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Lucía

Llevaban toda la noche haciendo miraditas. Una estaba junto a la barra. Era rubia de melena larga. La otra, una morena de pelo corto, estaba unos pasos más lejos y las dos ignoraban a sus amigas para centrarse en la conquista de la otra.
-¿Queréis algo, chicas? Voy a la barra -preguntó la morena a sus amigas.
Ellas la miraron raro, como si fuera la primera vez que escuchaban esa frase salir de su boca. Negaron con la cabeza y la chica se dirigió hacia la barra.


Al pasar por detrás de la otra, le tocó la espalda disimuladamente para empujarla y hacerse un hueco.
-Perdona -se disculpó.
La chica rubia sonrió.
-No pasa nada.
Estaban ahí, se tenían tan cerca que olían el perfume de la otra. Habían tenido contacto visual, era obvio que se gustaban, pero aún así les temblaba todo el cuerpo y no se atrevían a dar el paso.
La rubia podía sentir a la morena a su espalda. Le oía pedir un tercio, reírle la gracia a la camarera, el tintineo de las monedas sobre el mostrador.
La morena apuró ese ratito junto a la barra, junto a la rubia. Se echó un trago largo de cerveza en un intento desesperado por hacer tiempo y acopio de valor para hablarle a la chica.
Justo en el momento en que tragó la cerveza apresurada dispuesta a darle un toque en el hombro a la rubia, esta se giró para hablarle. Las dos rieron ante la casualidad.
-¿Quieres tomar algo? -le invitó la morena.
La rubia levantó el vaso que tenía en la mano para hacerlo más visible.
-Ya tengo. Gracias.
-¿Cómo te llamas? -preguntó la morena.
-Lucía, ¿y tú?
A la morena le cambió la cara.
-También Lucía.
-Oh, vaya.
-Seh.
-Nos vemos.
-Chao.

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El lector impaciente

Ais (*suspiro), el olor del papel, el tacto suave de las solapas, el lomo del libro encajando perfectamente con tu mano, acunándolo, paseándolo.
Recuerdo haber leído mucho cuando viví en Móstoles. Cogía el tren para ir a la UCM y por el camino me acompañaron un montón de libros. Recuerdo también que por aquella época descubrí la espuma Pantene y, durante un tiempo, cuando me venía el olor dulzón con reminiscencias de frutas del bosque de la popular marca, me venía a la mente la escena en la que Ignatius J. Reilly (“La conjura de los necios”) se hacía una paja.

 

Afortunadamente, la espuma Pantene de ahora ya no huele de manera tan característica como antaño y ese pasaje del libro de John K. Toole ha quedado archivado en mi memoria.
También recuerdo los paseos por la cuesta de Moyano, buscando joyas a precio de ganga, desgastadas, con las páginas ajadas, con inesperados regalos entre las páginas (notas, listas de la compra, recibos… ¡hasta fotografías!).
Recuerdo que se hacía imposible abrir el libro en el tren durante las horas punta y la ansiedad por llegar a casa o a la universidad y tener un rato para sacar la novela y continuar con la historia.
Por ejemplo, en “Nico, por favor”, la chica del metro salía de casa con “El señor de los anillos” para leerlo durante el trayecto. La ansiedad por continuar la historia le tiraba más que el peso del libro en la mochila.
Creo sinceramente que estamos perdiendo la paciencia. Los trenes son cada vez más rápidos, apenas aprecias el paisaje, y, cuando te pones a leer un poco, ya has llegado a tu destino. Estamos perdiendo hasta los bancos en las plazas para sentarse y leer tranquilamente. Todo es inmediato, todo es para ya, todo es ahora o nunca. No creo que sea ni bueno ni malo. Simplemente, nuestra vida se adaptará a ello.
Tenemos miles de libros a nuestro alcance (una cuenta Amazon, la app de Kindle en el móvil -para Apple o Android– y a leer). Los escritores y escritoras tenemos que ser conscientes de que, al bajar el precio (¿el valor?) de un libro, al lector/a ya no le hace tanto duelo desecharlo a las primeras de cambio si el comienzo no le convence. O si no tiene tiempo, porque como escritores/as, competimos con infinidad de distracciones (whatsapps, televisión, redes sociales…).
Es por eso que la manera de escribir también cambiará progresivamente. Los inicios de una historia serán más impacientes, el estilo más vivo y rápido. ¡No podemos obligar a leer al lector/a una frase que ocupa un párrafo si en su día a día no pasa de los 140 caracteres! ¿Es eso malo? ¿Vamos a perder las subordinadas, los adverbios o las figuras retóricas? Es probable. (Un minuto de silencio, por favor). Pero surgirán por esa necesidad otras maneras de narrar. Ni mejor, ni peor. Sólo mejor adaptadas al lector/a actual. Es el darwinismo de las letras.
La literatura no es universal, es generacional.
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El largo viaje de Nico comienza de nuevo

El parto. 2ª parte

Hay un capítulo de “Nico, por favor” que se titula El parto. Nico trata de alcanzar a la chica del metro para darle su número de teléfono, pero la multitud cosmopolita y ajena a la situación desesperada de nuestra heroína, le impide el paso. Esa lucha contra la corriente humana a la que se enfrenta Nico me recordó a un parto (suda, empuja, se agobia…).
 
Ese agobio, ese estrés no tiene NI PUNTO DE COMPARACIÓN con lo que supone autoeditar y autopublicar un libro. Pero no caí en la cuenta del paralelismo con el parto (el humano, el de Nico y el del libro) hasta que me lo dijo Clara A. García.
 
