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Una estrella danzante

Ya está en pre-reserva mi nueva novela, la segunda que publico este 2018. ¡Ritmazo!

Os presento a Jana en “Una estrella danzante”. La escribí durante el #NaNoWriMo2017 y la he trabajado durante todo el 2018 para poderla traer antes de que acabara el año.

Una estrella danzante

La nueva novela de A. M. Irún.

Jana es una espía del tres al cuarto a la espera de su gran misión. Claudia se metió con quien no debía y ahora necesita un arma, un matón o ambas cosas. Mia está metida en le banda de Grosinho y tontea demasiado con la chica de su jefe.

Y las tres son la misma persona.

 

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Sinopsis

Jana es una espía de poca monta que amanece en una cama que no es la suya ni de ninguna de las dos chicas con las que se ha acostado. Y no recuerda cómo llegó allí. Sigue leyendo Una estrella danzante

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Misteriosas autoras de novela lésbica de las que quiero más

La frustración ante el poco público de novela lésbica puede llevar a algunas autoras a rendirse antes de tiempo

Es difícil escribir un libro. Es MUY difícil, de hecho.

Escribir en verano es duro. Photo credit: Internet Archive Book Images. No known copyright restrictions

Es un ejercicio solitario, que requiere mucha concentración, introspección y, sobre todo, paciencia. Un esfuerzo que muchas veces no se ve compensado con reconocimiento o dinero. Más si se trata de novela lésbica, donde el público de habla hispana es más reducido.
Esto puede hacer que una autora se frustre al ver que su primera novela, esa a la que le has dedicado tantas horas, esfuerzo y cariño, no alcanza la cantidad de lectoras que hubiera deseado y decidan no volver a escribir más. 

No sé si se trata del caso de estas dos escritoras que os traigo. Si es así, que estas líneas sirvan para animarlas a seguir. Esto es un partido que tiene muchos tiempos.

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Las abuelas, nuestra piedra rosetta

He leído una frase que me ha partido la cabeza y el corazón porque (me) explica muy bien cómo veo ahora mi vida y mi literatura: “Hay que buscar entre los abuelos las palabras que necesitamos para explicarnos a nosotros mismos lo que nos pasa”. Podéis leer el contexto con el que fue escrita aquí.

Pienso en Vero, personaje esporádico, casi anecdótico, de “Nico, por favor” que ya he traído por aquí anteriormente. Este personaje, que en un principio fue diseñado para añadir una escena (más) de sexo a mi primer libro, se está revelando como piedra rosetta* de mis novelas y mi manera de ver la vida. Vero, la superficial, vuelve para darme una lección literaria y vital.

En la novelette que estoy corrigiendo ahora, cuyo título es “Último atardecer en Lisboa” y que espero vea la luz en primavera, hay una protagonista que también se define por algo que le dijo su abuela.

Con cada publicación, me asomo a la idea de que mis personajes me conocen mejor (y antes) que yo misma.

 

*En realidad, la novela entera de “Nico por favor” es mi piedra rosetta, pero es un pensamiento todavía en desarrollo que algún día compartiré con vosotras.

