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Una estrella danzante

Ya está en pre-reserva mi nueva novela, la segunda que publico este 2018. ¡Ritmazo!

Os presento a Jana en “Una estrella danzante”. La escribí durante el #NaNoWriMo2017 y la he trabajado durante todo el 2018 para poderla traer antes de que acabara el año.

Una estrella danzante

La nueva novela de A. M. Irún.

Jana es una espía del tres al cuarto a la espera de su gran misión. Claudia se metió con quien no debía y ahora necesita un arma, un matón o ambas cosas. Mia está metida en le banda de Grosinho y tontea demasiado con la chica de su jefe.

Y las tres son la misma persona.

 

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Sinopsis

Jana es una espía de poca monta que amanece en una cama que no es la suya ni de ninguna de las dos chicas con las que se ha acostado. Y no recuerda cómo llegó allí. Sigue leyendo Una estrella danzante

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Misteriosas autoras de novela lésbica de las que quiero más

La frustración ante el poco público de novela lésbica puede llevar a algunas autoras a rendirse antes de tiempo

Es difícil escribir un libro. Es MUY difícil, de hecho.

Escribir en verano es duro. Photo credit: Internet Archive Book Images. No known copyright restrictions

Es un ejercicio solitario, que requiere mucha concentración, introspección y, sobre todo, paciencia. Un esfuerzo que muchas veces no se ve compensado con reconocimiento o dinero. Más si se trata de novela lésbica, donde el público de habla hispana es más reducido.
Esto puede hacer que una autora se frustre al ver que su primera novela, esa a la que le has dedicado tantas horas, esfuerzo y cariño, no alcanza la cantidad de lectoras que hubiera deseado y decidan no volver a escribir más. 

No sé si se trata del caso de estas dos escritoras que os traigo. Si es así, que estas líneas sirvan para animarlas a seguir. Esto es un partido que tiene muchos tiempos.

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La catarsis portuguesa

El pasado 19 de febrero publiqué mi quinta novela. ¡Quién me iba a decir hace tres años cuando escribí mi opera prima “Nico, por favor” que iba a llegar hasta aquí! La autopublicación en Amazon me está reportando muchas satisfacciones.

Último atardecer en Lisboa es una carta de amor a la capital portuguesa: Está escrita desde dos puntos de vista que se van alternando, el de Helena, la joven que busca desesperadamente un empleo que le evite pedir ayuda a sus conservadores padres, y Vero, una mujer con una vida perfecta, y conserva el estilo fresco, sexy y divertido de todas mis novelas. Sigue leyendo La catarsis portuguesa

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4 cositas que Flozmin me ha enseñado como escritora de ficción lésbica

Desde Argentina nos han regalado una preciosa historia de amor entre dos mujeres que se ha ganado los corazones de todas las hispanohablantes a un lado y otro del Atlántico.

Hago las presentaciones pertinentes. Florencia Estrella (interpretada magistralmente por Violeta Urtizberea) es una mujer con una vida laboral y amorosa desordenada, y con síndrome de Tourette que le hace putear (soltar palabras de manera aleatoria, la mayoría de las veces, insultos o tacos) en momentos de nerviosismo o tensión. Ha heredado de su padre un hotel junto con sus cuatro hermanas. Jazmín del Río (Julieta Nair Calvo ofrece una actuación más serena y sutil, resaltando ese remanso de paz que Flor necesitaba en su vida) es la cocinera del restaurante del hotel Las Estrellas que se enamora casi instantáneamente de Flor. Juntas forman Flozmín, una de las parejas lésbicas más exitosas de este 2017.

Los guionistas han escrito una historia bonita, sensual y auténtica y esto es lo que he aprendido de ellos:

Hacer guiños al fan

Lo que se ha pasado a denominar fanservice, término que nació del manga y que se refería a ofrecer al lector masculino elementos de mera recreación visual de los personajes femeninos. En Las Estrellas se ha traducido en varios guiños. El más claro se dio cuando Flor y Jaz fueron a tomar un café en una de esas cafeterías que te ponen el nombre en el vaso de cartón. Las chicas brindan y la cámara se detiene en el detalle de sus nombres unidos formando Flozmín, que es como se ha bautizado a la pareja por parte de sus fans en las redes sociales.

Los guionistas se suman a los juegos de las fans y mezclan realidad y ficción.

Jaz le tapa los ojos a Flor para que pinte un cuadro desde el corazón. Cuando le pide que elija un color, Flor pide el color violeta (su nombre como actriz). Algo similar pasa con las hijas que adoptan: la mayor se llaman Violeta y la pequeña Melisa, todo nombres de flores y plantas. Esto fue precisamente lo que le dijo Jazmín a Flor el día que se presentaron: “Mira, ya tenemos algo en común, nuestros nombres”. Quizá parezca un guiño superficial pero NO LO ES. Es la manera de subrayar que Flozmín están hechas la una para la otra para crear un universo propio y lleno de flower power.