A ella le quiero dar muchas gracias por acompañarme en el viaje. Intercambiamos emails y yo le ametrallaba a preguntas. Fue la que me cogió de la manita mientras empujaba en el momento de la autopublicación.
 
La otra mano la sujetaba muy fuertemente mi novia, a la que va dedicado el libro, pero es ultra-fan del anonimato y no os puedo contar mucho de ella.
 
En la sala de partos también estuvieron Álex Charnego (contándome cómo le duele Argentina) y Emma Mars, Marta Catalá, Vanessa Ejea y Valerie Col que respondieron amablemente a mis dudas y me alentaron durante el proceso.
 
Hay muchas personas que se quedaron fuera, nerviosas como yo, ansiosas ante el nuevo nacimiento en Twitter: @SRemendada, @lesyotrashierbas @BettieJander, @DJim94, @FeerMiau, @ARriesgaTE, @Carlie_Doe… @RepuAntifa @Liiiit, @Estrella88_ y muchas otras personas que me dejo. Estoy segura. Disculpadme.
 

Nico, por favor

Nico tiene nombre de chico pero es una chica. Sube todos los días a la misma hora en el mismo vagón de tren. Es más que una rutina; es un compromiso. Un compromiso silencioso que ha pactado con la chica del metro, una joven con la que cruza miradas todas las mañanas de camino a la facultad.

Se siente cómoda con esta rutina, pero le incomoda lo que eso significa: le gusta esa chica y eso quiere decir que no puede eludir más el debate interno sobre su sexualidad.

“Nico, por favor” está lleno de humor, amor, sexo y giros inesperados que llevarán a la protagonista a vivir el año más loco de su vida.

¿Le acompañas?

Disponible en Amazon
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9 meses de gestación

No voy a negarlo, era un embarazo buscado.
Comencé la aventura en diciembre, publicando un capítulo a la semana. Luego pasé a publicar dos. La historia tuvo una gran acogida. A la gente le gustaba el estilo fresco y desdramatizado de una historia de amor lésbica.
 
Fue un momento mágico: Descubrir que tu estilo gusta 🙂
 
Una vez acabada la historia, me dispuse a editarla y corregirla. Seguro que aun con todo, algo se me habrá colado. Esta parte fue fácil pero aburrida. Buscaba errores ortotipográficos pero también de continuidad, de estilo, etc. Por ejemplo, no me gustan nada las frases hechas (ahora es cuando iréis a buscar como locos/as frases hechas en la novela para decir “¡Ajá! ¡Aquí hay unas cuantas!”).
 
Mientras corregía, hacía bocetos sobre cómo quería que fuera la portada, por desconectar un poco de las palabras. Probé mil maneras, pero ninguna me convencía. Una tarde, tirada en el sofá, cogí la Tablet y me puse a hacer garabatos con la App de dibujo que tengo instalada y surgió algo. Comencé a tirar del hilo, depurar líneas, dejar lo esencial, para quedarme con una portada limpia, divertida y fresca (y puede que inspirada subconscientemente con OITNB) que creo que encaja muy bien con la novela.
 
Pensaba que tenía hecho lo más difícil. Tenía una buena historia y una portada atractiva. ¿Qué podía fallar?
 

Un parto doloroso

Los de Amazon tienen que estar hasta el moño de mí con tantas pruebas y resubidas de ficheros. Pagué la novatada.
 
Quería un libro digital con su portada y su índice. Esto último, lo del índice, parecía sencillo pero me enredé yo sola. Si lo haces desde Word, es más sencillo. Es decir, es sencillo hacer un índice. Diseñas un estilo H1 para los títulos, lo aplicas y luego vas a Herramientas > Insertar índice (o en Referencias > Insertar índice dependiendo de la versión de Word que tengas). Pero yo quería un TOC, una tabla de contenidos que a primera vista no se ve, está en los bajos del documento, pero es útil incluirla para que el lector acceda a ella en cualquier momento desde los ajustes de su eReader, ¡Y NO ME SALÍA!
 
 
Hay muchos tutoriales para conseguir una buena maquetación en Word que me ayudaron a autoeditar mi novela. Como quería publicar en físico y en digital, necesité dos maquetaciones.
 
Me centré primero en la del libro físico y luego la dupliqué y depuré para la versión digital para quitar los números de página (¡aprendí a ponerlos a derecha e izquierda!), eliminar los espacios de encuadernación, llevar el índice al final, que cada capítulo comenzara en una hoja nueva… Sencillo, eh. Aún me entran escalofríos cada vez que pienso en las veces que me dieron ganas de lanzar el portátil por la ventana.
Acabé con el escritorio lleno de tropecientos archivos de Word con nombres como “Nico por favor para Kindle”, “Nico por favor para Kindle sin TOC”, “Nico por favor para Kindle con TOC”, “Nico por favor para Kindle con TOC (1)”… Ya os hacéis una idea.
 
 
Una vez tuve los documentos definitivos, me puse a subirlos a KDP y a Create Space que son las herramientas de Amazon para la publicación de libros digitales y físicos, respectivamente.
La segunda es fea y ardua, pero funciona muy bien la previsaulización y hay guías y plantillas para todos los pasos. El de la Cover es muy útil porque te puedes descargar una plantilla “personalizada” según el número de páginas que tiene el libro. La abres con Illustrator o con un programa similar (ya hablaré de alternativas libres a este tipo de software), encajas la tuya -portada, lomo y contraportada- y listo. Pedí una prueba con un recargo por la urgencia. La recibí en casa correctamente y… ¡el tipo de letra era demasiado pequeño! Le subí un punto e hice otras correcciones (que luego dupliqué en “Nico por favor para Kindle con TOC (2)”) y listo para la venta. Es más, estuvo a la venta mucho antes que en digital, pero sabía que mientras no le diera publi, nadie lo encontraría. Triste, pero cierto.
 