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Capítulo 37: Devoción

Camino en una nube hasta llegar a casa. Ni la mochila me pesa. De vez en cuando, recuerdo a Carla y sonrío.
Mis padres trabajan así que no hay nadie en casa a estas horas. Me despojo de la mochila y de la ropa y me meto directa a la ducha.
Una idea cruza mi cabeza como un rayo: ¿Y si no me llama?
-Nico, no empecemos.
Trato de poner la mente en blanco. Me concentro en el agua que cae tibia sobre mi cuerpo y hace carreras por mi piel. Una de esas carreras se escurre por el interior de mis muslos y acaricia mis labios. Intento recordar cuándo fue la última vez que alguien me tocó con esa suavidad.
Me apoyo en la pared y pienso en Carla. La pienso con tanta intensidad que casi la noto junto a mi, con sus pechos pegados a mi espalda, acariciándome, recorriendo mi cuerpo con sus dedos. Mantengo los ojos cerrados tratando de retener esta sensación, pero el tono de llamada de mi teléfono me saca a patadas de mi ensoñación.
-Joder.
Está en el lavabo, así que saco medio cuerpo de la ducha y lo cojo. El contraste del aire frío más allá de la mampara de la ducha hace que se me erice la piel y los pezones. Miro la pantalla pero mi móvil no reconoce el número.
-¿Sí?
-¿Nico?
-Sí, soy yo.
-Hola, soy Carla.
Al otro lado del teléfono, Carla debe oír algo así como un golpe, unas cuantas palabrotas y un grifo que se cierra.
-Hola, Carla -digo entre jadeos.
-¿Te pillo en buen momento? Parece que… ¿Te has caído o algo?
-No, no… Bueno, un poco. Estaba en la ducha, pero ya he salido.
-Lo siento, no quería…
-No, no, está bien. Sólo estoy un poco sorprendida. ¿Quién de nuestra generación llama por teléfono? -intento sonar vacilona pero no estoy segura de que Carla me haya entendido.
-Yo sólo quería oír tu voz.
Me golpeo imaginariamente en la cara unas cuantas veces.
-Me alegro de que lo hayas hecho. Es una cosa que se está perdiendo.
Más golpes imaginarios.
-Pensabas que no te iba a llamar, ¿verdad? Quería quitarte esa incertidumbre lo antes posible.
-Pues te lo agradezco mucho.
Nos quedamos un momento en silencio hasta que ella vuelve a hablar.
-Ponte una toalla, por favor. Que parece que te veo que me estás hablando en pelotas.
-Para nada -le digo mientras cojo el albornoz y me lo pongo haciendo malabares para no soltar el teléfono.
La oigo respirar al otro lado.
-¿Quedamos esta tarde?
Me sorprende tanta decisión. Me sorprende y me encanta porque no tiene miedo a dejar en evidencia que está loca por verme.
-Sí -le digo con la misma decisión.
-Me apetece hacer una cosa que no he hecho en mi vida y tiene delito.
-¿El qué?
-Ver atardecer en el Templo de Debod. ¿Te hace?
-Me hace -respondo tratando de hacerle llegar mi sonrisa de oreja a oreja.
-Pues luego te llamo. O te escribo. Aun no lo he decidido.
-Vale, Carla. Lo que quieras. Yo voy a estar todo el día mirando la pantalla del móvil.
Colgamos y miro mi reflejo en el espejo. Jamás me había visto tan guapa.
Me siento tan feliz que me decido a hacer la comida para cuando lleguen mis padres. No me salgo de mi zona de seguridad y preparo pasta carbonara.
Parece que me ha salido rica porque la devoran.
Sufro un interrogatorio sobre mis días en el pueblo y les pido que no disimulen porque sé que hablaban a diario con mis tíos.
-No hace falta que me encerréis en un psiquiátrico.
-¿Por qué íbamos a hacer eso? -disimula mi madre.
-Porque pensáis que la chica del metro está sólo aquí -les respondo golpeándome la sien con el dedo índice.
-Raúl nos dijo que no hay rastro de ella -dice mi padre.
-Pues sí lo hay. Voy a quedar con ella esta tarde.
Mis padres se miran confusos.
-¿La has encontrado?
Asiento con la cabeza.
-En el metro. ¡Dónde si no!
Siguen mirándose confundidos y con cierto temor en sus ojos.
-Antes de que penséis que esto también me lo he inventado, mirad -les enseño su número de teléfono.
-Podría ser cualquiera -dice mi padre.
Les debe parecer un juego muy divertido esto de hacerme pasar por loca, pero estoy dispuesta a hacerles un zas y llamo a Carla. Pongo el teléfono en manos libres y escuchamos los tonos pacientemente hasta que Carla descuelga.
-Hola, Nico, espero que no estés desnuda mientras me llamas.
Mi cara palidece, mis orejas se mueven por el asombro y los ojos de mis padres están a punto de salirse de las órbitas. Agarro el teléfono lo más rápido que puedo y desactivo la función de manos libres.
-Hola, Carla. Te han oído mis padres.
-Ups.
-Sólo quería demostrarles que existías.
-Bueno, creo que ha quedado claro, ¿no?
-Sí. Gracias. Hablamos luego, ¿vale?
-Chao.
Lentamente, guardo el móvil en el bolsillo y evito en todo momento el contacto visual con mis padres, que tampoco saben muy bien qué decir.
-Parece maja -dice por fin mi padre.
Estoy bastante nerviosa por la cita. No sé qué ponerme. Tengo las puertas del armario abiertas de par en par y nada me parece lo suficientemente sexy y mono y cómodo y casual para ponerme. Tampoco es que tenga una gran variedad de prendas. Vaqueros, camisetas y camisas.
-Necesito a Raúl.
Le escribiría pero quiero guardarme la sorpresa.
Pongo de fondo algo de música para entonarme y en el aleatorio de mi reproductor comienza a sonar La Buena Vista.
Opto por unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes un poco holgada con la que se me ve el sujetador por la sisa. Siempre me pongo esta camiseta con el único sujetador con encaje que tengo.
Las tripas me rugen y empujan hacia abajo. Voy al baño y me llevo el móvil.
-Estoy nerviosa -le escribo a Carla.
No espero que me conteste y por eso me sorprende el sonido cuando estoy sentada en la taza.