Al fandom lo que es del fandom

Si los fans piden tal o cual cosa, dales tal o cual cosa. Para cumplir el fanservice hay que hacer una escucha activa del espectador. Si no queremos más piquitos de viejo, ¡no den más piquitos de viejo!) Gif besos

Está bien darle crédito al espectador/lector, saber que es inteligente, que sabe rellenar los huecos (la luz de la mañana entrando por la ventana, una cama deshecha, dos personas despeinadas…), PERO también es cierto que nos dirigimos a un público (las lesbianas y bisexuales) al que se le han vetado ver ciertas cosas antes. 

La ficción moldea la realidad

Lo que no se nombra no existe, pero lo que se nombra mal es peor. Y los adultos moldeamos pésimamente.

La lección nos la dan los guionistas a través de la trama de Violeta, la hija adoptiva de Flor y Jazmín. En esta trama nos muestran dos aspectos:

  1. Los niños no tienen prejuicios homófobos. En todo caso, lo aprenderán después de los adultos.
  2. En estos tiempos en los que se ha puesto de moda la maternidad subrogada, no olvidemos que hay niños que, aunque no tengan nuestros genes, también tienen derecho a tener una familia. No los olvidemos.

Los creadores de contenido de entretenimiento tienen (tenemos) la responsabilidad de repensar lo que ya está escrito, comprobar si se adecua a las exigencias del público y traducirlo a un lenguaje respetuoso e inclusivo.

Así se consiguen cosas como esta:

Crear mitología propia

Cuando estás mucho tiempo con una persona, ya sea tu pareja o una amiga o tu propia familia, se crea un lenguaje propio que sólo entendéis vosotros. Ese universo Flozmin es compartido por sus seguidoras que asumen como propio ese lenguaje.

Si una dice “Anda ve…”, la otra ya sabe cómo sigue.

 

También hay un par de cosas que he aprendido sobre qué no hacer a la hora de escribir ficción lésbica, pero me las guardo que no quiero hacer flame.

 

Flozmin, fue un placer compartir este viaje 🙂

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Las abuelas, nuestra piedra rosetta

He leído una frase que me ha partido la cabeza y el corazón porque (me) explica muy bien cómo veo ahora mi vida y mi literatura: “Hay que buscar entre los abuelos las palabras que necesitamos para explicarnos a nosotros mismos lo que nos pasa”. Podéis leer el contexto con el que fue escrita aquí.

Pienso en Vero, personaje esporádico, casi anecdótico, de “Nico, por favor” que ya he traído por aquí anteriormente. Este personaje, que en un principio fue diseñado para añadir una escena (más) de sexo a mi primer libro, se está revelando como piedra rosetta* de mis novelas y mi manera de ver la vida. Vero, la superficial, vuelve para darme una lección literaria y vital.

En la novelette que estoy corrigiendo ahora, cuyo título es “Último atardecer en Lisboa” y que espero vea la luz en primavera, hay una protagonista que también se define por algo que le dijo su abuela.

Con cada publicación, me asomo a la idea de que mis personajes me conocen mejor (y antes) que yo misma.

 

*En realidad, la novela entera de “Nico por favor” es mi piedra rosetta, pero es un pensamiento todavía en desarrollo que algún día compartiré con vosotras.

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La Virgen de las Nieves

Cuando esta mañana me puse a escribir mentalmente este artículo lo tenía bastante más claro que ahora, con el teclado bajo mis dedos. Creo que la frase que tenía pensada para empezar era algo así como “no os enseño mi cara, pero hoy me desnudo”. Ahora, ese arranque me parece frívolo.

No me andaré con rodeos (las personas que me han leído saben que soy bastante directa): este verano murió mi padre. Desde que le diagnosticaron cáncer de pulmón hasta que murió no pasaron dos meses. Me cuesta retener las lágrimas mientras escribo esto. Sigue leyendo La Virgen de las Nieves

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El lector impaciente

Ais (*suspiro), el olor del papel, el tacto suave de las solapas, el lomo del libro encajando perfectamente con tu mano, acunándolo, paseándolo.
Recuerdo haber leído mucho cuando viví en Móstoles. Cogía el tren para ir a la UCM y por el camino me acompañaron un montón de libros. Recuerdo también que por aquella época descubrí la espuma Pantene y, durante un tiempo, cuando me venía el olor dulzón con reminiscencias de frutas del bosque de la popular marca, me venía a la mente la escena en la que Ignatius J. Reilly (“La conjura de los necios”) se hacía una paja.