La plataforma KDP también es sencilla pero si te confundes con un botón tu libro sale a la venta (previa revisión de Amazon) y te toca esperar y despublicar. Tengo tres libros despublicados que me miran con recelo porque saben que nunca verán la luz. Entendéis por qué Amazon me odia. Vale, me lo merezco por lerda, pero he aprendido la lección. Bueno, las lecciones porque son varias. Me gustaría contároslas pero serán en otros posts.
 
La versión mobi final, la convertí a epub con Calibre y la subí a Payhip para que la gente sin cuenta Amazon pudiera tener acceso al libro. Payhip ofrece pago con Paypal y/o tarjeta y si lo compartís en Facebook, os hago un 20% de descuento 😀

 

Vida y obra de una mamá primeriza

En paralelo a todo esto, tenía que diseñar una estrategia para la promoción y el marketing y lo primero que necesitaba era un pseudónimo. Algún día contaré por qué elegí A. M. Irún, pero os adelanto que no tiene que ver con mi ciudad origen. No soy vasca. Soy maña 🙂
 
De momento, esto es todo. Una ¿breve? introducción a mis aventuras en el mundo de la autoedición y autopublicación.
Ahora que ya estoy “libre”, quiero centrarme en escribir la segunda parte. Porque la historia lo pide, vosotros/as lo pedís y mi cuerpo, que tiene la memoria muy frágil, también lo pide.
 
 
Y dicho esto… ¿me compráis?

Vía Amazon

Formato Kindle y libro impreso.

Vía PayPal

Formato epub y pago mediante Paypal o tarjeta.

Ficha técnica

  • Título: Nico, por favor 
  • Autora: A. M. Irún
  • Género: Romántica, lésbica, chick-lit 
  • Precio digital: 2,99€ 
  • Formato: mobi, epub 
  • Precio papel: 8,99€ 
  • Número de páginas: 242 
  • Formato: 12.85 x 19.83 cm 
  • Fecha: septiembre de 2015 
  • ISBN-13: 978-1516886821 
  • ISBN-10: 1516886828 

