? -Raúl me agarra de los hombros y se acerca para asegurarse de que le oigo por encima de la música. -Tu viaje ya ha comenzado. No será sencillo, no será corto, pero ahora no puedes echarte atrás. Disfruta de los momentos buenos y traga con los malos. Este es uno de los buenos. Así que ve hacia esa chica y preséntate. Sin más, como tú eres. Le encantarás.
-¡Ese es mi miedo! Que le guste, que me pida una cita o que le de por besarme o por querer hacer el amor conmigo. Me aterra esa idea…
-Nico, no adelantes acontecimientos. Ve ahí y preséntate.
-No… -digo con un hilillo de voz y agachando la cabeza.
Sin verlo venir, Raúl me empuja de manera delicada pero con firmeza hacia el grupo y choco con la chica del metro. Cuando levanto la cara, la chica ya se ha girado.

No es ella. No es la chica del metro. Es otra chica que irradia belleza por todos los poros de su piel. Siento un gran alivio al comprobar que no es la mujer que estaba buscando.
-Disculpa, pensaba que eras una conocida…
Me dispongo a marcharme, pero la chica me agarra de la cadera y me obliga a volver hacia ella. Su grupo de amigas se sonríen cómplices y me hacen un rápido examen visual.
-Me llamo Mamen -se presenta y me planta dos besos en las mejillas. -Ahora ya lo soy -me mira sonriente.
No reacciono.
-¿Y tú cómo te llamas? -me pregunta.
Trago saliva.
-Nico… -respondo.
-¿Cómo? -Mamen se me acerca con la excusa de que no me oye. Más adelante me confesaría que me escuchó a la primera, pero que quería saber cómo olía.
-Nico -digo un poco más alto.
-Encantada, Nico. ¿Has venido sola?
-No, he venido con… -me giro para señalar a Raúl pero no le localizo entre la gente.
-Creo que se ha ido -me dice una de sus amigas. -El chico, digo…
Le miro con cara de estúpida. Las chicas parecen simpáticas pero no puedo evitar sentirme como una cebra entre hienas.
-Nico, vamos a la barra, te invito a una cerveza.
Tengo a un ángel y a un demonio en cada uno de mis hombros. Tienen la cara de Raúl y los dos me dicen que acepte.
-Vale.

Mamen se dirige con seguridad a la barra. Hay hueco por la derecha pero prefiere ir por otro lado, donde más gente hay. Estoy tan lenta que tardo en captar que es otra estrategia: quiere cogerme de la mano.
Comienza a hablarme. Me cuenta que trabaja en una aseguradora o en un bufete, no me ha quedado claro, y que comparte piso. Yo le cuento que estudio, que vivo con mis padres, que he venido con Raúl.
Es guapa a rabiar. Es segura de sí misma, divertida, sexy… Bebo un trago largo de cerveza y enseguida se me sube a la cabeza.
-Es tu primera vez, ¿verdad?
Un poco de espuma se me cuela por la nariz. Asiento con la cabeza.
-Recuerdo mi primera vez en un bar de lesbianas.
-¿También lo pasaste mal?
-¡Qué va! -se ríe. -Tenía tantas ganas de mujeres que me encantó. Lo que no había hecho nunca, lo hice aquella noche. Quiero decir… -rectifica ante mi cara de asombro -que estaba confiada, me presentaba a las chicas que me gustaban, no tenía miedo al rechazo… ¿Sabes?
-Ese no es mi miedo, precisamente -le confieso no sé muy bien por qué.
-¿Y cuál es tu miedo, Nico?
Cojo aire, miro a mi alrededor y niego con la cabeza. Dejo la cerveza en la barra.
-Mamen, muchas gracias por todo, de verdad, pero creo que voy a irme, ¿vale?
Mamen tuerce la cabeza y me mira como si fuera un animal del zoo.
-No te vayas, porfi.
-Sí… Tengo que encontrar a mi amigo Raúl.
Sonríe.
-Nico, tu amigo se ha ido a casa o a otro bar. Te ha dejado sola para que espabiles. Me juego lo que quieras a que tienes un mensaje suyo en el móvil en el que te dice que me comas la boca.
Doy un respingo cuando oigo esa expresión. ¿De qué va esta tía? Saco el móvil y ahí está. El puto mensaje de Raúl diciéndole que le coma la boca a la chica que acabo de conocer.
-¿Estáis compinchados o qué?
Mamen se ríe con ganas.
-No, no… Pero no eres la única que ha pasado por esto, ¿sabes? -me mira con cierta ternura. -Todas nos hemos tenido que enfrentar solas a esto -hace un gesto con la mano para señalar a todas las chicas del bar. -Todas estas chicas han tenido o tienen miedo, ilusión, curiosidad, inseguridades… Y las seguirán teniendo porque esto es una carrera de fondo. Más vale que hayas reservado fuerzas.