-Yo no. Sé que todo va a salir bien.
Esta tía me gusta mucho. Se le ve una tipa fuerte. Lo intuí en el metro hace meses y lo he constatado esta misma mañana. Por su manera de ser, de hablar conmigo. Por todo lo que ha pasado. Le ha debido curtir el carácter. No sé si era así antes, pero me gusta esta Carla.
Me viene a la cabeza Vero y su Virgen de las Nieves. “Que la vida no te de lo que puedas soportar”.
El tiempo todo lo cura. Separa lo que tiene que separar y une lo que tiene que estar unido.
Me peino, me maquillo y me pongo guapa para salir con la chica del metro.
Estoy tan nerviosa que acudo a la cita quince minutos antes. Tampoco tengo que esperar mucho porque ella llega un poco más tarde que yo. Viste unos shorts negros y una camisa sin mangas verde aguamarina que le sienta genial. Deja al aire sus hombros y su nuca y me dan ganas de morderlos.
Nos damos dos besos y evitamos tocarnos porque tenemos las manos sudorosas y nos tiembla todo el cuerpo.
-¿Y esa mochila? -le pregunto.
-Para el picnic. He traído una toalla y algo para picar.
Joder, qué lenta he estado. Podía haberme marcado un puntazo con ella pero no he caído en esto.
-Si no estoy yo… -dice Carla leyéndome la mente.
Me sonrojo pero no le aparto la mirada.
-¿Te importa si nos hacemos un selfie? Es para mi mejor amigo.
-Sin problema -responde sonriente.
Nos colocamos para que salga el templo de Debod a la espalda y la foto resulta preciosa: por nuestras sonrisas, por el escenario y por esa luz rojiza y suave que nos trae este sol del atardecer.
Se la envío a Raúl y nos vamos en busca de un buen sitio.
No nos resulta sencillo encontrar un sitio con sombra y con buena panorámica del sur de Madrid, pero logramos dar con él.
Extendemos la toalla y sacamos las bolsas de patatas y bebidas que ha traído Carla.
Nos hemos ido contando un poco qué hacemos con nuestras vidas, familias y demás. El asunto de su enfermedad es como el elefante en la habitación. Está ahí, las dos lo sabemos, pero ninguna saca el tema. Cuando por fin nos sentamos, Carla se lanza.
-Aquel día en que me perseguiste por el metro, te hubiera matado. Ese día, empezaba la quimio y cambiaba mi rutina. Yo también fui valiente una vez y me decidí a hablarte, pero aquella misma tarde me detectaron cáncer de colon y todo cambió. No quería dejar de verte, pero tampoco podía ir a más contigo. Sentía que no tenía derecho a empezar con una chica para que nuestra relación al final se centrara en mi enfermedad. ¿Y si no salía de aquella? Moriría con un cargo enorme en mi conciencia.
-Entiendo… -me deja loca que hable de su propia muerte. Me acojona, más bien.
-Se me hubiera olvidado tu cara si no fuera por esto -dice mientras saca su móvil.
Busca algo y me enseña la pantalla. Veo una imagen mía mirando a no sé dónde en el vagón del metro.
-¿Me hiciste una foto?
-Espeluznante, lo sé -dice volviendo a mirar la pantalla, -pero me ha salvado en muchas ocasiones. Pierdes un poco la cordura entre goteros. Miraba la foto casi con devoción. Tú eras mi virgencita.
Al decir esto, me mira con dulzura.
-Bueno, virgencita precisamente…
Sonríe y agacha la cabeza avergonzada, aunque la avergonzada debería ser yo.
Hay muchos silencios. Nos quedamos sin hablar y simplemente nos miramos, nos observamos, nos deseamos.
El cielo rojizo da calidez y serenidad a la escena. Bajo la sombra de los árboles parecemos un cuadro de Monet.
-Siento mucho haber dudado de tu existencia.
-Chica mala.
-Tengo excusa: iban todos contra mi.
-No querían que sufrieras.
-Eso decían. Van a flipar cuando te vean.
-Eh, ¿ya me quieres presentar a tu gente? Vas un poco rápido. Ni siquiera nos hemos besado.
La sola idea de besarle ya me pone nerviosa y no tengo ninguna intención de calmar mis ansias.
-Eso se soluciona rápido -le suelto.
Carla se ríe.
-Perdón, he sonado un poco babosa. La verdad es que no quiero ir rápido contigo. No quiero cagarla -rectifico.
-Yo tampoco. Pero confieso que tengo unas ganas locas de besarte.
Sin disimulo alguno, me humedezco los labios con la lengua e inclino un poco la cabeza. Carla sonríe y se le encarnan las mejillas. La vergüenza no le frena y se acerca a mi. Se pone de rodillas y apoya una mano al otro lado de mi cuerpo. Me atrapa y me dejo atrapar. Se acerca lentamente a mi cara pero no cierra los ojos hasta que me besa en los labios.
En dos segundos, me pierdo en su boca y mi lengua juega con la suya. Le acaricio el hombro y está ardiendo. A la misma temperatura que mis mejillas, más o menos.
Se me pasan mil cosas por la cabeza: pensamientos, sentimientos y recuerdos de todo lo que he acumulado de los últimos meses. Siento como si llevara una maleta muy pesada a cuestas pero que de repente se volatilizara y me sintiera más ligera que nunca.
Sujeto la cara de Carla y tiro de ella para que se tumbe encima de mi.
Jugamos con los labios de la otra un buen rato hasta que perdemos la noción del tiempo. Ella apoya su cabeza en mi pecho y pone una mano sobre mi corazón en un intento de calmarlo y que vuelva a su ritmo habitual.
-Que digo que… -rompo el hielo- lo de que no quería ir rápido contigo es un decir, eh.
Carla se ríe de nuevo.
-Estos meses he aprendido que no tenemos todo el tiempo del mundo, así que te tomo la palabra.
Mi móvil vibra entre nuestros cuerpos. Tengo un mensaje de Raúl. Lo leo y se lo enseño a Carla.
“Preciosas. Se os ve felices”
-Tiene razón -dice. -Lo somos.
Nos quedamos tumbadas y abrazadas observando cómo el sol se pone lentamente por el horizonte dejando paso a una noche suave y eterna.
FIN.