 

Afortunadamente, la espuma Pantene de ahora ya no huele de manera tan característica como antaño y ese pasaje del libro de John K. Toole ha quedado archivado en mi memoria.
También recuerdo los paseos por la cuesta de Moyano, buscando joyas a precio de ganga, desgastadas, con las páginas ajadas, con inesperados regalos entre las páginas (notas, listas de la compra, recibos… ¡hasta fotografías!).
Recuerdo que se hacía imposible abrir el libro en el tren durante las horas punta y la ansiedad por llegar a casa o a la universidad y tener un rato para sacar la novela y continuar con la historia.
Por ejemplo, en “Nico, por favor”, la chica del metro salía de casa con “El señor de los anillos” para leerlo durante el trayecto. La ansiedad por continuar la historia le tiraba más que el peso del libro en la mochila.
Creo sinceramente que estamos perdiendo la paciencia. Los trenes son cada vez más rápidos, apenas aprecias el paisaje, y, cuando te pones a leer un poco, ya has llegado a tu destino. Estamos perdiendo hasta los bancos en las plazas para sentarse y leer tranquilamente. Todo es inmediato, todo es para ya, todo es ahora o nunca. No creo que sea ni bueno ni malo. Simplemente, nuestra vida se adaptará a ello.
Tenemos miles de libros a nuestro alcance (una cuenta Amazon, la app de Kindle en el móvil -para Apple o Android– y a leer). Los escritores y escritoras tenemos que ser conscientes de que, al bajar el precio (¿el valor?) de un libro, al lector/a ya no le hace tanto duelo desecharlo a las primeras de cambio si el comienzo no le convence. O si no tiene tiempo, porque como escritores/as, competimos con infinidad de distracciones (whatsapps, televisión, redes sociales…).
Es por eso que la manera de escribir también cambiará progresivamente. Los inicios de una historia serán más impacientes, el estilo más vivo y rápido. ¡No podemos obligar a leer al lector/a una frase que ocupa un párrafo si en su día a día no pasa de los 140 caracteres! ¿Es eso malo? ¿Vamos a perder las subordinadas, los adverbios o las figuras retóricas? Es probable. (Un minuto de silencio, por favor). Pero surgirán por esa necesidad otras maneras de narrar. Ni mejor, ni peor. Sólo mejor adaptadas al lector/a actual. Es el darwinismo de las letras.
La literatura no es universal, es generacional.
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Capítulo 35: Acuse de recibo