No puedo dejar de mirar el lunar que tiene sobre el labio. Creo que le estoy mirando demasiado la boca, pero es que no para de hablar y apenas la oigo por encima de la música. Asiento con cada cosa que dice pero no aporto nada. Me siento pequeña.
-Tienes miedo a que te guste una chica y a todo lo que conllevará después: el rechazo, los comentarios por la calle cuando vayas con ella de la mano, o el no poder ir siquiera de la mano… Pero si te dejas llevar por el miedo, te perderás lo bueno: los besos suaves y dulces de una chica, el tacto de su piel, su olor, su pelo largo haciéndote cosquillas en la nariz cuando hundas tu cara en su cuello, la delicadeza con la que te tocará los pechos o el… o el… -busca una palabra delicada para decir “coño” pero no le sale. -Bueno, ya sabes.
Quiero eso que ha dicho. Estoy un poco aturdida por el alcohol, la música y el calor del local. Quizá no es el local lo que me de calor. A lo mejor es su presencia, sus palabras. Estoy sudando y temblando a la vez.
-¿Quieres que salgamos a tomar el aire?
Niego con la cabeza y mantengo la boca cerrada. Puede que esté un poco ruborizada. Ella tiene color en las mejillas. Le miro los pechos con un movimiento rápido de los ojos. Dios. Son preciosos. Subo y pillo su lengua paseándose por los labios para echar un trago de cerveza. Le paro la mano que sostiene el botellín. Me mira con extrañeza pero ya sabe lo que voy a hacer. Lo sabe antes que yo. Entreabre los labios y me lanzo a por ellos.
Tenía razón. Cuando mi boca entra en contacto con la suya la noto suave y dulce. Apresa mis labios con los suyos para liberarlos al instante siguiente. Así tres o cuatro veces. Antes de que meta lengua, me separo de ella.
Por alguna razón, siento que debo darle las gracias, pero sé que sonaría estúpido y me reprimo.
Me sonríe. Sonríe sin parar y me mira con una extraña mezcla de ternura y deseo. Como nunca antes me había mirado nadie.
-¿Qué tal estás?
-No lo sé.
Pensaba que sería liberador pero creo que me he puesto un peso encima.
-Me ha gustado -le digo sabiendo que estoy sonando como una cría de doce años.
-A mi también. Mucho. Y eso es un problema para ti.
-¿Por qué?
-Porque ahora no te puedo dejar escapar.
Ella vuelve a sonreír y a mi se me pone un nudo en el estómago.

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Capítulo 5: El bar Coyote (primera parte)