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Capítulo 37: Devoción

Camino en una nube hasta llegar a casa. Ni la mochila me pesa. De vez en cuando, recuerdo a Carla y sonrío.
Mis padres trabajan así que no hay nadie en casa a estas horas. Me despojo de la mochila y de la ropa y me meto directa a la ducha.
Una idea cruza mi cabeza como un rayo: ¿Y si no me llama?
-Nico, no empecemos.
Trato de poner la mente en blanco. Me concentro en el agua que cae tibia sobre mi cuerpo y hace carreras por mi piel. Una de esas carreras se escurre por el interior de mis muslos y acaricia mis labios. Intento recordar cuándo fue la última vez que alguien me tocó con esa suavidad.
Me apoyo en la pared y pienso en Carla. La pienso con tanta intensidad que casi la noto junto a mi, con sus pechos pegados a mi espalda, acariciándome, recorriendo mi cuerpo con sus dedos. Mantengo los ojos cerrados tratando de retener esta sensación, pero el tono de llamada de mi teléfono me saca a patadas de mi ensoñación.
-Joder.
Está en el lavabo, así que saco medio cuerpo de la ducha y lo cojo. El contraste del aire frío más allá de la mampara de la ducha hace que se me erice la piel y los pezones. Miro la pantalla pero mi móvil no reconoce el número.
-¿Sí?
-¿Nico?
-Sí, soy yo.
-Hola, soy Carla.
Al otro lado del teléfono, Carla debe oír algo así como un golpe, unas cuantas palabrotas y un grifo que se cierra.
-Hola, Carla -digo entre jadeos.
-¿Te pillo en buen momento? Parece que… ¿Te has caído o algo?
-No, no… Bueno, un poco. Estaba en la ducha, pero ya he salido.
-Lo siento, no quería…
-No, no, está bien. Sólo estoy un poco sorprendida. ¿Quién de nuestra generación llama por teléfono? -intento sonar vacilona pero no estoy segura de que Carla me haya entendido.
-Yo sólo quería oír tu voz.
Me golpeo imaginariamente en la cara unas cuantas veces.
-Me alegro de que lo hayas hecho. Es una cosa que se está perdiendo.
Más golpes imaginarios.
-Pensabas que no te iba a llamar, ¿verdad? Quería quitarte esa incertidumbre lo antes posible.
-Pues te lo agradezco mucho.
Nos quedamos un momento en silencio hasta que ella vuelve a hablar.
-Ponte una toalla, por favor. Que parece que te veo que me estás hablando en pelotas.
-Para nada -le digo mientras cojo el albornoz y me lo pongo haciendo malabares para no soltar el teléfono.
La oigo respirar al otro lado.
-¿Quedamos esta tarde?
Me sorprende tanta decisión. Me sorprende y me encanta porque no tiene miedo a dejar en evidencia que está loca por verme.
-Sí -le digo con la misma decisión.
-Me apetece hacer una cosa que no he hecho en mi vida y tiene delito.
-¿El qué?
-Ver atardecer en el Templo de Debod. ¿Te hace?
-Me hace -respondo tratando de hacerle llegar mi sonrisa de oreja a oreja.
-Pues luego te llamo. O te escribo. Aun no lo he decidido.
-Vale, Carla. Lo que quieras. Yo voy a estar todo el día mirando la pantalla del móvil.
Colgamos y miro mi reflejo en el espejo. Jamás me había visto tan guapa.
Me siento tan feliz que me decido a hacer la comida para cuando lleguen mis padres. No me salgo de mi zona de seguridad y preparo pasta carbonara.
Parece que me ha salido rica porque la devoran.
Sufro un interrogatorio sobre mis días en el pueblo y les pido que no disimulen porque sé que hablaban a diario con mis tíos.
-No hace falta que me encerréis en un psiquiátrico.
-¿Por qué íbamos a hacer eso? -disimula mi madre.
-Porque pensáis que la chica del metro está sólo aquí -les respondo golpeándome la sien con el dedo índice.
-Raúl nos dijo que no hay rastro de ella -dice mi padre.
-Pues sí lo hay. Voy a quedar con ella esta tarde.
Mis padres se miran confusos.
-¿La has encontrado?
Asiento con la cabeza.
-En el metro. ¡Dónde si no!
Siguen mirándose confundidos y con cierto temor en sus ojos.
-Antes de que penséis que esto también me lo he inventado, mirad -les enseño su número de teléfono.
-Podría ser cualquiera -dice mi padre.
Les debe parecer un juego muy divertido esto de hacerme pasar por loca, pero estoy dispuesta a hacerles un zas y llamo a Carla. Pongo el teléfono en manos libres y escuchamos los tonos pacientemente hasta que Carla descuelga.
-Hola, Nico, espero que no estés desnuda mientras me llamas.
Mi cara palidece, mis orejas se mueven por el asombro y los ojos de mis padres están a punto de salirse de las órbitas. Agarro el teléfono lo más rápido que puedo y desactivo la función de manos libres.
-Hola, Carla. Te han oído mis padres.
-Ups.
-Sólo quería demostrarles que existías.
-Bueno, creo que ha quedado claro, ¿no?
-Sí. Gracias. Hablamos luego, ¿vale?
-Chao.
Lentamente, guardo el móvil en el bolsillo y evito en todo momento el contacto visual con mis padres, que tampoco saben muy bien qué decir.
-Parece maja -dice por fin mi padre.
Estoy bastante nerviosa por la cita. No sé qué ponerme. Tengo las puertas del armario abiertas de par en par y nada me parece lo suficientemente sexy y mono y cómodo y casual para ponerme. Tampoco es que tenga una gran variedad de prendas. Vaqueros, camisetas y camisas.
-Necesito a Raúl.
Le escribiría pero quiero guardarme la sorpresa.
Pongo de fondo algo de música para entonarme y en el aleatorio de mi reproductor comienza a sonar La Buena Vista.
Opto por unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes un poco holgada con la que se me ve el sujetador por la sisa. Siempre me pongo esta camiseta con el único sujetador con encaje que tengo.
Las tripas me rugen y empujan hacia abajo. Voy al baño y me llevo el móvil.
-Estoy nerviosa -le escribo a Carla.
No espero que me conteste y por eso me sorprende el sonido cuando estoy sentada en la taza.