Es extraña esta sensación, Mi pulgar está planeando sobre el icono del email, temblando. Si deslizo a la derecha, elimino el mensaje. Si pulso, lo abro. Dos “y si…” que me están matando. Mi mundo se bifurca en dos realidades posibles. ¿Podría vivir sin saber lo que dice Mamen? Y si lo abro, se abren a la vez más realidades dependiendo de lo que me haya escrito.
-Venga, sé valiente por una vez en tu vida.
Pulso el icono y abro el email.
Mamen saluda con muchas exclamaciones. Raro. Nunca fue muy efusiva. Sabe que estoy en el pueblo. De cura de desintoxicación por el tema de la chica del metro. Puto Raúl y su campaña de exorcización. Pero no es eso de lo que quiere hablarme, sino de otra cosa: de que se ha vuelto a enamorar.
“Bueno, enamorar no es la palabra, pero es un paso previo. Estoy pillada, vaya. Ya sé que no hace ni medio mes que me diste puerta, pero estoy muy ilusionada con Alexia. Así se llama. Quiero hacer las cosas bien con ella. Eso lo aprendí de ti.
Quiero ser brutalmente sincera porque necesito que sepas por qué eres parte esencial en mi vida.
Cuando me dejaste aquella noche que buscabas a tu chica se me rompió el corazón. Tardé unos días en componerme. Hice muchas cosas mal contigo. Tenía algo real y no lo supe cuidar porque estaba más pendiente de alcanzar algo que ni era real ni ha sido tan idílico como prometía. Me entregué de manera ciega a mi trabajo, pensaba que cuando lo consiguiera, todas las piezas encajarían. Después de romperme los cuernos, conseguí el trabajo y volví a España. Aquella noche en que te vi pensé que por fin las piezas estaban encajando y todo sería perfecto en mi vida. Me despertaste de mi sueño y me devolviste a la tierra.
Una semana después, llegué a un acuerdo con mi empresa y renuncié al trabajo. Me apunté a un curso de pastelería y allí conocí a Alexia. Enseguida congeniamos. Quiero hacerlo bien con ella, empezar desde cero y hacer todas esas cosas que no hice bien contigo.
Las cosas no encajan porque sí. Las cosas encajan porque nosotras hacemos que encajen. Ya no me da miedo el matrimonio Arnolfini. De hecho, quiero ser el matrimonio Arnolfini con ella. Para lo bueno y para lo malo, batallando cada día, sin rendirme a la mínima que las cosas no vengan bien dadas. Quiero que merezca la pena rebobinar la cinta de mi relación con Alexia una y otra vez porque cada capítulo es mejor que el anterior (sí, acabé comprendiendo tu metáfora).
Sólo te escribía para compartir lo que aprendí contigo y para decirte que espero que lo apliques cuando encuentres a tu chica del metro. La gente dice que no existe pero yo estoy segura de que existe porque tú harás que sea realidad.
Un beso.
Espero verte pronto por aquí”.
Justo cuando acabo de leer el email, un trueno rompe el cielo y comienza a llover con estruendo. El aire repica en los canalones de casa y multiplica el efecto sonoro de la tormenta. Mientras, yo leo varias veces el email pasando por diferentes estados de ánimo. Al final, me quedo con uno: me siento más dolida que cuando no lo había leído.
Me gustaría contestar a Mamen y preguntarle por qué con Alexia sí y conmigo no. De nuevo, una infinidad de “y si…” se abren ante mi. ¿Hubiera hecho caso a Mamen si me hubiera dicho todo esto para volver conmigo o le hubiera mandado a la mierda? ¿Este dolor en el pecho es porque no me quiso como querrá a Alexia o porque ahora que está con Alexia ya no tendremos una segunda oportunidad? ¿Querría esa segunda oportunidad o la rechazaría por seguir buscando a la chica del metro? ¿Y si volviera con Mamen pero no dejara de pensar en mi amante fantasma? ¿Acaso no estaría haciendo entonces justo lo que Mamen hizo conmigo: “ponerme los cuernos” con su trabajo?
Mi mente se nubla y el olor y ruido de la tormenta no me ayuda a despejarme. Me paso la noche en vela y sólo caigo rendida de sueño cuando comienza a amanecer.
-Vaya, parece que alguien no se levanta de buen humor -dice mi tío con sorna al verme aparecer por la cocina.
-La tormenta no me dejó dormir -respondo con cara de pocos amigos.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿No está el camino como para ir en moto? -pregunta mi tía.
-No lo sé. Ya veré.
Mis tíos interpretan por fin que no tengo ganas de que nadie me hable y se retiran a hacer sus cosas. Por mi parte, sólo quiero estar en la cama y llorar. Y eso es lo que hago durante todo el día.