Nunca me ha gustado arreglarme. Bueno, mejor dicho, nunca me ha gustado arreglarme para algo. Arreglarme para una boda. Pánico. Arreglarme para salir a un sitio pijo. Terror. Arreglarme para Nochevieja. Infarto de miocardio. Me gusta arreglarme, pero necesito pensar que es para alguien, no por algo. 
Por eso, ahora estoy frente a mi armario abierto de par en par sin saber qué ponerme para salir a un bar de lesbianas (me muerdo el labio cada vez que lo digo, como intentando devolver esa palabra a la más profundo de mis entrañas). ¿Qué me pongo? ¿Cómo se supone que viste una lesbiana? Descubro que no tengo ninguna camisa a cuadros en mi raquítico ropero y me siento estúpida por caer en el tópico más básico. 
Oigo que suena el portero automático. Debe ser Raúl. Sube por las escaleras y mi madre le abre la puerta de casa. Dos besos, halagos mutuos. A mi madre le cae muy bien Raúl. 
-¿Estás yendo al gimnasio? Te veo como más fuerte, ¿no? -le pregunta mi madre. 
-Sí, llevo un par de meses, pero no pensé que se me notaría ya. 
Salgo al rellano. 
-Raúl, te necesito. 
Mi madre ríe y hace el mismo chiste de siempre. 
-Porque sé que no eres hetero, Raúl, sino pensaría que ahí dentro os lo vais a montar.
Ya dentro le digo que no sé qué ponerme, que no sé qué esperar de esa noche y que no sé en qué narices estaría pensando al hacer algo así. Raúl me coge por los hombros y me sacude con falso dramatismo. 
-Vamos a tomarnos unas cervezas a Chueca. Ponte algo con lo que te sientas guapa y no te preocupes. Sólo son chicas. Si ves que alguna va muy lanzada pues le echas el freno y… 
-¿Crees que me van a entrar? -entro en pánico. 
-No lo sé, pero cabe la posibilidad. Eres mona, como un peluchito. A mi me dan ganas de abrazarte todo el rato. Seguro que a ellas también. 
Respiro hondo y me rugen las tripas. Lo normal antes de un examen: un paseo al baño. Cuando vuelvo, Raúl ha puesto sobre mi cama los vaqueros más ajustados que tengo y mi jersey favorito. Debajo me he puesto un top blanco y calzo unas botas negras. Me siento cómoda aunque todavía me falta seguridad en mi misma. 
-¿Quieres que te haga una trenza? 
Arrastrada por la misma corriente que me lleva desde que acepté salir por Chueca, accedo. Si la cosa va mal, siempre podré echarle la culpa a Raúl.

Me tiemblan las piernas. Me tiembla todo en realidad. Raúl me pasa el brazo por los hombros y me habla al oído.
-No muerden. Al menos, no siempre. Son chicas, como tú. Algunas con más experiencia que otras, es verdad, pero habláis el mismo lenguaje, sabéis que un no es un no, así que vamos a entrar ya.
-¿No podemos esperar un poco?
-Llevamos media hora aquí plantados y empiezo a tener frío. Me apetece una cerveza y la tía de la puerta nos está mirando raro.
Raúl tiene razón: tengo que salir del caparazón.
En la puerta, la chica de seguridad nos para.
-Él no puede pasar -dice señalando a Raúl.
-¿Qué? -digo aliviada. -¡Pues si él no entra, yo tampoco!
La chica se encoge de hombros, nos aparta educadamente con el brazo y deja pasar a otras chicas de la cola.
-Eso es discrminación -se envalentona Raúl.
La de la puerta le mira de soslayo y levanta una ceja.
-Vámonos, Raúl.
-No, espera -me frena y se dirige a la chica: -Disculpa. He sido un grosero -dice con un tono calmado y dulce. -Esta chica se llama Nico y es su primera vez en un bar de lesbianas. Está… descubriéndose a sí misma. Seguro que la entiendes. No es sencillo. Yo soy la única persona que lo sabe, su único apoyo y si no podemos entrar, el mundo lésbico se va a perder a una preciosa bollera divertida e inteligente que se meterá en su caparazón y no volverá a salir jamás.
La chica de la puerta me mira de arriba a abajo y yo le sonrío con timidez. Aprieta el morro y asiente con la cabeza. Parece que he superado su examen visual.
-Está bien, pero un sólo lío y te saco por las orejas.
-¡Muchas gracias! -grita Raúl dando saltitos y palmadas.

En estos momentos odio a Raúl y su poder de persuasión.