-Yo no. Sé que todo va a salir bien.
Esta tía me gusta mucho. Se le ve una tipa fuerte. Lo intuí en el metro hace meses y lo he constatado esta misma mañana. Por su manera de ser, de hablar conmigo. Por todo lo que ha pasado. Le ha debido curtir el carácter. No sé si era así antes, pero me gusta esta Carla.
Me viene a la cabeza Vero y su Virgen de las Nieves. “Que la vida no te de lo que puedas soportar”.
El tiempo todo lo cura. Separa lo que tiene que separar y une lo que tiene que estar unido.
Me peino, me maquillo y me pongo guapa para salir con la chica del metro.
Estoy tan nerviosa que acudo a la cita quince minutos antes. Tampoco tengo que esperar mucho porque ella llega un poco más tarde que yo. Viste unos shorts negros y una camisa sin mangas verde aguamarina que le sienta genial. Deja al aire sus hombros y su nuca y me dan ganas de morderlos.
Nos damos dos besos y evitamos tocarnos porque tenemos las manos sudorosas y nos tiembla todo el cuerpo.
-¿Y esa mochila? -le pregunto.
-Para el picnic. He traído una toalla y algo para picar.
Joder, qué lenta he estado. Podía haberme marcado un puntazo con ella pero no he caído en esto.
-Si no estoy yo… -dice Carla leyéndome la mente.
Me sonrojo pero no le aparto la mirada.
-¿Te importa si nos hacemos un selfie? Es para mi mejor amigo.
-Sin problema -responde sonriente.
Nos colocamos para que salga el templo de Debod a la espalda y la foto resulta preciosa: por nuestras sonrisas, por el escenario y por esa luz rojiza y suave que nos trae este sol del atardecer.
Se la envío a Raúl y nos vamos en busca de un buen sitio.
No nos resulta sencillo encontrar un sitio con sombra y con buena panorámica del sur de Madrid, pero logramos dar con él.
Extendemos la toalla y sacamos las bolsas de patatas y bebidas que ha traído Carla.
Nos hemos ido contando un poco qué hacemos con nuestras vidas, familias y demás. El asunto de su enfermedad es como el elefante en la habitación. Está ahí, las dos lo sabemos, pero ninguna saca el tema. Cuando por fin nos sentamos, Carla se lanza.
-Aquel día en que me perseguiste por el metro, te hubiera matado. Ese día, empezaba la quimio y cambiaba mi rutina. Yo también fui valiente una vez y me decidí a hablarte, pero aquella misma tarde me detectaron cáncer de colon y todo cambió. No quería dejar de verte, pero tampoco podía ir a más contigo. Sentía que no tenía derecho a empezar con una chica para que nuestra relación al final se centrara en mi enfermedad. ¿Y si no salía de aquella? Moriría con un cargo enorme en mi conciencia.
-Entiendo… -me deja loca que hable de su propia muerte. Me acojona, más bien.
-Se me hubiera olvidado tu cara si no fuera por esto -dice mientras saca su móvil.
Busca algo y me enseña la pantalla. Veo una imagen mía mirando a no sé dónde en el vagón del metro.
-¿Me hiciste una foto?
-Espeluznante, lo sé -dice volviendo a mirar la pantalla, -pero me ha salvado en muchas ocasiones. Pierdes un poco la cordura entre goteros. Miraba la foto casi con devoción. Tú eras mi virgencita.
Al decir esto, me mira con dulzura.
-Bueno, virgencita precisamente…
Sonríe y agacha la cabeza avergonzada, aunque la avergonzada debería ser yo.
Hay muchos silencios. Nos quedamos sin hablar y simplemente nos miramos, nos observamos, nos deseamos.
El cielo rojizo da calidez y serenidad a la escena. Bajo la sombra de los árboles parecemos un cuadro de Monet.
-Siento mucho haber dudado de tu existencia.
-Chica mala.
-Tengo excusa: iban todos contra mi.
-No querían que sufrieras.
-Eso decían. Van a flipar cuando te vean.
-Eh, ¿ya me quieres presentar a tu gente? Vas un poco rápido. Ni siquiera nos hemos besado.
La sola idea de besarle ya me pone nerviosa y no tengo ninguna intención de calmar mis ansias.
-Eso se soluciona rápido -le suelto.
Carla se ríe.
-Perdón, he sonado un poco babosa. La verdad es que no quiero ir rápido contigo. No quiero cagarla -rectifico.
-Yo tampoco. Pero confieso que tengo unas ganas locas de besarte.
Sin disimulo alguno, me humedezco los labios con la lengua e inclino un poco la cabeza. Carla sonríe y se le encarnan las mejillas. La vergüenza no le frena y se acerca a mi. Se pone de rodillas y apoya una mano al otro lado de mi cuerpo. Me atrapa y me dejo atrapar. Se acerca lentamente a mi cara pero no cierra los ojos hasta que me besa en los labios.
En dos segundos, me pierdo en su boca y mi lengua juega con la suya. Le acaricio el hombro y está ardiendo. A la misma temperatura que mis mejillas, más o menos.
Se me pasan mil cosas por la cabeza: pensamientos, sentimientos y recuerdos de todo lo que he acumulado de los últimos meses. Siento como si llevara una maleta muy pesada a cuestas pero que de repente se volatilizara y me sintiera más ligera que nunca.
Sujeto la cara de Carla y tiro de ella para que se tumbe encima de mi.
Jugamos con los labios de la otra un buen rato hasta que perdemos la noción del tiempo. Ella apoya su cabeza en mi pecho y pone una mano sobre mi corazón en un intento de calmarlo y que vuelva a su ritmo habitual.
-Que digo que… -rompo el hielo- lo de que no quería ir rápido contigo es un decir, eh.
Carla se ríe de nuevo.
-Estos meses he aprendido que no tenemos todo el tiempo del mundo, así que te tomo la palabra.
Mi móvil vibra entre nuestros cuerpos. Tengo un mensaje de Raúl. Lo leo y se lo enseño a Carla.
“Preciosas. Se os ve felices”
-Tiene razón -dice. -Lo somos.
Nos quedamos tumbadas y abrazadas observando cómo el sol se pone lentamente por el horizonte dejando paso a una noche suave y eterna.
FIN.