Paso en estado depresivo un par de días. Que no salga el sol y el camino siga embarrado tampoco ayuda. En las cenas, mis tíos hablan pero yo no intervengo. Mi estado catatónico les preocupa, pero no quieren alarmar a mis padres.
-Nico, ¿qué te pasa? -pregunta preocupada mi tía.
Estamos tomando la fresca en la calle. Parece que por fin han cesado las tormentas y las luciérnagas vuelven a revolotear en las farolas. Quiero coger un par y meterlas en un tarro para que iluminen mi habitación por la noche, pero no me apetece buscar un tarro y, mucho menos, ponerme a hacer el paripé por la calle tras unos insectos.
-Nada -respondo lacónica.
-Yo sé lo que te pasa -dice mi tío. -Te has dado cuenta por fin de que la chica del metro está sólo en tu cabeza y estás triste, es normal…
Frena en seco porque ve que voy a ponerme a llorar.
-¡Jesús! -le regaña mi tía.
Caigo en la cuenta de que no sólo Mamen ha rehecho su vida, sino que yo no lo podré hacer nunca porque jamás encontraré a la chica del metro.
Entre lágrimas, vuelvo a mi cama a pasar otra noche en vela. En dos días vuelvo a Madrid y regreso peor de lo que estaba.
No sé si lo saben, pero oigo a mis tíos desde mi habitación. Las paredes serán de adobe, pero es verano y las puertas y ventanas están abiertas de par en par.
-No entiendo por qué no lo acepta. Debería seguir adelante -se pregunta mi tío.
-Es normal. Es una persona importante en su vida. Es como si le dijeras que su primer amor ha muerto -replica mi tía.
Esa última frase se ha clavado como un punzón en mi corazón.
Quiero despedirme de Paula antes de irme del pueblo. Supongo que la encontraré en el río así que voy hacia allá, sin la moto, a pie. Me vendrá bien andar un poco.
Apenas salgo del pueblo y la encuentro en los escarpes donde la vi por primera vez, colgada y saltando de un lado a otro de la pared rocosa.
-Mañana me voy, Paula. ¿Qué vas a hacer sin mi? -le pregunto desde abajo quitándole importancia.
-Estar tranquila -responde con una carcajada.
En cierta manera, ahora me siento responsable de Paula. Le he abierto un modo de vida con el que sería más feliz, y ahora le dejo sola.
Paula baja poco a poco del escarpe, se toma su tiempo, se recrea en la bajada. Cuando llega al suelo apenas habla. Caminamos en silencio. No hemos dicho en alto adónde ir. No hace falta. No hay muchos sitios donde ir en el pueblo.
Una vez en el río, nos sentamos en una roca y permanecemos en silencio como si estuviéramos viendo la peli más apasionante del momento.
Prefiero no contarle lo del email de Mamen por no remover más la mierda, pero sí le cuento que no sé qué hacer con la chica del metro. La sensatez me dice que de por zanjada esa historia, pero no sé cómo hacerlo.
-¿Por qué no le das las gracias? -sugiere Paula.
-¿Las gracias?
-Sí, así cierras la historia de una manera digna. Dices “Gracias, chica del metro, por haberme ayudado a conocer una parte de mi” -se me queda mirando a la espera de que lo repita. -Venga, dilo.
-¿Aquí? ¿En voz alta?
-Sí. Gritando. Que cruce el río y retumbe en el monte.
-Estás loca.
Se queda parada, mirándome fijamente a la espera de que lo haga. No sé por qué pero algo me dice que Paula no parará hasta que lo haga así que suspiro resignada y me pongo en pie de cara al río.
-Vale. Voy -cojo aire. -Gracias chica del metro.
-Vaya mierda -dice Paula. -No te ha oído ni el cuello de esa camisa de cuadros tan bollo que llevas.
Miro a mi camisa y la plancho un poco con las manos.
-Bien bonita es.
-Grita. Que se te llene el pecho.
Me siento como una soldado que tiene que impresionar a un general. Hincho los pulmones y suelto el aire poco a poco mientras grito con todas mis fuerzas.
-¡Gracias, chica del metro!
Paula hace un ademán con la mano para que continúe gritando cosas.
-¡Me has ayudado mucho…! -consigo decir antes de que se me rompa la voz de la emoción.
Se me caen algunas lágrimas y me seco la cara con la manga.
-Te querré siempre.
El eco me devuelve esta última frase como si fuera un acuse de recibo. Las ondas de sonido rebotan contra mi y hacen temblar mis piernas. No aguanto ni un soplido y caigo al suelo todavía húmedo de rodillas, rendida y llorando.
En cierto modo, me siento liberada. “Gracias, chica del metro. Me has ayudado mucho. Te querré siempre”.
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Capítulo 34: Diarios y delirios