Entramos a la discoteca, es amplia con las paredes pintadas de azul, una cabina con una DJ de pelo corto y camiseta de tirantes y una larga barra con tres camareras. Raúl se lanza a ella.
-Dos cervezas, por favor.
Aunque el local está oscuro, o mejor dicho, premeditadamente mal iluminado, puedo echar un vistazo a la gente que hay dentro.
Como era de esperar, Raúl es el único chico del garito pero es más femenino que muchas de las presentes.
De entrada, se me han caído algunos prejuicios: las chicas son guapas, se ríen, bailan, hablan… Nada me hace sospechar que pueda ser un sitio raro o que me vayan a asaltar a las primeras de cambio al grito de “¡Carne fresca!”. Respiro aliviada y le doy un trago largo a la cerveza.
-Esto está muy calmado. Se nota que la noche está empezando -apunta Raúl. -Claro, que en un bar gay ya habría unos cuantos comiéndose la boca. Tengo curiosidad por ir al baño…
-¡No vayas! Además, seguro que no hay para chicos.
-El baño es lo segundo que tienes que conocer al entrar en un bar: ubicación, higiene, amplitud… por si tienes que usarlo a lo largo de la noche.
-Raúl…
-No digo para follar, me refiero a si te entran ganas de hacer caca o de vomitar. Hay que tener en cuenta la logística.
Mientras Raúl me cuenta esto, veo que una chica se acerca hacia nosotros y ni corta ni perezosa se presenta.
-Hola, me llamo Sandra, ¿cómo te llamas? -me pregunta.
A pesar de que Raúl no para de darme codazos para que reaccione, estoy paralizada.
-Se llama Nico y aunque lo pueda parecer no es muda, ni sorda. Sólo un poco tímida.
-Vale -dice la chica muy sonriente y sin dejar de mirarme añade: -¿le dirás que venga a presentarse cuando esté más dispuesta?
Raúl asiente con una amplia sonrisa y la chica se marcha sin más.
-Bien, Nico, si la chica es buena, esperará paciente a que vayas a invitarle a una copa. Si es mala, de aquí a media hora todo el local pensará que eres corta, borde o ambas cosas y no querrán saber de ti y acabarás viviendo sola y rodeada de gatos.
-Le he gustado… -digo en un susurro.
Sigo en estado de shock porque he caído en la cuenta de que no sólo estoy oficialmente “en el mercado de croquetas*” sino que no debo ser mal producto.
Pánico.
Terror.
Infarto de miocardio.

Continuará…

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*El término croqueta lo leí por primera vez en +Hay una Lesbiana en mi Sopa y aprovecho la ocasión para preguntarles por su origen y si tiene que ver algo con lo que nos gusta rebozarnos XD 

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Capítulo 4: La palabra L


No la he vuelto a ver.
Aquel día llegué con una sensación agridulce a la facultad. Por aquel arranque de valentía y lucha a contracorriente que me asaltó acabé llegando tarde a clase. Localicé a Raúl y me senté detrás de él porque era el único asiento libre que quedaba cerca de mi amigo.
Mientras avanzaba por el pasillo de clase me miraba y movía la cabeza asintiendo para preguntarme qué tal había ido la cosa. Yo negué con la cabeza y me senté a su espalda.
Cuando se acabó la clase se giró rápidamente y me preguntó.
-¿Qué ha pasado?
Aquel giro de cintura, esas ansias por conocer y la mirada de corderillo degollado que puso Raúl me recordó a cuando nos conocimos. Yo llevaba puesta mi cara de “soy una tipa dura y me importáis una mierda todos” mientras que por dentro estaba cagada de miedo. Ya había gente que se había conocido en los pasillos o incluso antes de clase, a través de Internet. Yo no porque soy una cagada y me da pavor todo lo nuevo. Raúl se giró, se presentó conteniendo lo máximo que pudo su pluma y yo fui muy correcta y educada. “Sosa”, me dijo Raúl que fue lo primero que pensó de mi.
-No he podido darle el papel. Han entrado unos jugadores de baloncesto y se han interpuesto entre ella y yo y luego he tratado de alcanzarla por los pasillos pero no he podido. Cuando la he visto, ya estaba metida en el vagón.
Raúl me cogió la mano y me dijo que lo intentara de nuevo al día siguiente. Pero no hubo un siguiente. Aquella fue mi última oportunidad y no la pude aprovechar.