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Capítulo 36: De vuelta y vuelta

Mi tía está gimoteando bajo el umbral de la que ha sido mi habitación durante estos días. Mi tío le abraza por detrás intentando calmarla. Los dos me observan mientras hago la mochila.
Es muy, muy temprano. Casi de madrugada. El único autobús que sale por la mañana hacia Madrid lo hace para llegar a la capital en la hora punta.
-Vamos, tía, deja de llorar. Vas a conseguir que llore yo también.
-Es que has tardado 15 años en volver al pueblo y ahora te vas… -dice entre lágrimas.
Me acerco a ella y le acaricio los brazos.
-Volveré. Tengo que venir a por la moto.
-¡Ja! -salta mi tío. -Con el carné en regla. Si no, se queda aquí.
Le gruño divertida y vuelvo a la cama para cerrar la mochila.
-Vamos. Mañana empiezo las prácticas y no quiero perder el bus.
Me llevan a la parada. Allí la despedida se alarga hasta que nos llama la atención el chófer del autobús.
-Muchas gracias por todo. Sois los mejores tíos que tengo.
-¿Mejor que los de Barcelona? -pregunta mi tía.
-Mucho mejores.
Subo al autobús y nos pegamos un rato diciéndonos adiós con la mano. Tanto que, a lo que me doy cuenta, ya no les veo y el tío del asiento de al lado me está mirando raro.
Sopeso dos opciones: dormir o llorar. Como no me apetece llorar más, me pongo a dormir y a lo que me despierto ya veo el skyline de Madrid. Sonrío al ver las cuatro torres, erectas e imponentes. El sol recién salido destellea en sus cristales.
Al entrar en un túnel, la oscuridad hace reflejo en el cristal y me devuelve mi imagen. Tengo el pelo despeinado y la marca del jersey que he utilizado de almohada en la mejilla. Además, me huele un poco el alerón. Saco una toallita húmeda de limón y me la paso por las axilas. El frescor me pone la piel de gallina.
Me siento un poco desubicada en el intercambiador del metro pero tardo dos minutos en invocar a la Nico madrileña y logro moverme rápido entre la gente para sacar un billete y meterme al metro. El vagón está lleno, pero no agobia. Se nota que la gente ha empezado con sus turnos de vacaciones.
Tengo mariposas en el estómago. Estoy realmente emocionada por volver a Madrid. Me sudan las manos y no paro de sonreír.
-Estoy en el metro -le escribo a Raúl.
-Mierda -contesta. -Mi final está cerca.
-No lo dudes. Tengo que matarte un par de veces.
-Menos mal que estoy en la playa. ¡Fiu!
Miro la hora en el reloj del móvil. En quince minutos estaré en mi casa, me ducharé y me prepararé para mi primer día de prácticas. No son gran cosa, pero me hace ilusión. Es un paso para un nuevo comienzo.
Guardo el móvil, pero algo hace clic en mi cerebro y tengo que volver a sacarlo.
Es la hora.
Levanto la mirada. He entrado al metro como una autómata y ahora logro centrarme.
Es la línea. Y el sentido correcto.
Es la línea, en el sentido correcto y a la hora habitual en la que me solía encontrar con la chica del metro.
Mi corazón comienza a acelerarse.
-No lo hagas -me digo.
Pero me contradigo a mi misma y me pongo de pie.
-No-lo-hagas, Nico.
Mis pasos se dirigen hacia nuestro vagón, en la otra punta del tren.
-Para ya. Ahora mismo.
Sigo andando ignorándome a mi misma.
-Te ha costado mucho olvidarla. No la vas a encontrar. No insistas. No te hagas daño -mi mente habla muy deprisa, solapando una frase con otra, pero el significado es unívoco. No obstante, mi corazón me dice otra cosa y él es, al fin y al cabo, el que dispara la sangre, el que hace contraer los músculos y el que mueve los huesos que ahora están temblando.
Llego al vagón. A nuestro vagón, donde quedábamos todas las mañanas. Busco una melena. No busco su cara porque no me fío de poder reconocerla, pero su melena sí. Su melena es inconfundible y quiero perderme en ella.
-Ves, no está, Nico. Y además estás molestando a la gente con tu mochilón.
Pido disculpas.
-Por no decir que la última vez que buscaste una melena, encontraste la de Mamen.
Me pongo de puntillas para ver un poco más allá pero no aguanto mucho y bajo a la tierra derrotada porque no la veo.
-Tonta, tonta, tonta. Todo el trabajo se ha ido a la mierda.
Apoyo la frente en la puerta y me doy un par de golpes. Se me están encharcando los ojos.
-Supéralo, joder. Y haz tu vida de una puta vez.
Obedezco a mi voz interior y trato de recuperar la calma.
Una voz femenina interrumpe mi momento.
-¿Vienes o te vas? -pregunta.
Mi corazón vuelve a desbocarse. Levanto la vista y veo su reflejo en el cristal. No la conozco. Tiene el pelo moreno y corto. Un poco rebelde.
Me giro y empiezo a mirarla, a desfragmentar su cara: esos ojos, esa nariz, esa boca, esos labios… Cuando junto todos los pedazos en mi cabeza descubro que tengo ante mí a la chica del metro.
-No te había reconocido -es lo único que me sale y me sorprendo a mi misma hablándole con esa familiaridad.
-Ha pasado mucho tiempo -dice.
-Tu pelo…
Ella se acaricia la nuca y se sonroja. Su rostro se pone triste.
-Sí, ya. No es la melena de entonces -carraspea. -Se me cayó… -hace una pausa porque duda si continuar o no. -Por la quimio -dice finalmente.
El mundo se me cae al suelo y no sé ni cómo me sostengo en pie. Me siento estúpida y caprichosa. Una niña engreída que se ha quejado de vicio cuando la chica que tiene enfrente ha pasado por un cáncer.
No sé qué decir y ella tampoco se atreve a hablar. Nos quedamos un rato mirándonos en silencio. Quiero abrazarla pero no me atrevo por miedo a que se sienta invadida y, por qué no decirlo, a que le llegue el olor de mis axilas.
-¿Estás bien? -le pregunto.
-Sí -responde asintiendo con la cabeza. -Han sido unos meses difíciles, pero ya ha pasado todo -dice sonriendo. -Estoy muy feliz. Y ahora que te he vuelto a ver, más. Pensé que no volvería a ver a la chica del metro.
Ahora la que se sonroja soy yo.
-No, perdona, la chica del metro eres tú -le digo.
Las dos nos reímos. Cuando dejamos de hacerlo, volvemos a mirarnos fascinadas, como si viéramos nuestro reflejo en el espejo por primera vez.
-¿Puedo…? -me pregunta mientras alarga la mano.
No sé muy bien qué quiere, pero le digo que sí. Pienso decirle que sí a todo lo que me pida. Pone su mano a la altura de mi cara y extiende un par de dedos hasta que rozan mi mejilla y bajan por la mandíbula. No hay chispazo. Hay fuegos artificiales. Me pongo roja pero me da lo mismo porque ella está igual de colorada que yo.
La voz femenina de Metro de Madrid es muy dulce pero nos fastidia el momento para anunciar la siguiente parada.
-Tengo que bajarme -dice mientras retira lentamente la mano.
-Yo también -miento embobada.
-No es verdad. No cambies tus planes por mi. ¿Tienes que coger un bus o…?
-No, vengo del pueblo. Voy hacia casa.
Se me enciende una bombilla.
-Tengo una cosa que darte antes de que te marches.
Me quito la mochila y busco en un bolsillo mi cartera. Despego el velcro, saco un trozo de papel y se lo doy. Está viejo, arrugado y desgastado, pero conserva la misma ilusión con la que lo doblé aquella vez en la que me decidí a darle mi número de teléfono a la chica del metro.
-Nico -dice cuando lee el papel. -Curioso nombre para una chica.
-Es una larga historia.
-Te llamaré, Nico.
El tren para y las puertas se abren. La chica del metro sale al andén y me muestra cómo guarda el papel en un bolsillo de su pantalón.
-Yo me llamo Carla -dice.
-Encantada, Carla -le digo justo antes de que se cierren las puertas del tren.
Ella me dice adiós con la mano y una sonrisa preciosa en la boca. Su imagen desaparece cuando entramos en el túnel. Me giro y mi cara debe ser un poema de amor cursi y empalagoso porque un hombre me mira sonriente.
-Has ligado, eh.
-¿Lo has visto?
Él dice que sí con la cabeza y luego vuelve a su lectura.
Yo no paro de sonreír porque gracias a ese hombre certifico que la chica del metro existe más allá de mi imaginación.