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Capítulo 36: De vuelta y vuelta

Mi tía está gimoteando bajo el umbral de la que ha sido mi habitación durante estos días. Mi tío le abraza por detrás intentando calmarla. Los dos me observan mientras hago la mochila.
Es muy, muy temprano. Casi de madrugada. El único autobús que sale por la mañana hacia Madrid lo hace para llegar a la capital en la hora punta.
-Vamos, tía, deja de llorar. Vas a conseguir que llore yo también.
-Es que has tardado 15 años en volver al pueblo y ahora te vas… -dice entre lágrimas.
Me acerco a ella y le acaricio los brazos.
-Volveré. Tengo que venir a por la moto.
-¡Ja! -salta mi tío. -Con el carné en regla. Si no, se queda aquí.
Le gruño divertida y vuelvo a la cama para cerrar la mochila.
-Vamos. Mañana empiezo las prácticas y no quiero perder el bus.
Me llevan a la parada. Allí la despedida se alarga hasta que nos llama la atención el chófer del autobús.
-Muchas gracias por todo. Sois los mejores tíos que tengo.
-¿Mejor que los de Barcelona? -pregunta mi tía.
-Mucho mejores.
Subo al autobús y nos pegamos un rato diciéndonos adiós con la mano. Tanto que, a lo que me doy cuenta, ya no les veo y el tío del asiento de al lado me está mirando raro.
Sopeso dos opciones: dormir o llorar. Como no me apetece llorar más, me pongo a dormir y a lo que me despierto ya veo el skyline de Madrid. Sonrío al ver las cuatro torres, erectas e imponentes. El sol recién salido destellea en sus cristales.
Al entrar en un túnel, la oscuridad hace reflejo en el cristal y me devuelve mi imagen. Tengo el pelo despeinado y la marca del jersey que he utilizado de almohada en la mejilla. Además, me huele un poco el alerón. Saco una toallita húmeda de limón y me la paso por las axilas. El frescor me pone la piel de gallina.
Me siento un poco desubicada en el intercambiador del metro pero tardo dos minutos en invocar a la Nico madrileña y logro moverme rápido entre la gente para sacar un billete y meterme al metro. El vagón está lleno, pero no agobia. Se nota que la gente ha empezado con sus turnos de vacaciones.
Tengo mariposas en el estómago. Estoy realmente emocionada por volver a Madrid. Me sudan las manos y no paro de sonreír.
-Estoy en el metro -le escribo a Raúl.
-Mierda -contesta. -Mi final está cerca.
-No lo dudes. Tengo que matarte un par de veces.
-Menos mal que estoy en la playa. ¡Fiu!
Miro la hora en el reloj del móvil. En quince minutos estaré en mi casa, me ducharé y me prepararé para mi primer día de prácticas. No son gran cosa, pero me hace ilusión. Es un paso para un nuevo comienzo.
Guardo el móvil, pero algo hace clic en mi cerebro y tengo que volver a sacarlo.
Es la hora.
Levanto la mirada. He entrado al metro como una autómata y ahora logro centrarme.
Es la línea. Y el sentido correcto.
Es la línea, en el sentido correcto y a la hora habitual en la que me solía encontrar con la chica del metro.
Mi corazón comienza a acelerarse.
-No lo hagas -me digo.
Pero me contradigo a mi misma y me pongo de pie.
-No-lo-hagas, Nico.
Mis pasos se dirigen hacia nuestro vagón, en la otra punta del tren.
-Para ya. Ahora mismo.
Sigo andando ignorándome a mi misma.
-Te ha costado mucho olvidarla. No la vas a encontrar. No insistas. No te hagas daño -mi mente habla muy deprisa, solapando una frase con otra, pero el significado es unívoco. No obstante, mi corazón me dice otra cosa y él es, al fin y al cabo, el que dispara la sangre, el que hace contraer los músculos y el que mueve los huesos que ahora están temblando.
Llego al vagón. A nuestro vagón, donde quedábamos todas las mañanas. Busco una melena. No busco su cara porque no me fío de poder reconocerla, pero su melena sí. Su melena es inconfundible y quiero perderme en ella.
-Ves, no está, Nico. Y además estás molestando a la gente con tu mochilón.
Pido disculpas.
-Por no decir que la última vez que buscaste una melena, encontraste la de Mamen.
Me pongo de puntillas para ver un poco más allá pero no aguanto mucho y bajo a la tierra derrotada porque no la veo.
-Tonta, tonta, tonta. Todo el trabajo se ha ido a la mierda.
Apoyo la frente en la puerta y me doy un par de golpes. Se me están encharcando los ojos.
-Supéralo, joder. Y haz tu vida de una puta vez.
Obedezco a mi voz interior y trato de recuperar la calma.
Una voz femenina interrumpe mi momento.
-¿Vienes o te vas? -pregunta.
Mi corazón vuelve a desbocarse. Levanto la vista y veo su reflejo en el cristal. No la conozco. Tiene el pelo moreno y corto. Un poco rebelde.
Me giro y empiezo a mirarla, a desfragmentar su cara: esos ojos, esa nariz, esa boca, esos labios… Cuando junto todos los pedazos en mi cabeza descubro que tengo ante mí a la chica del metro.
-No te había reconocido -es lo único que me sale y me sorprendo a mi misma hablándole con esa familiaridad.
-Ha pasado mucho tiempo -dice.
-Tu pelo…
Ella se acaricia la nuca y se sonroja. Su rostro se pone triste.
-Sí, ya. No es la melena de entonces -carraspea. -Se me cayó… -hace una pausa porque duda si continuar o no. -Por la quimio -dice finalmente.
El mundo se me cae al suelo y no sé ni cómo me sostengo en pie. Me siento estúpida y caprichosa. Una niña engreída que se ha quejado de vicio cuando la chica que tiene enfrente ha pasado por un cáncer.
No sé qué decir y ella tampoco se atreve a hablar. Nos quedamos un rato mirándonos en silencio. Quiero abrazarla pero no me atrevo por miedo a que se sienta invadida y, por qué no decirlo, a que le llegue el olor de mis axilas.
-¿Estás bien? -le pregunto.
-Sí -responde asintiendo con la cabeza. -Han sido unos meses difíciles, pero ya ha pasado todo -dice sonriendo. -Estoy muy feliz. Y ahora que te he vuelto a ver, más. Pensé que no volvería a ver a la chica del metro.
Ahora la que se sonroja soy yo.
-No, perdona, la chica del metro eres tú -le digo.
Las dos nos reímos. Cuando dejamos de hacerlo, volvemos a mirarnos fascinadas, como si viéramos nuestro reflejo en el espejo por primera vez.
-¿Puedo…? -me pregunta mientras alarga la mano.
No sé muy bien qué quiere, pero le digo que sí. Pienso decirle que sí a todo lo que me pida. Pone su mano a la altura de mi cara y extiende un par de dedos hasta que rozan mi mejilla y bajan por la mandíbula. No hay chispazo. Hay fuegos artificiales. Me pongo roja pero me da lo mismo porque ella está igual de colorada que yo.
La voz femenina de Metro de Madrid es muy dulce pero nos fastidia el momento para anunciar la siguiente parada.
-Tengo que bajarme -dice mientras retira lentamente la mano.
-Yo también -miento embobada.
-No es verdad. No cambies tus planes por mi. ¿Tienes que coger un bus o…?
-No, vengo del pueblo. Voy hacia casa.
Se me enciende una bombilla.
-Tengo una cosa que darte antes de que te marches.
Me quito la mochila y busco en un bolsillo mi cartera. Despego el velcro, saco un trozo de papel y se lo doy. Está viejo, arrugado y desgastado, pero conserva la misma ilusión con la que lo doblé aquella vez en la que me decidí a darle mi número de teléfono a la chica del metro.
-Nico -dice cuando lee el papel. -Curioso nombre para una chica.
-Es una larga historia.
-Te llamaré, Nico.
El tren para y las puertas se abren. La chica del metro sale al andén y me muestra cómo guarda el papel en un bolsillo de su pantalón.
-Yo me llamo Carla -dice.
-Encantada, Carla -le digo justo antes de que se cierren las puertas del tren.
Ella me dice adiós con la mano y una sonrisa preciosa en la boca. Su imagen desaparece cuando entramos en el túnel. Me giro y mi cara debe ser un poema de amor cursi y empalagoso porque un hombre me mira sonriente.
-Has ligado, eh.
-¿Lo has visto?
Él dice que sí con la cabeza y luego vuelve a su lectura.
Yo no paro de sonreír porque gracias a ese hombre certifico que la chica del metro existe más allá de mi imaginación.