Día tras día, yo subía a nuestro vagón con la esperanza de volver a verla, pero ella dejó de aparecer tras esa última vez. Con el tiempo, dejé de sacudir la cola cuando llegaba a su parada, dejé de ponerme nerviosa al llegar la hora y también dejé de levantar la mirada para verla entrar por la puerta porque sabía que no iba a aparecer.

Cada vez que pienso en el tiempo que estuvimos jugando al perro y al gato me quiero dar de cabezazos contra la pared.
Siento que me han roto el corazón y ni siquiera he disfrutado de lo bueno de tener una relación romántica con alguien. Todo estaba en mi cabeza. 
Lo que parecían miradas invitando a entrar en su mundo, probablemente eran bizqueos por no llevar puestas las lentillas.
Lo que a todas luces era una sonrisa, seguramente era un tic nervioso o que estaría pensando en otra cosa.
Lo que era una historia de amor pactada en silencio, sólo eran imaginaciones mías.
Maldigo mi rico mundo interior…
Pero lo peor de todo es en qué posición me deja eso. Si me he enamorado de una chica, ¿significa que soy lesbiana? ¡Me cuesta hasta escribirlo! Como si fuera una palabra prohibida.
Quizá no me haya enamorado y sólo haya sido un lapsus momentáneo, una etapa o una mezcla de curiosidad y deseo por enamorarme de una vez.
-Raúl, ¿tú cómo lo supiste?
-¿Saber qué? -me pregunta instantes antes de darle un mordisco enorme al bocadillo de lomo con queso, bacon y pimientos que tanto nos gusta de la cafetería de la facultad. 
-Que eras gay.
Raúl mastica y saborea el bocadillo deleitándose de manera casi exagerada en los sabores de su boca. Una gota de grasa se le escurre por la comisura de los labios y saca rápidamente la lengua para lamerla y llevarla de nuevo a su interior.
-Creo… -comienza a decir. -Creo que estos bocadillos están tan buenos porque no han limpiado la plancha desde hace veinte años y, claro, los sabores se mezclan y al final…
-Raúl -le corto, -que me contestes.
Saca una servilleta de papel del servilletero de Coca-Cola. Sé lo que piensa. Odia esas servilletas de papel de cebolla que no limpian ni absorben ni nada. Coge tres o cuatro más y se limpia como puede.
-Siempre lo he sabido. Y siempre lo han sabido.

Me entristezco porque no es la respuesta que esperaba. Yo no lo he sabido siempre. Puede que no fuera como las demás chicas de mi clase, pero estaba convencida de que eso no me hacía diferente a ellas. Vale, jugaba al fútbol con los chicos en el recreo mientras las chicas jugaban a la goma, a la comba o simplemente hablaban de cosas que no me interesaban. Pero eso no significaba que quisiera ser un chico. Era una chica, me crecían los pechos como a una chica y tenía la regla como cualquier otra. Antes incluso que muchas compañeras. Estaba a gusto conmigo misma. Era la gente la que me hacía sentir incómoda, rara o fuera de lugar y a veces iba por el mundo con la sensación de ser un gran error de la naturaleza.

-Escucha, Nico -me dice Raúl, -vamos a hacer una cosa. Este sábado vamos a Chueca, a un bar de lesbianas.
Abro los ojos y mis cejas suben hasta la estratosfera como si fueran dos paracaídas de Felix Baumgartner.
-¡Ni de coña! -digo.
Raúl da otro mordisco al bocadillo sin dejar de asentir con autosuficiencia.
-Sí vamos a ir, lo estás deseando. Sólo necesitas un empujón. Y aquí estoy yo -cuando dice eso, se levanta de la silla y golpea con la pelvis en canto de la mesa. Un chico dos mesas más allá le mira y Raúl le desafía lanzándole un beso. El chico se ríe y vuelve a la conversación con sus amigos.
-Raúl, no soy como tú. Si fuera un animal, sería un caracol para poder meterme en el caparazón a la mínima que me tocaran un poco.
Mi amigo se ríe y a los segundos frena en seco la carcajada y se pone serio.
-El sábado. Tú. Yo. Un bar de lesbianas. Nos divertiremos.