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Capítulo 35: Acuse de recibo

Es extraña esta sensación, Mi pulgar está planeando sobre el icono del email, temblando. Si deslizo a la derecha, elimino el mensaje. Si pulso, lo abro. Dos “y si…” que me están matando. Mi mundo se bifurca en dos realidades posibles. ¿Podría vivir sin saber lo que dice Mamen? Y si lo abro, se abren a la vez más realidades dependiendo de lo que me haya escrito.
-Venga, sé valiente por una vez en tu vida.
Pulso el icono y abro el email.
Mamen saluda con muchas exclamaciones. Raro. Nunca fue muy efusiva. Sabe que estoy en el pueblo. De cura de desintoxicación por el tema de la chica del metro. Puto Raúl y su campaña de exorcización. Pero no es eso de lo que quiere hablarme, sino de otra cosa: de que se ha vuelto a enamorar.
“Bueno, enamorar no es la palabra, pero es un paso previo. Estoy pillada, vaya. Ya sé que no hace ni medio mes que me diste puerta, pero estoy muy ilusionada con Alexia. Así se llama. Quiero hacer las cosas bien con ella. Eso lo aprendí de ti.
Quiero ser brutalmente sincera porque necesito que sepas por qué eres parte esencial en mi vida.
Cuando me dejaste aquella noche que buscabas a tu chica se me rompió el corazón. Tardé unos días en componerme. Hice muchas cosas mal contigo. Tenía algo real y no lo supe cuidar porque estaba más pendiente de alcanzar algo que ni era real ni ha sido tan idílico como prometía. Me entregué de manera ciega a mi trabajo, pensaba que cuando lo consiguiera, todas las piezas encajarían. Después de romperme los cuernos, conseguí el trabajo y volví a España. Aquella noche en que te vi pensé que por fin las piezas estaban encajando y todo sería perfecto en mi vida. Me despertaste de mi sueño y me devolviste a la tierra.
Una semana después, llegué a un acuerdo con mi empresa y renuncié al trabajo. Me apunté a un curso de pastelería y allí conocí a Alexia. Enseguida congeniamos. Quiero hacerlo bien con ella, empezar desde cero y hacer todas esas cosas que no hice bien contigo.
Las cosas no encajan porque sí. Las cosas encajan porque nosotras hacemos que encajen. Ya no me da miedo el matrimonio Arnolfini. De hecho, quiero ser el matrimonio Arnolfini con ella. Para lo bueno y para lo malo, batallando cada día, sin rendirme a la mínima que las cosas no vengan bien dadas. Quiero que merezca la pena rebobinar la cinta de mi relación con Alexia una y otra vez porque cada capítulo es mejor que el anterior (sí, acabé comprendiendo tu metáfora).
Sólo te escribía para compartir lo que aprendí contigo y para decirte que espero que lo apliques cuando encuentres a tu chica del metro. La gente dice que no existe pero yo estoy segura de que existe porque tú harás que sea realidad.
Un beso.
Espero verte pronto por aquí”.
Justo cuando acabo de leer el email, un trueno rompe el cielo y comienza a llover con estruendo. El aire repica en los canalones de casa y multiplica el efecto sonoro de la tormenta. Mientras, yo leo varias veces el email pasando por diferentes estados de ánimo. Al final, me quedo con uno: me siento más dolida que cuando no lo había leído.
Me gustaría contestar a Mamen y preguntarle por qué con Alexia sí y conmigo no. De nuevo, una infinidad de “y si…” se abren ante mi. ¿Hubiera hecho caso a Mamen si me hubiera dicho todo esto para volver conmigo o le hubiera mandado a la mierda? ¿Este dolor en el pecho es porque no me quiso como querrá a Alexia o porque ahora que está con Alexia ya no tendremos una segunda oportunidad? ¿Querría esa segunda oportunidad o la rechazaría por seguir buscando a la chica del metro? ¿Y si volviera con Mamen pero no dejara de pensar en mi amante fantasma? ¿Acaso no estaría haciendo entonces justo lo que Mamen hizo conmigo: “ponerme los cuernos” con su trabajo?
Mi mente se nubla y el olor y ruido de la tormenta no me ayuda a despejarme. Me paso la noche en vela y sólo caigo rendida de sueño cuando comienza a amanecer.
-Vaya, parece que alguien no se levanta de buen humor -dice mi tío con sorna al verme aparecer por la cocina.
-La tormenta no me dejó dormir -respondo con cara de pocos amigos.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿No está el camino como para ir en moto? -pregunta mi tía.
-No lo sé. Ya veré.
Mis tíos interpretan por fin que no tengo ganas de que nadie me hable y se retiran a hacer sus cosas. Por mi parte, sólo quiero estar en la cama y llorar. Y eso es lo que hago durante todo el día.