>>Próximo (y último) capítulo: viernes 19


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Capítulo 35: Acuse de recibo

Es extraña esta sensación, Mi pulgar está planeando sobre el icono del email, temblando. Si deslizo a la derecha, elimino el mensaje. Si pulso, lo abro. Dos “y si…” que me están matando. Mi mundo se bifurca en dos realidades posibles. ¿Podría vivir sin saber lo que dice Mamen? Y si lo abro, se abren a la vez más realidades dependiendo de lo que me haya escrito.
-Venga, sé valiente por una vez en tu vida.
Pulso el icono y abro el email.
Mamen saluda con muchas exclamaciones. Raro. Nunca fue muy efusiva. Sabe que estoy en el pueblo. De cura de desintoxicación por el tema de la chica del metro. Puto Raúl y su campaña de exorcización. Pero no es eso de lo que quiere hablarme, sino de otra cosa: de que se ha vuelto a enamorar.
“Bueno, enamorar no es la palabra, pero es un paso previo. Estoy pillada, vaya. Ya sé que no hace ni medio mes que me diste puerta, pero estoy muy ilusionada con Alexia. Así se llama. Quiero hacer las cosas bien con ella. Eso lo aprendí de ti.
Quiero ser brutalmente sincera porque necesito que sepas por qué eres parte esencial en mi vida.
Cuando me dejaste aquella noche que buscabas a tu chica se me rompió el corazón. Tardé unos días en componerme. Hice muchas cosas mal contigo. Tenía algo real y no lo supe cuidar porque estaba más pendiente de alcanzar algo que ni era real ni ha sido tan idílico como prometía. Me entregué de manera ciega a mi trabajo, pensaba que cuando lo consiguiera, todas las piezas encajarían. Después de romperme los cuernos, conseguí el trabajo y volví a España. Aquella noche en que te vi pensé que por fin las piezas estaban encajando y todo sería perfecto en mi vida. Me despertaste de mi sueño y me devolviste a la tierra.
Una semana después, llegué a un acuerdo con mi empresa y renuncié al trabajo. Me apunté a un curso de pastelería y allí conocí a Alexia. Enseguida congeniamos. Quiero hacerlo bien con ella, empezar desde cero y hacer todas esas cosas que no hice bien contigo.
Las cosas no encajan porque sí. Las cosas encajan porque nosotras hacemos que encajen. Ya no me da miedo el matrimonio Arnolfini. De hecho, quiero ser el matrimonio Arnolfini con ella. Para lo bueno y para lo malo, batallando cada día, sin rendirme a la mínima que las cosas no vengan bien dadas. Quiero que merezca la pena rebobinar la cinta de mi relación con Alexia una y otra vez porque cada capítulo es mejor que el anterior (sí, acabé comprendiendo tu metáfora).
Sólo te escribía para compartir lo que aprendí contigo y para decirte que espero que lo apliques cuando encuentres a tu chica del metro. La gente dice que no existe pero yo estoy segura de que existe porque tú harás que sea realidad.
Un beso.
Espero verte pronto por aquí”.
Justo cuando acabo de leer el email, un trueno rompe el cielo y comienza a llover con estruendo. El aire repica en los canalones de casa y multiplica el efecto sonoro de la tormenta. Mientras, yo leo varias veces el email pasando por diferentes estados de ánimo. Al final, me quedo con uno: me siento más dolida que cuando no lo había leído.
Me gustaría contestar a Mamen y preguntarle por qué con Alexia sí y conmigo no. De nuevo, una infinidad de “y si…” se abren ante mi. ¿Hubiera hecho caso a Mamen si me hubiera dicho todo esto para volver conmigo o le hubiera mandado a la mierda? ¿Este dolor en el pecho es porque no me quiso como querrá a Alexia o porque ahora que está con Alexia ya no tendremos una segunda oportunidad? ¿Querría esa segunda oportunidad o la rechazaría por seguir buscando a la chica del metro? ¿Y si volviera con Mamen pero no dejara de pensar en mi amante fantasma? ¿Acaso no estaría haciendo entonces justo lo que Mamen hizo conmigo: “ponerme los cuernos” con su trabajo?
Mi mente se nubla y el olor y ruido de la tormenta no me ayuda a despejarme. Me paso la noche en vela y sólo caigo rendida de sueño cuando comienza a amanecer.
-Vaya, parece que alguien no se levanta de buen humor -dice mi tío con sorna al verme aparecer por la cocina.
-La tormenta no me dejó dormir -respondo con cara de pocos amigos.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿No está el camino como para ir en moto? -pregunta mi tía.
-No lo sé. Ya veré.
Mis tíos interpretan por fin que no tengo ganas de que nadie me hable y se retiran a hacer sus cosas. Por mi parte, sólo quiero estar en la cama y llorar. Y eso es lo que hago durante todo el día.
Paso en estado depresivo un par de días. Que no salga el sol y el camino siga embarrado tampoco ayuda. En las cenas, mis tíos hablan pero yo no intervengo. Mi estado catatónico les preocupa, pero no quieren alarmar a mis padres.
-Nico, ¿qué te pasa? -pregunta preocupada mi tía.
Estamos tomando la fresca en la calle. Parece que por fin han cesado las tormentas y las luciérnagas vuelven a revolotear en las farolas. Quiero coger un par y meterlas en un tarro para que iluminen mi habitación por la noche, pero no me apetece buscar un tarro y, mucho menos, ponerme a hacer el paripé por la calle tras unos insectos.
-Nada -respondo lacónica.
-Yo sé lo que te pasa -dice mi tío. -Te has dado cuenta por fin de que la chica del metro está sólo en tu cabeza y estás triste, es normal…
Frena en seco porque ve que voy a ponerme a llorar.
-¡Jesús! -le regaña mi tía.
Caigo en la cuenta de que no sólo Mamen ha rehecho su vida, sino que yo no lo podré hacer nunca porque jamás encontraré a la chica del metro.
Entre lágrimas, vuelvo a mi cama a pasar otra noche en vela. En dos días vuelvo a Madrid y regreso peor de lo que estaba.
No sé si lo saben, pero oigo a mis tíos desde mi habitación. Las paredes serán de adobe, pero es verano y las puertas y ventanas están abiertas de par en par.
-No entiendo por qué no lo acepta. Debería seguir adelante -se pregunta mi tío.
-Es normal. Es una persona importante en su vida. Es como si le dijeras que su primer amor ha muerto -replica mi tía.
Esa última frase se ha clavado como un punzón en mi corazón.
Quiero despedirme de Paula antes de irme del pueblo. Supongo que la encontraré en el río así que voy hacia allá, sin la moto, a pie. Me vendrá bien andar un poco.
Apenas salgo del pueblo y la encuentro en los escarpes donde la vi por primera vez, colgada y saltando de un lado a otro de la pared rocosa.
-Mañana me voy, Paula. ¿Qué vas a hacer sin mi? -le pregunto desde abajo quitándole importancia.
-Estar tranquila -responde con una carcajada.
En cierta manera, ahora me siento responsable de Paula. Le he abierto un modo de vida con el que sería más feliz, y ahora le dejo sola.
Paula baja poco a poco del escarpe, se toma su tiempo, se recrea en la bajada. Cuando llega al suelo apenas habla. Caminamos en silencio. No hemos dicho en alto adónde ir. No hace falta. No hay muchos sitios donde ir en el pueblo.
Una vez en el río, nos sentamos en una roca y permanecemos en silencio como si estuviéramos viendo la peli más apasionante del momento.
Prefiero no contarle lo del email de Mamen por no remover más la mierda, pero sí le cuento que no sé qué hacer con la chica del metro. La sensatez me dice que de por zanjada esa historia, pero no sé cómo hacerlo.
-¿Por qué no le das las gracias? -sugiere Paula.
-¿Las gracias?
-Sí, así cierras la historia de una manera digna. Dices “Gracias, chica del metro, por haberme ayudado a conocer una parte de mi” -se me queda mirando a la espera de que lo repita. -Venga, dilo.
-¿Aquí? ¿En voz alta?
-Sí. Gritando. Que cruce el río y retumbe en el monte.
-Estás loca.
Se queda parada, mirándome fijamente a la espera de que lo haga. No sé por qué pero algo me dice que Paula no parará hasta que lo haga así que suspiro resignada y me pongo en pie de cara al río.
-Vale. Voy -cojo aire. -Gracias chica del metro.
-Vaya mierda -dice Paula. -No te ha oído ni el cuello de esa camisa de cuadros tan bollo que llevas.
Miro a mi camisa y la plancho un poco con las manos.
-Bien bonita es.
-Grita. Que se te llene el pecho.
Me siento como una soldado que tiene que impresionar a un general. Hincho los pulmones y suelto el aire poco a poco mientras grito con todas mis fuerzas.
-¡Gracias, chica del metro!
Paula hace un ademán con la mano para que continúe gritando cosas.
-¡Me has ayudado mucho…! -consigo decir antes de que se me rompa la voz de la emoción.
Se me caen algunas lágrimas y me seco la cara con la manga.
-Te querré siempre.
El eco me devuelve esta última frase como si fuera un acuse de recibo. Las ondas de sonido rebotan contra mi y hacen temblar mis piernas. No aguanto ni un soplido y caigo al suelo todavía húmedo de rodillas, rendida y llorando.
En cierto modo, me siento liberada. “Gracias, chica del metro. Me has ayudado mucho. Te querré siempre”.
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Capítulo 34: Diarios y delirios

Tratar de mensajearse con el móvil en este pueblo perdido de la mano de Dios es un acto de fe. Se corta la señal, los mensajes no salen o no acaban de llegar. Me pongo de los nervios así que he aprendido a perder esa comunicación inmediata. Vuelvo a mis años de la ouija y mando mensajes por la mañana a Raúl o a mis padres y dejo el móvil en casa hasta que llego a casa antes de que anochece. Entonces leo todo lo que me han ido poniendo a lo largo del día. Mis padres suelen ser escuetos, pero Raúl me escribe cada acontecimiento que le va pasando en forma de breves mensajes que conforman una especie de diario personal.