Nunca he probado a decirle que no a Raúl y esta no va a ser la primera vez que lo haga.


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Capítulo 3: El parto

Una vez la chica del metro se sentó junto a mi. Casi se me salió el corazón del pecho. Incluso ahora mientras lo recuerdo estoy empezando a tener palpitaciones. 
Yo había encontrado un asiento libre en nuestra zona del vagón y me lancé a él. Había salido a correr el día de antes después de mucho tiempo sin hacerlo y no podía con mi vida ni con mis muslos. Estaba tan cansada que me daba igual si la chica del metro subía o no.

Pero subió y, llámalo casualidad, llámalo destino, la señora que estaba sentada a mi izquierda se levantó y salió del vagón, por lo que la chica aprovechó y se sentó a mi lado.
Tardé un poco en darme cuenta de eso. Como digo, estaba agotada y todavía era martes. Como hoy. Levanté la vista y me vi reflejada en la ventana de enfrente. Al estar en un túnel, la ventana se ennegreció y hacía de espejo. Entonces la vi sentada a mi lado, aunque mirando hacia otro lado.
Me quedé paralizada, como si tuviera a un dóberman salivando y mostrando sus dientes afilados justo en mi oreja.

Llevaba los auriculares, como siempre, tenía una mano apoyada en la barandilla junto a su asiento y la otra en su muslo derecho que estaba a un dedo del mío.
Sin pensarlo dos veces, hice desaparecer esa distancia y pegué mi muslo al suyo. El calor me inundó. Era agradable y horrible a la vez. Se me aceleró el corazón y empecé a respirar de manera entrecortada, pero no separé el muslo y ella tampoco lo retiró.
Veía por la ventana que ella seguía mirando hacia el otro lado, pero su mano derecha ganaba terreno milímetro a milímetro en su muslo, hasta que su dedo meñique rozó mi pierna.
Quise gritar, quise abrazarla, besarla. No dejaba de sonreír.

Entonces, como ahora, alguien interrumpió el momento. Una embarazada había puesto su bombo justo delante de mis narices y carraspeó un par de veces. Pillé la indirecta y le cedí el asiento. La muchedumbre y mi estado de estupor hizo el resto y me dejé arrastrar hacia el fondo del vagón, lejos de aquel meñique.

Maldije a todo el vagón, embarazada y bebé incluidos, de la misma manera que ahora maldigo al equipo de baloncesto que tengo delante y que no paran de reír y hablar muy alto (en todos los sentidos) y que apenas me dejan ver la puerta de entrada por la que tiene que hacer aparición mi chica.

Mi chica. Siento hormigas en el estómago cada vez que lo pienso.

Llegamos a su parada y entra puntual al vagón.
La veo entre el poco espacio que hay entre los cuerpos de los jugadores y veo que también le sorprende y le fastidia de alguna manera su presencia, pero no alcanza a verme.
Pienso que en algún momento se irán y tendré vía libre para mirarla. Pero no. Permanecen en el vagón durante todo el trayecto y se bajan en la misma parada que nosotras y que la mayoría de la gente.
Avanzamos en manada, casi arrastrándonos y empujándonos unos a otros. Los jugadores de basket están en todo momento entre la chica del metro y yo, haciéndome pantalla. No puedo hacerme un hueco de manera elegante. Tendría que empezar a dar codazos o escurrirme de manera poco natural entre la gente. Veo que se escapa, que es arrastrada por la masa por el intercambiador hasta que el camino se bifurca y ella toma una salida y yo la otra.

Me niego. No he reunido todo el valor que tengo y que no es mucho para que al final me vuelva a casa con las manos vacías.
Me doy media vuelta y lucho a contracorriente para seguir los pasos de la chica. Tengo que darle el papel como sea. ¡Como sea!
Parece un parto. Sudo. Empujo, la gente me mira mal, me pisa. Yo también piso y pido perdón cada dos pasos.