Tratar de mensajearse con el móvil en este pueblo perdido de la mano de Dios es un acto de fe. Se corta la señal, los mensajes no salen o no acaban de llegar. Me pongo de los nervios así que he aprendido a perder esa comunicación inmediata. Vuelvo a mis años de la ouija y mando mensajes por la mañana a Raúl o a mis padres y dejo el móvil en casa hasta que llego a casa antes de que anochece. Entonces leo todo lo que me han ido poniendo a lo largo del día. Mis padres suelen ser escuetos, pero Raúl me escribe cada acontecimiento que le va pasando en forma de breves mensajes que conforman una especie de diario personal.

Voy cogiendo soltura con la moto. No salgo mucho a la carretera porque con la suerte que tengo, me pillará la Guardia Civil y voy sin papeles.
Hay un momento que me gusta especialmente cuando voy con la moto. Es una chorrada pero me parece mágico. Los tractores van y vuelven del campo recogiendo fardos de alfalfa para el ganado y por el camino dejan rastros de pajitas. Cuando paso por encima con la moto, el aire las levanta y veo por el retrovisor cómo se hacen pequeños remolinos a mi paso de doradas pajitas centelleantes por la luz del sol. 
Al pasar por el puente, miro hacia arriba a ver si está Paula, pero no la he vuelto a ver.
-Oye, tía, ¿conoces a Paula? -le pregunto a la hora de comer.
Ella piensa durante un rato y luego me dice que no cae, que de quién es hija o nieta.
-No lo sé. Pero no tendrá más de 20 años. No debe haber muchos chavales de esa edad por aquí.
-Los chavales se marchan en verano. Bueno, y en invierno también -apunta amargamente mi tío.
Se miran entre ellos como si quisieran preguntarme algo. Yo tengo la mirada fija en un trozo de melón que hemos puesto en la ventana para que no nos molesten las moscas, pero les veo por el rabillo del ojo.
-¿Qué pasa?
-Bueno, ya sabes que tu padre te mandó aquí para que te centraras.
-Más o menos -concedo.
-Nos preguntábamos -comienza mi tía- que qué tal lo llevabas.
-Bien -digo sin más. – Un poco aburrida. No os ofendáis. Pero para una amiga que podía tener, ha desaparecido. Por las noches apenas duermo entre el calor y el ruido de las cigarras. Y por las mañanas, debe haber quedada de pájaros en mi alféizar así que menos todavía.
Se remueven en sus sillas tratando de encontrar la postura más cómoda para seguir preguntándome.
-Nos referíamos más bien a lo otro -dice mi tía en voz baja como si tuviera miedo de que un espíritu la escuchara.
-¿Qué es lo otro?
Mi tío le toma el relevo mientras sirve granizado de café.
-Tu padre nos ha preguntado si sigues con lo de la chica del metro o si ya te has desengañado.
Me cambia la cara.
-¿Y a él quién se lo ha contado?
-Un amigo tuyo. ¿Rubén?
-Raúl -les corrijo. -Y le voy a matar cuando le vea.
Resoplo con impaciencia.
-A ver, que no estoy pirada, ¿vale?
-Lo sabemos, Nico, pero tu padre está preocupado. Todos estamos preocupados -dice mi tía que se limpia las manos compulsivamente en el delantal.
Se hace el silencio y un silencio en esta casa es tenso porque no hemos parado de hablar durante los días que he estado aquí.
-Mira, Nico, no quiero que te tomes esto a mal. Lo hacemos por tu bien. Hemos estado hablando con tus padres por teléfono, aprovechando tus largos paseos en moto, y tenemos una teoría -dice mi tío.
Levanto una ceja.
-¿Cuál?
Se miran entre ellos y mi tía le da permiso para que continúe.
-A veces, el cerebro se monta películas para ayudarnos a explicarnos cosas. Mira las religiones, sin ir más lejos. Cuando no entendemos algo, ¡zas! -mi tío chasquea los dedos -nos sacamos una historia que nos ayude a hacerlo.
-¿Creéis que me inventé a la chica del metro para ayudarme a comprender que me gustaban las chicas?
Los dos asienten en silencio.
-Pero era real. Me tocó con su meñique. Lo sentí -tartamudeo y me siento como una niña pequeña aferrándome al meñique de su padre para no perderse.
-Sólo queremos que no sufras, que continúes tu vida. La semana que viene te vuelves a Madrid. No desearíamos que volvieras a perseguir fantasmas.
Me levanto de improviso con mi granizado de café a la mitad.
-No. No es un fantasma. La chica del metro existe. Estoy segura.
Les dejo en la mesa, jugando con las miguitas de pan.
Hace un calor horrible pero necesito salir y despejarme. Quiero ir al río, a oler algo parecido al mar, así que me subo a la moto y meto gas.
Por el camino trato de recordar la cara de la chica del metro y no puedo. Me vienen otras caras de otras chicas con las que me he acostado, mezcladas en una sola. Sólo el pelo es siempre igual: largo, liso y moreno. O igual es el pelo de Mamen.
Al llegar al río, veo a una persona sentada sobre la hierba. Es Paula.
-Así que aquí estabas.
Paula se gira asustada y tampoco se alegra al ver que soy yo.
-¿Qué haces aquí? -me pregunta.
-Forma parte del castigo. Es la fase de la purificación. Tengo que desnudarme y meterme al río. ¿Te apuntas?
Me mira horrorizada y antes de que le de un infarto le digo que es una broma.
Me siento con parsimonia a su lado y nos quedamos mirando y escuchando al río un rato. Finalmente, rompo el silencio.
-Paula, ¿tú eres lesbiana?
La pobre chica se gira hacia mi como si fuera la niña del exorcista. Al menos, tiene la misma mirada.
-A ver, antes de que me insultes o vuelvas a marcharte, en mi puedes confiar.
Su rostro cambia poco a poco y pasa de la rabia a la serenidad.
-No puedo responderte porque nunca me he hecho esa pregunta.
-Pf, no hace falta preguntárselo; o se sabe o no se sabe.
-¿Tú lo supiste sin preguntártelo?
Voy a responder que sí pero enseguida me corto. Empiezo a encajar algunas piezas. No, no lo supe sin preguntármelo y, quizá, como bien dicen mis tíos, mi manera de preguntármelo fue inventándome a la chica del metro.
Le cuento todo esto a Paula que me escucha con atención.
-Me da pena pensar que no exista. Había construido una vida para ella. Para nosotras. Absurdo, lo sé.
Paula se encoge de hombros.
-Justo cuando acepté que me gustaba una chica y que estaba decidida a darle mi teléfono, desaparece. ¿Casualidad? No lo creo.
La miro con curiosidad.
-Y tú, ¿existes o también te he inventado?
Paula se ríe y hace eco en los escarpes.
-Claro que existo.
-Lo digo porque es mucha casualidad que la única persona joven que veo en el pueblo también sea torti.
-Yo no soy torti -dice con fingida indignación.
-Porque no te lo has preguntado.
Entonces, Paula cambia radicalmente el tono y se pone seria.
-No me lo he preguntado porque no me lo puedo permitir, no entra dentro de mis esquemas mentales. Déjalo. No lo entiendes -me dice al ver mi cara de confusión.
No le contradigo porque sé que se siente incómoda con este tema y porque no quiero que note la pena que me da.
-¿Te llevo luego al pueblo?
-Vale.
Las dos nos quedamos en silencio y volvemos a embelesarnos con el sonido y el fluir del agua.
Cuando vuelvo a casa y miro el móvil dispuesta a leer el diario de Raúl, descubro que tengo un email de Mamen.
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Capítulo 33: Escarpes

Mis tíos del pueblo son… peculiares.