Voy cogiendo soltura con la moto. No salgo mucho a la carretera porque con la suerte que tengo, me pillará la Guardia Civil y voy sin papeles.
Hay un momento que me gusta especialmente cuando voy con la moto. Es una chorrada pero me parece mágico. Los tractores van y vuelven del campo recogiendo fardos de alfalfa para el ganado y por el camino dejan rastros de pajitas. Cuando paso por encima con la moto, el aire las levanta y veo por el retrovisor cómo se hacen pequeños remolinos a mi paso de doradas pajitas centelleantes por la luz del sol. 
Al pasar por el puente, miro hacia arriba a ver si está Paula, pero no la he vuelto a ver.
-Oye, tía, ¿conoces a Paula? -le pregunto a la hora de comer.
Ella piensa durante un rato y luego me dice que no cae, que de quién es hija o nieta.
-No lo sé. Pero no tendrá más de 20 años. No debe haber muchos chavales de esa edad por aquí.
-Los chavales se marchan en verano. Bueno, y en invierno también -apunta amargamente mi tío.
Se miran entre ellos como si quisieran preguntarme algo. Yo tengo la mirada fija en un trozo de melón que hemos puesto en la ventana para que no nos molesten las moscas, pero les veo por el rabillo del ojo.
-¿Qué pasa?
-Bueno, ya sabes que tu padre te mandó aquí para que te centraras.
-Más o menos -concedo.
-Nos preguntábamos -comienza mi tía- que qué tal lo llevabas.
-Bien -digo sin más. – Un poco aburrida. No os ofendáis. Pero para una amiga que podía tener, ha desaparecido. Por las noches apenas duermo entre el calor y el ruido de las cigarras. Y por las mañanas, debe haber quedada de pájaros en mi alféizar así que menos todavía.
Se remueven en sus sillas tratando de encontrar la postura más cómoda para seguir preguntándome.
-Nos referíamos más bien a lo otro -dice mi tía en voz baja como si tuviera miedo de que un espíritu la escuchara.
-¿Qué es lo otro?
Mi tío le toma el relevo mientras sirve granizado de café.
-Tu padre nos ha preguntado si sigues con lo de la chica del metro o si ya te has desengañado.
Me cambia la cara.
-¿Y a él quién se lo ha contado?
-Un amigo tuyo. ¿Rubén?
-Raúl -les corrijo. -Y le voy a matar cuando le vea.
Resoplo con impaciencia.
-A ver, que no estoy pirada, ¿vale?
-Lo sabemos, Nico, pero tu padre está preocupado. Todos estamos preocupados -dice mi tía que se limpia las manos compulsivamente en el delantal.
Se hace el silencio y un silencio en esta casa es tenso porque no hemos parado de hablar durante los días que he estado aquí.
-Mira, Nico, no quiero que te tomes esto a mal. Lo hacemos por tu bien. Hemos estado hablando con tus padres por teléfono, aprovechando tus largos paseos en moto, y tenemos una teoría -dice mi tío.
Levanto una ceja.
-¿Cuál?
Se miran entre ellos y mi tía le da permiso para que continúe.
-A veces, el cerebro se monta películas para ayudarnos a explicarnos cosas. Mira las religiones, sin ir más lejos. Cuando no entendemos algo, ¡zas! -mi tío chasquea los dedos -nos sacamos una historia que nos ayude a hacerlo.
-¿Creéis que me inventé a la chica del metro para ayudarme a comprender que me gustaban las chicas?
Los dos asienten en silencio.
-Pero era real. Me tocó con su meñique. Lo sentí -tartamudeo y me siento como una niña pequeña aferrándome al meñique de su padre para no perderse.
-Sólo queremos que no sufras, que continúes tu vida. La semana que viene te vuelves a Madrid. No desearíamos que volvieras a perseguir fantasmas.
Me levanto de improviso con mi granizado de café a la mitad.
-No. No es un fantasma. La chica del metro existe. Estoy segura.
Les dejo en la mesa, jugando con las miguitas de pan.
Hace un calor horrible pero necesito salir y despejarme. Quiero ir al río, a oler algo parecido al mar, así que me subo a la moto y meto gas.
Por el camino trato de recordar la cara de la chica del metro y no puedo. Me vienen otras caras de otras chicas con las que me he acostado, mezcladas en una sola. Sólo el pelo es siempre igual: largo, liso y moreno. O igual es el pelo de Mamen.
Al llegar al río, veo a una persona sentada sobre la hierba. Es Paula.
-Así que aquí estabas.
Paula se gira asustada y tampoco se alegra al ver que soy yo.
-¿Qué haces aquí? -me pregunta.
-Forma parte del castigo. Es la fase de la purificación. Tengo que desnudarme y meterme al río. ¿Te apuntas?
Me mira horrorizada y antes de que le de un infarto le digo que es una broma.
Me siento con parsimonia a su lado y nos quedamos mirando y escuchando al río un rato. Finalmente, rompo el silencio.
-Paula, ¿tú eres lesbiana?
La pobre chica se gira hacia mi como si fuera la niña del exorcista. Al menos, tiene la misma mirada.
-A ver, antes de que me insultes o vuelvas a marcharte, en mi puedes confiar.
Su rostro cambia poco a poco y pasa de la rabia a la serenidad.
-No puedo responderte porque nunca me he hecho esa pregunta.
-Pf, no hace falta preguntárselo; o se sabe o no se sabe.
-¿Tú lo supiste sin preguntártelo?
Voy a responder que sí pero enseguida me corto. Empiezo a encajar algunas piezas. No, no lo supe sin preguntármelo y, quizá, como bien dicen mis tíos, mi manera de preguntármelo fue inventándome a la chica del metro.
Le cuento todo esto a Paula que me escucha con atención.
-Me da pena pensar que no exista. Había construido una vida para ella. Para nosotras. Absurdo, lo sé.
Paula se encoge de hombros.
-Justo cuando acepté que me gustaba una chica y que estaba decidida a darle mi teléfono, desaparece. ¿Casualidad? No lo creo.
La miro con curiosidad.
-Y tú, ¿existes o también te he inventado?
Paula se ríe y hace eco en los escarpes.
-Claro que existo.
-Lo digo porque es mucha casualidad que la única persona joven que veo en el pueblo también sea torti.
-Yo no soy torti -dice con fingida indignación.
-Porque no te lo has preguntado.
Entonces, Paula cambia radicalmente el tono y se pone seria.
-No me lo he preguntado porque no me lo puedo permitir, no entra dentro de mis esquemas mentales. Déjalo. No lo entiendes -me dice al ver mi cara de confusión.
No le contradigo porque sé que se siente incómoda con este tema y porque no quiero que note la pena que me da.
-¿Te llevo luego al pueblo?
-Vale.
Las dos nos quedamos en silencio y volvemos a embelesarnos con el sonido y el fluir del agua.
Cuando vuelvo a casa y miro el móvil dispuesta a leer el diario de Raúl, descubro que tengo un email de Mamen.
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Capítulo 33: Escarpes

Mis tíos del pueblo son… peculiares.