 

Conforme avanzo, noto que la masa se hace menos densa, que hay más hueco y respiro aliviada.

Corro hacia la otra salida, busco con la mirada a la chica y la encuentro subiéndose al vagón.
-¡Espera! -le gritó.
Ha sido una tontería gritarle, lo sé, me ha salido de muy adentro, de donde salen las cosas sin sentido. Pero la chica se gira y me ve. Le saludo con la mano y con la sonrisa más bonita que tengo, pero nada más. Estoy paralizada.
La empujan hacia el interior del vagón y ella me mira con gesto triste.
Le miro extrañada y ella niega con la cabeza.

El tren emprende la marcha y desaparece de la estación.

Sólo espero el momento de volver a verla mañana.

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Capítulo 2: La chica del metro


Lo que no recuerdo muy bien es cuándo me fijé en esa chica. Simplemente, un día la vi. Bueno, ya la había visto varias veces antes, como parte de ese elenco de extras que me acompañan todas las mañanas en el metro y que me dan cierta sensación de seguridad y hasta familiaridad.
Pero un día, no sé cuál, la miré.

Ya he comentado que tiene ese tipo de belleza que sólo muestra a quien ella quiere, así que es probable que fuese ella quien eligiera el día para mostrarse a mi.
Y yo piqué.
Un día tras otro.
Suele calzar zapatillas de deporte. Alguna vez botas. Siempre vaqueros y una cazadora azul marino con capucha y con pinta de ser muy calentita. Nunca la he visto con el pelo recogido. Lo lleva suelto, negro y de un liso que sólo puede ser recién planchado. Y sólo en una ocasión, la he visto con gafas, así que supongo que de normal usa lentillas.

Me sudan las manos. Las tengo metidas en el bolsillo de la cazadora y manoseo el papel doblado con mi nombre y mi número de teléfono. Las saco para que se sequen. Tomo aire. Llega un tren y miro el reloj. No es este. Dejo que el mundo entre y salga mientras yo apoyo la espalda en la pared de la estación.

El siguiente tren llegará en dos minutos, anuncia el cartel luminoso.

Visualizo la situación. Siempre me viene bien cuando estoy nerviosa. Bajamos en la misma estación, con un montón de gente más porque es un punto neurálgico de la red de metro. Me haré un hueco entre la gente, le tocaré el hombro y le daré el papel. No creo que le diga nada. Estoy segura de que lo entenderá.

Tendría que haber traído un libro, meterle el papel entre las páginas y decirle que se le había caído o algo así. Normalmente va con los auriculares escuchando música y moviendo los labios mientras canta tan bajito que ni su nariz podría escucharla, pero la he visto alguna vez con El señor de los anillos. Muy pocas veces. Seguro que lo coge con muchas ganas por las mañanas pero luego se arrepiente de cargar con semejante tocho en la mochila todo el día.

Durante todo este tiempo he estado inventándome una personalidad para ella. Me imagino haciendo escapadas de fin de semana con ella, alquilando un coche y discutiendo por qué música poner (a mi me gusta Lady Gaga y a ella Kings of Leon). Estudia Fisioterapia o Educación Física porque siempre le ha gustado el deporte, sobretodo el balonmano. Seguro que es una buena extremo: delgada pero musculosa y ágil.

El eco del tren que llega por el túnel me saca de mi mundo de fantasía y noto que algo me hace sombra repentinamente. Cuando levanto la vista, veo a un equipo de jugadores de baloncesto que se van a meter en mi mismo vagón. Nuestro vagón.

No, no, no, no. No puede ser. Son como torres enormes y están especializados en hacer bloqueos y pantallas. Me van a joder el plan. Les miro con odio pero apenas perciben mi existencia desde sus dos metros de altura.

Mierda. 