Se suponía que tenían que venirme a buscar a la parada del autobús pero aquí no hay nadie y en el teléfono no contestan.
-Los mato.
Menos mal que me he cogido la mochila en lugar de la maleta porque me toca patear un par de kilómetros hasta llegar a su casa, los que separan la carretera del pueblo.
Por el camino veo monte, naturaleza, oigo el río y los pajarillos y esas cosas que se supone que me tienen que desestresar pero que a la una de la tarde en pleno mes de junio como que no apetece.
Antes de llegar al pueblo, el camino se estrecha y el monte se me echa encima. Sé que este pueblo está asentado en una falla y que este camino desaparecerá algún día bajo el desprendimiento del monte por el temblor de la tierra. Pero también sé que los lugareños quitarán las piedras y volverán a abrir el camino porque lo han hecho otras veces en el pasado.
Eso si para entonces quedan personas viviendo aquí.
Me recorre un escalofrío mientras camino bajo la sombra del monte y me maldigo por no haber bajado por la carretera.
-Eres gilipollas, Nico, tampoco habrá tanto coche en este pueblo como para que te atropellen en la carretera.
Entro al pueblo y no se ve ni un alma. Únicamente dos abuelos rumiando bajo un árbol.
-¿Dónde vas, chica? -me preguntan con descaro.
-A casa de mis tíos.
-¿Y quiénes son?
-Soy la nieta de la Felisa, hija de Manolo.
Los hombres se quedan satisfechos con la respuesta y me dejan marcar.
-Ya darás recuerdos.
Alcanzo la casa de mis tíos y abro la puerta. Cosas de los pueblos: nunca cierran las puertas de las casas.
Dejo la mochila en la entrada y me sacudo un poco el polvo y el sudor mientras me dirijo a la cocina. El olor de la casa me transporta a mi niñez. Una niñez que apenas recuerdo salvo por cuatro o cinco detalles. Entre ellos, ese olor mezcla de cerrado, sardinas en conserva y flores frescas.
A mis tíos se les cae la cuchara al plato cuando me ven bajo el umbral de la cocina.
-¿Y tú qué haces aquí? -pregunta mi tía.
-Me quedo unos días. ¿No os avisó mi padre?
Las comunicaciones en mi casa nunca han sido muy fluidas así que tampoco le doy mayor importancia.
-Sí, nos avisó, pero nos dijo que vendrías en julio.
-Pues no -les digo mientras me echo un poco de agua en un vaso. -Es en junio. Con ene.
-¡Ves! -le dice mi tía a mi tío pegándole un manotazo en el brazo. -Te he dicho mil veces que vayas al médico de los sordos.
-Otorrino -apunto.
-¿Qué? -preguntan al unísono.
Hago un gesto con la mano para restarle importancia.
-Bueno, ¿qué? ¿No me dais de comer?
En la sobremesa, mis tíos me dan, por fin, la bienvenida.
-Así que eres bollera, ¿eh? -suelta mi tío.
Mi tía le da un manotazo y le corrige.
-Jesús, te mato. Se dice lesbiana. Y un poco de delicadeza, por favor.
Yo no puedo evitar reirme.
-Pues fíjate. Yo creo que tu primo, el que está en Barcelona, es bujarra.
-¡Jesús, que se dice homosexual, coñe!
-Eh, que por mi bien, ¿sabes? Ahora hay más libertad y esas cosas.
Mi tía Carmen le mira esperado saltar de nuevo a corregir el tono de mi tío.
-¿Por qué crees que lo es?
-Bueno, siempre ha sido un poco afeminado, no nos ha traído novia…
-¿Pero a quién va a traer a este pueblo casi muerto? -se pregunta mi tía.
Me inclino hacia ellos. Nunca he tenido vergüenza a hablarles. Quizá porque apenas les veo o porque siempre han sido unos cachondos.
-Eso no significa nada. He visto cosas que jamás imaginarías. He visto hombres que se identifican como lesbianas. Mujeres que quieren ser varones. Personas que luchan cada día porque no se les encaje en un sexo, en un género o en una sexualidad.
Los dos se miran confusos.
-Pero, entonces… ¿qué son? -preguntan al unísono.
-Ya os lo he dicho. Personas.
Después de una siesta reparadora, decido dar un paseo por la casa. Cruzo el jardín (aunque llamar jardín a ese compendio de matojos y flores silvestres es generoso) y acabo en el cobertizo. Veo las partículas de polvo en suspensión a través de la luz que entra entre los maderos que forman las paredes. Recuerdo pasar muchas horas allí. Miento. No es un recuerdo; es un sentimiento porque no me viene a la cabeza algo concreto pero sí a la piel, al pecho. Una sensación de seguridad y de cariño. Repaso con la yema de los dedos los muebles y trastos viejos que acumulan polvo.
Una cosa llama mi atención al fondo: una sábana mugrienta tapa algo de gran volumen. Tiro de ella y descubro una vieja moto. En el tanque de la gasolina pone Triumph.