Se suponía que tenían que venirme a buscar a la parada del autobús pero aquí no hay nadie y en el teléfono no contestan.
-Los mato.
Menos mal que me he cogido la mochila en lugar de la maleta porque me toca patear un par de kilómetros hasta llegar a su casa, los que separan la carretera del pueblo.
Por el camino veo monte, naturaleza, oigo el río y los pajarillos y esas cosas que se supone que me tienen que desestresar pero que a la una de la tarde en pleno mes de junio como que no apetece.
Antes de llegar al pueblo, el camino se estrecha y el monte se me echa encima. Sé que este pueblo está asentado en una falla y que este camino desaparecerá algún día bajo el desprendimiento del monte por el temblor de la tierra. Pero también sé que los lugareños quitarán las piedras y volverán a abrir el camino porque lo han hecho otras veces en el pasado.
Eso si para entonces quedan personas viviendo aquí.
Me recorre un escalofrío mientras camino bajo la sombra del monte y me maldigo por no haber bajado por la carretera.
-Eres gilipollas, Nico, tampoco habrá tanto coche en este pueblo como para que te atropellen en la carretera.
Entro al pueblo y no se ve ni un alma. Únicamente dos abuelos rumiando bajo un árbol.
-¿Dónde vas, chica? -me preguntan con descaro.
-A casa de mis tíos.
-¿Y quiénes son?
-Soy la nieta de la Felisa, hija de Manolo.
Los hombres se quedan satisfechos con la respuesta y me dejan marcar.
-Ya darás recuerdos.
Alcanzo la casa de mis tíos y abro la puerta. Cosas de los pueblos: nunca cierran las puertas de las casas.
Dejo la mochila en la entrada y me sacudo un poco el polvo y el sudor mientras me dirijo a la cocina. El olor de la casa me transporta a mi niñez. Una niñez que apenas recuerdo salvo por cuatro o cinco detalles. Entre ellos, ese olor mezcla de cerrado, sardinas en conserva y flores frescas.
A mis tíos se les cae la cuchara al plato cuando me ven bajo el umbral de la cocina.
-¿Y tú qué haces aquí? -pregunta mi tía.
-Me quedo unos días. ¿No os avisó mi padre?
Las comunicaciones en mi casa nunca han sido muy fluidas así que tampoco le doy mayor importancia.
-Sí, nos avisó, pero nos dijo que vendrías en julio.
-Pues no -les digo mientras me echo un poco de agua en un vaso. -Es en junio. Con ene.
-¡Ves! -le dice mi tía a mi tío pegándole un manotazo en el brazo. -Te he dicho mil veces que vayas al médico de los sordos.
-Otorrino -apunto.
-¿Qué? -preguntan al unísono.
Hago un gesto con la mano para restarle importancia.
-Bueno, ¿qué? ¿No me dais de comer?
En la sobremesa, mis tíos me dan, por fin, la bienvenida.
-Así que eres bollera, ¿eh? -suelta mi tío.
Mi tía le da un manotazo y le corrige.
-Jesús, te mato. Se dice lesbiana. Y un poco de delicadeza, por favor.
Yo no puedo evitar reirme.
-Pues fíjate. Yo creo que tu primo, el que está en Barcelona, es bujarra.
-¡Jesús, que se dice homosexual, coñe!
-Eh, que por mi bien, ¿sabes? Ahora hay más libertad y esas cosas.
Mi tía Carmen le mira esperado saltar de nuevo a corregir el tono de mi tío.
-¿Por qué crees que lo es?
-Bueno, siempre ha sido un poco afeminado, no nos ha traído novia…
-¿Pero a quién va a traer a este pueblo casi muerto? -se pregunta mi tía.
Me inclino hacia ellos. Nunca he tenido vergüenza a hablarles. Quizá porque apenas les veo o porque siempre han sido unos cachondos.
-Eso no significa nada. He visto cosas que jamás imaginarías. He visto hombres que se identifican como lesbianas. Mujeres que quieren ser varones. Personas que luchan cada día porque no se les encaje en un sexo, en un género o en una sexualidad.
Los dos se miran confusos.
-Pero, entonces… ¿qué son? -preguntan al unísono.
-Ya os lo he dicho. Personas.
Después de una siesta reparadora, decido dar un paseo por la casa. Cruzo el jardín (aunque llamar jardín a ese compendio de matojos y flores silvestres es generoso) y acabo en el cobertizo. Veo las partículas de polvo en suspensión a través de la luz que entra entre los maderos que forman las paredes. Recuerdo pasar muchas horas allí. Miento. No es un recuerdo; es un sentimiento porque no me viene a la cabeza algo concreto pero sí a la piel, al pecho. Una sensación de seguridad y de cariño. Repaso con la yema de los dedos los muebles y trastos viejos que acumulan polvo.
Una cosa llama mi atención al fondo: una sábana mugrienta tapa algo de gran volumen. Tiro de ella y descubro una vieja moto. En el tanque de la gasolina pone Triumph.
-La novia de tu padre. Antes de tu madre, claro -dice a mis espaldas mi tío que no sé cuánto rato ha estado observándome.
-¿Puedo…? -pregunto señalando al pedal.
-No te molestes. No funciona. Ya lo he intentado yo.
-¿Tiene alguna avería?
-No, todo está en orden. Hasta tiene un poco de gasolina, pero nada.
Se me ilumina la cara.
-Si consigo arrancarla, me doy una vuelta -le propongo.
Mi tío se encoge de hombros seguro de que no lo lograré.
Piso el pedal con fuerza pero la moto no reacciona.
-Tres intentos, ¿vale?
Lo vuelvo a intentar, pero nada.
-No te molestes… -dice mi tío.
Haciendo oídos sordos, pego un brinco y vuelco todo mi peso sobre el pedal. La moto empieza a rugir y a mi me sale una carcajada. Le pido permiso a mi tío que asiente.
-Ten cuidado. Tu padre me mataría. Por la moto, claro.
Despacio, salgo del cobertizo. Mi tío me abre la puerta de carros y salgo a la calle.
-¡Espera!
Corre hacia el cobertizo y sale con un casco tan viejo como la moto al que le quita un poco de polvo con su camiseta. Me lo ofrece y me ayuda a ajustarme la correa.
-Lista -dice golpeándome en la cabeza.
Sobre la moto, el aire se me cuela entre mi camisa y la piel y es la mejor sensación que he vivido en mucho tiempo.
Paso al lado de los abuelos que pasan las horas a la sombra y les saludo con la cabeza. Ellos me devuelven el saludo sin estar muy seguros de a quién.
Salgo del pueblo por el camino. Levanto polvo aunque no voy muy rápido. No se lo he confesado a mi tío pero jamás he conducido una moto en campo abierto. Ni siquiera sé si con el carné de conducir que tengo me vale para conducir una de estas. Lo dudo porque es bastante potente.
Estoy sumida en los pensamientos contradictorios que me genera violentar de esta manera la ley cuando oigo lo que parece ser una voz a lo lejos.
Miro por el retrovisor. Acabo de dejar atrás el escarpado sobre el puente por el que he pasado hace unas pocas horas con la mochila a cuestas, ese que temía que se me echara encima en cualquier momento. Percibo a lo lejos, haciéndose cada vez más pequeña en el espejo, una figura humana que mueve los brazos.
Freno y apoyo un pie en el suelo para girarme. La figura parece que grita algo pero su voz no me llega a través del casco. Me lo quito. Ahora me llega. Es una voz femenina y me está insultando.
Con maniobras un poco aparatosas, pongo la moto en dirección contraria y me dirijo hacia ella. ¿Lo hubiera hecho si la voz hubiese sido de tío? Obviamente, no.
Conforme me acerco, veo a una chica alta y fuerte. Glups. Tiene un arnés en la cintura y me espera con aire chulesco a que llegue a su altura. Tiene pinta de no superar los veinte años.
-¿Ocurre algo? -le pregunto cuando me quito el casco.
-Que me has asustado con ese ruido infernal. Casi me pego una hostia -dice señalando al escarpe.
-Lo lamento mucho -le digo con fingido tono victoriano. He venido a divertirme. -Pero no veo la manera de solucionar esto: yo no voy a dejar de pasear con la moto y estoy segura de que tú vas a seguir viniendo a escalar.
Ella tuerce la cabeza a un lado y ahí la tengo de nuevo: la mirada del mono babuino de culo pelado.
-¿Quién eres? -dispara.
-Me llamo Nico. ¿Y tú?
-Paula -me dice como si mascara chicle. -Nico es nombre de tío.
-Encantada, Paula.
A pesar de las presentaciones, no deja de mirarme extraño.
-¿Y qué haces aquí?
-He venido a pasar unos días.
-No mientas. Aquí nadie viene a pasar los días. Esto es un rollo. A ti te han castigado.
Abro los ojos de par en par. Aunque no lo había visto de esa manera puede que esto sí sea un castigo.
-¿Por qué te han castigado, a ver?
Pienso un momento. Podría ponerme el casco y pirarme de ahí ya que no tengo que darle explicaciones a una desconocida, pero me da que no va a haber mucha más gente joven así que me lanzo.
-Por pillarme por una tía que probablemente sólo exista en mi cabeza.
A Paula le cambia la cara de manera radical.
-¿Una tía?
Asiento con la cabeza.
-¿Eres…
Paula espera que le ayude a completar la frase.
-…ya sabes…
Y no pienso hacerlo.
Resopla.
-…bollera? -dice finalmente.
Sonrío con naturalidad.
-Sí, soy lesbiana.
Veo que su piel palidece. Lo cual no es fácil puesto que la tiene bronceada.
-Tengo que irme -dice, recoge precipitadamente sus cosas y se marcha con paso acelerado.
-¡Eh, que no es contagioso! -le grito mientras huye.