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Capítulo 1: La rendija

Recuerdo cómo le conté a Raúl que creía estar colada por una chica. Estábamos en la biblioteca de la Facultad. Ambos cometimos la insensatez de querer convertirnos en periodistas y desde que nos conocimos durante el primer día de carrera ya no nos hemos vuelto a separar.
Estábamos sentados frente a frente, con un montón de folios y fotocopias esparcidos por la mesa, subrayábamos y hacíamos anotaciones al margen de nuestros apuntes. Cualquiera que nos hubiera visto desde fuera hubiera pensado que estábamos estudiando, pero un zoom a la mesa habría revelado que las notas al margen eran monigotes y el subrayado localizaba palabras a lo largo del texto con el que formar nuevas frases.
Raúl me pasó un folio con su subrayado especial. Leí las palabras resaltadas: “Esto es… un… sopor”. Me reí y la bibliotecaria me chistó pidiendo silencio.
Nos quedamos mirando un momento y Raúl pudo ver cómo mi gesto cambiaba, me mordía el labio y le miraba con preocupación.
-¿Qué te pasa? -susurró Raúl.
La bibliotecaria volvió a chistar. Alcancé mi móvil, reflexioné durante unos segundos y le escribí un mensaje.
“Creo que me he enamorado”.
Cuando Raúl lo leyó no pudo contener la sonrisa y se recolocó en el asiento.
“Vamos a la cafetería y me lo cuentas”. Envió el mensaje y me miró. Negué con la cabeza.
“No podría contarte esto en voz alta”.
Raúl escribió a toda velocidad.
“¿Por qué?”.
Volví a morderme el labio. Los pulgares me temblaban.
Escribí lo más rápido que pude y le di a enviar sin pensarlo dos veces: “Porque es una chica”.
Los ojos de Raúl se abrieron como platos. En ese momento, se le pasaron mil cosas por la cabeza, como más tarde me confesaría. Que si ya sabía que me iba el rollo bollo, que si pobre de mi, que si pobres de mis padres, que si ahora voy a vivir como yo quiero. 
Tardó unos segundos en volver a escribir.
“Vale. Me lo cuentas cuando quieras :)”
Sabía que necesitaba tiempo, que primero tenía que asumirlo yo para poder contar mi historia. Pero también sabía que Raúl no iba a dejar que me lo callara mucho tiempo más.
Había abierto una rendija del armario y la luz me cegaba, pero la brisa que entraba parecía dulce y suave.

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Prólogo

  

Hola, me llamo Nico y soy una chica. Odiaré a mis padres siempre por haberme puesto el nombre de mi abuela, pero falleció el mismo día que yo nací y ellos, rotos de dolor y de felicidad, tomaron esa decisión. Nicolasa. Nico, por favor.

Llevo unas semanas algo confusa. Desde hace un par de meses o tres coincido con una chica en el metro. Y me gusta. Me gusta tanto que ya no puedo decir que coincida con ella. Sé en qué estación sube, en qué vagón se mete y a qué hora lo hace. Si llego pronto a la estación y pasa un tren, no me subo porque sé que no es el momento. Ironía: dejar pasar un tren para llegar a tiempo.

La chica del metro no es especialmente llamativa por ser guapa. Lo cual no quiere decir que sea fea. Es de ese tipo de belleza que sólo muestra a quien ella quiere. Yo le observo y cuando la chica del metro va a girar el cuello para mirar hacia donde estoy yo, aparto la cara rápidamente. Maldigo mi cobardía y me repito: “A la próxima, le aguanto la mirada”, pero pocas veces me atrevo. Siento que me va a estallar el corazón cuando nuestros ojos se encuentren y temo morir de un infarto como mi abuela.
 


Lo que me confunde es que a mi nunca me han interesado las mujeres. O no del todo. Lo mismo que los hombres. Y cuando estoy confundida acudo a mi amigo Raúl. Raúl sí sabe que a él le gustan los hombres.

Raúl me dijo que me armase de valor, que apuntara mi nombre y mi número de teléfono en un papel y que se lo diera con una sonrisa la próxima vez que la viera.

Ahora llevo un papel doblado con mi nombre y mi teléfono en la chaqueta y estoy esperando a que llegue al tren adecuado.

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