-La novia de tu padre. Antes de tu madre, claro -dice a mis espaldas mi tío que no sé cuánto rato ha estado observándome.
-¿Puedo…? -pregunto señalando al pedal.
-No te molestes. No funciona. Ya lo he intentado yo.
-¿Tiene alguna avería?
-No, todo está en orden. Hasta tiene un poco de gasolina, pero nada.
Se me ilumina la cara.
-Si consigo arrancarla, me doy una vuelta -le propongo.
Mi tío se encoge de hombros seguro de que no lo lograré.
Piso el pedal con fuerza pero la moto no reacciona.
-Tres intentos, ¿vale?
Lo vuelvo a intentar, pero nada.
-No te molestes… -dice mi tío.
Haciendo oídos sordos, pego un brinco y vuelco todo mi peso sobre el pedal. La moto empieza a rugir y a mi me sale una carcajada. Le pido permiso a mi tío que asiente.
-Ten cuidado. Tu padre me mataría. Por la moto, claro.
Despacio, salgo del cobertizo. Mi tío me abre la puerta de carros y salgo a la calle.
-¡Espera!
Corre hacia el cobertizo y sale con un casco tan viejo como la moto al que le quita un poco de polvo con su camiseta. Me lo ofrece y me ayuda a ajustarme la correa.
-Lista -dice golpeándome en la cabeza.
Sobre la moto, el aire se me cuela entre mi camisa y la piel y es la mejor sensación que he vivido en mucho tiempo.
Paso al lado de los abuelos que pasan las horas a la sombra y les saludo con la cabeza. Ellos me devuelven el saludo sin estar muy seguros de a quién.
Salgo del pueblo por el camino. Levanto polvo aunque no voy muy rápido. No se lo he confesado a mi tío pero jamás he conducido una moto en campo abierto. Ni siquiera sé si con el carné de conducir que tengo me vale para conducir una de estas. Lo dudo porque es bastante potente.
Estoy sumida en los pensamientos contradictorios que me genera violentar de esta manera la ley cuando oigo lo que parece ser una voz a lo lejos.
Miro por el retrovisor. Acabo de dejar atrás el escarpado sobre el puente por el que he pasado hace unas pocas horas con la mochila a cuestas, ese que temía que se me echara encima en cualquier momento. Percibo a lo lejos, haciéndose cada vez más pequeña en el espejo, una figura humana que mueve los brazos.
Freno y apoyo un pie en el suelo para girarme. La figura parece que grita algo pero su voz no me llega a través del casco. Me lo quito. Ahora me llega. Es una voz femenina y me está insultando.
Con maniobras un poco aparatosas, pongo la moto en dirección contraria y me dirijo hacia ella. ¿Lo hubiera hecho si la voz hubiese sido de tío? Obviamente, no.
Conforme me acerco, veo a una chica alta y fuerte. Glups. Tiene un arnés en la cintura y me espera con aire chulesco a que llegue a su altura. Tiene pinta de no superar los veinte años.
-¿Ocurre algo? -le pregunto cuando me quito el casco.
-Que me has asustado con ese ruido infernal. Casi me pego una hostia -dice señalando al escarpe.
-Lo lamento mucho -le digo con fingido tono victoriano. He venido a divertirme. -Pero no veo la manera de solucionar esto: yo no voy a dejar de pasear con la moto y estoy segura de que tú vas a seguir viniendo a escalar.
Ella tuerce la cabeza a un lado y ahí la tengo de nuevo: la mirada del mono babuino de culo pelado.
-¿Quién eres? -dispara.
-Me llamo Nico. ¿Y tú?
-Paula -me dice como si mascara chicle. -Nico es nombre de tío.
-Encantada, Paula.
A pesar de las presentaciones, no deja de mirarme extraño.
-¿Y qué haces aquí?
-He venido a pasar unos días.
-No mientas. Aquí nadie viene a pasar los días. Esto es un rollo. A ti te han castigado.
Abro los ojos de par en par. Aunque no lo había visto de esa manera puede que esto sí sea un castigo.
-¿Por qué te han castigado, a ver?
Pienso un momento. Podría ponerme el casco y pirarme de ahí ya que no tengo que darle explicaciones a una desconocida, pero me da que no va a haber mucha más gente joven así que me lanzo.
-Por pillarme por una tía que probablemente sólo exista en mi cabeza.
A Paula le cambia la cara de manera radical.
-¿Una tía?
Asiento con la cabeza.
-¿Eres…
Paula espera que le ayude a completar la frase.
-…ya sabes…
Y no pienso hacerlo.
Resopla.
-…bollera? -dice finalmente.
Sonrío con naturalidad.
-Sí, soy lesbiana.
Veo que su piel palidece. Lo cual no es fácil puesto que la tiene bronceada.
-Tengo que irme -dice, recoge precipitadamente sus cosas y se marcha con paso acelerado.
-¡Eh, que no es contagioso! -le grito mientras huye.


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