Paso en estado depresivo un par de días. Que no salga el sol y el camino siga embarrado tampoco ayuda. En las cenas, mis tíos hablan pero yo no intervengo. Mi estado catatónico les preocupa, pero no quieren alarmar a mis padres.
-Nico, ¿qué te pasa? -pregunta preocupada mi tía.
Estamos tomando la fresca en la calle. Parece que por fin han cesado las tormentas y las luciérnagas vuelven a revolotear en las farolas. Quiero coger un par y meterlas en un tarro para que iluminen mi habitación por la noche, pero no me apetece buscar un tarro y, mucho menos, ponerme a hacer el paripé por la calle tras unos insectos.
-Nada -respondo lacónica.
-Yo sé lo que te pasa -dice mi tío. -Te has dado cuenta por fin de que la chica del metro está sólo en tu cabeza y estás triste, es normal…
Frena en seco porque ve que voy a ponerme a llorar.
-¡Jesús! -le regaña mi tía.
Caigo en la cuenta de que no sólo Mamen ha rehecho su vida, sino que yo no lo podré hacer nunca porque jamás encontraré a la chica del metro.
Entre lágrimas, vuelvo a mi cama a pasar otra noche en vela. En dos días vuelvo a Madrid y regreso peor de lo que estaba.
No sé si lo saben, pero oigo a mis tíos desde mi habitación. Las paredes serán de adobe, pero es verano y las puertas y ventanas están abiertas de par en par.
-No entiendo por qué no lo acepta. Debería seguir adelante -se pregunta mi tío.
-Es normal. Es una persona importante en su vida. Es como si le dijeras que su primer amor ha muerto -replica mi tía.
Esa última frase se ha clavado como un punzón en mi corazón.
Quiero despedirme de Paula antes de irme del pueblo. Supongo que la encontraré en el río así que voy hacia allá, sin la moto, a pie. Me vendrá bien andar un poco.
Apenas salgo del pueblo y la encuentro en los escarpes donde la vi por primera vez, colgada y saltando de un lado a otro de la pared rocosa.
-Mañana me voy, Paula. ¿Qué vas a hacer sin mi? -le pregunto desde abajo quitándole importancia.
-Estar tranquila -responde con una carcajada.
En cierta manera, ahora me siento responsable de Paula. Le he abierto un modo de vida con el que sería más feliz, y ahora le dejo sola.
Paula baja poco a poco del escarpe, se toma su tiempo, se recrea en la bajada. Cuando llega al suelo apenas habla. Caminamos en silencio. No hemos dicho en alto adónde ir. No hace falta. No hay muchos sitios donde ir en el pueblo.
Una vez en el río, nos sentamos en una roca y permanecemos en silencio como si estuviéramos viendo la peli más apasionante del momento.
Prefiero no contarle lo del email de Mamen por no remover más la mierda, pero sí le cuento que no sé qué hacer con la chica del metro. La sensatez me dice que de por zanjada esa historia, pero no sé cómo hacerlo.
-¿Por qué no le das las gracias? -sugiere Paula.
-¿Las gracias?
-Sí, así cierras la historia de una manera digna. Dices “Gracias, chica del metro, por haberme ayudado a conocer una parte de mi” -se me queda mirando a la espera de que lo repita. -Venga, dilo.
-¿Aquí? ¿En voz alta?
-Sí. Gritando. Que cruce el río y retumbe en el monte.
-Estás loca.
Se queda parada, mirándome fijamente a la espera de que lo haga. No sé por qué pero algo me dice que Paula no parará hasta que lo haga así que suspiro resignada y me pongo en pie de cara al río.
-Vale. Voy -cojo aire. -Gracias chica del metro.
-Vaya mierda -dice Paula. -No te ha oído ni el cuello de esa camisa de cuadros tan bollo que llevas.
Miro a mi camisa y la plancho un poco con las manos.
-Bien bonita es.
-Grita. Que se te llene el pecho.
Me siento como una soldado que tiene que impresionar a un general. Hincho los pulmones y suelto el aire poco a poco mientras grito con todas mis fuerzas.
-¡Gracias, chica del metro!
Paula hace un ademán con la mano para que continúe gritando cosas.
-¡Me has ayudado mucho…! -consigo decir antes de que se me rompa la voz de la emoción.
Se me caen algunas lágrimas y me seco la cara con la manga.
-Te querré siempre.
El eco me devuelve esta última frase como si fuera un acuse de recibo. Las ondas de sonido rebotan contra mi y hacen temblar mis piernas. No aguanto ni un soplido y caigo al suelo todavía húmedo de rodillas, rendida y llorando.
En cierto modo, me siento liberada. “Gracias, chica del metro. Me has ayudado mucho. Te querré siempre”.