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Capítulo 32: La conversación

Raúl y Sergio me acompañan a casa. Me apetecía volver sola para despejarme un poco o llorar a moco tendido, pero ellos han insistido. Caminan un par de pasos por detrás de mí, como si fueran mis guardaespaldas. Poco antes de llegar a mi casa, Raúl se pone a mi altura.
-Quizá esta pregunta te parece un poco rara pero como soy tu amigo y te quiero te la voy a hacer.
Raúl me pide permiso para lanzarla.
-Adelante -le concedo con preocupación.
-Nico, ¿estás segura de que la chica del metro existe?
Me quedo mirando a mi amigo atónita ante la pregunta.
-¿Perdona?
-Ya sé que suena raro, pero, en fin, yo no la he visto. Nadie la ha visto salvo tú. Y además no paras de darle vueltas y te lleva un poco de cabeza. Sólo me preocupa que no estés persiguiendo un fantasma o una quimera o que tengas algún complejo psicológico de algo…
Sergio mantiene la distancia de manera disimulada porque ve que me estoy poniendo roja y teme que le salpique la sangre cuando explote.
-¿Crees que me la he inventado? ¿Piensas que estoy pirada?
Noto que el primer impulso de Raúl es decirme que no, desdecirse de sus palabras y seguir el paseo de vuelta a casa como si nada, pero aguanta mi mirada con serenidad e insiste.
-Piénsalo fríamente -me pide. -En el mejor de los casos, existe, pero no es lesbiana porque no la hemos visto por el ambiente. Y no será porque no hayamos salido.
-La acabo de ver.
-No, has visto a una chica de espaldas que podría ser ella o cualquier otra persona.
-Raúl, no me jodas -me impaciento.
Llegamos a mi portal donde mi amigo, por fin, se disculpa.
-Perdona, Nico. No quiero que sufras, no quiero que pospongas tu vida hasta que encuentres a esa chica y que al final sea demasiado tarde para ti. Eso es todo.
Cedo unos milímetros mi cabreo para dejar espacio a un poco de confianza en mi mejor amigo.
-No eres la primera persona que me lo dice- confieso.
-Descansa, Nico. Desconecta este verano. Disfruta. Probablemente sea nuestro último verano sin preocupaciones.
No puedo ocultar mi gesto de fastidio porque él tiene el verano montado entre vacaciones y prácticas y el mío va a ser una mierda.
Raúl me abraza y me da un beso en la coronilla.
-Te quiero, pequeña.
-Yo te odio.
-Mentira.
Les veo marcharse caminando el uno junto al otro pero sin darse la mano.
Es cierto, no le odio, pero odio que me haya planteado su duda. ¿Podría ser posible que la chica del metro no exista más allá de mi imaginación? Pero me rozó con su dedo, ¿eso también me lo inventé? Imposible. No tengo tanta imaginación. ¿Por qué habría de inventármela?
Entro en casa y me meto hasta la cocina sumida en mis pensamientos. Enciendo la luz y me asusto al ver a mi padre sentado con un vaso de leche casi vacío entre las manos.
-Joder, papá, ¡qué susto!
-Perdona.
-¿Qué haces a oscuras?
Mi padre se encoge de hombros.
-No me apetecía encender la luz, así no me desvelo.
Sólo quiero comer algo antes de irme a la cama. Abro la nevera y cojo una loncha de jamón y otra de queso, los enrollo y me lo como de pie, dando la espalda a mi padre.
—Te voy a decir una obviedad —comienza a hablar. Maldigo su verborrea y me giro hacia él con la más fingida de mis sonrisas. -Siéntate -me invita.
Le hago caso y me siento a su lado.
—Tu madre y yo llevamos casados más de 20 años. Y juntos ni te cuento.
Hace una pausa.
—Esto quiere decir que soy la persona que más conoce a tu madre, soy la persona que más Angustias lleva dentro. Y eso es porque me lo cuenta todo.
Se me corta un poco la digestión con esa última frase.
—Así es, pequeña. Lo sé. Sé que estás enamorada, o lo has estado, de una chica. Sé que quieres compartir tu vida con una mujer. Ya también sé que estás sufriendo.
—Yo…
—Calla. No hables ahora lo que no me has contado hasta hoy.
Agacho la cabeza hasta casi golpear la mesa con la frente.
—Me lo tenías que haber contado —dice más calmado.
—Joder, papá, lo siento.
—Me lo tenías que haber contado por dos razones -continúa. -La primera es por deferencia. Merezco respeto. Sé que estás más unida a tu madre y te resultaría más sencillo…
Resoplo recordando el momento en que se lo conté.
—O menos complicado —se corrige a sí mismo. —El caso es que yo soy tu padre. Soy la otra mitad de la cual surgiste. Vale que probablemente esta sea la conversación más larga que hayamos tenido en la vida; vale que no coincidamos mucho en casa; vale que soy un cotilla y hubiera hecho muchas preguntas, pero soy tu padre y siempre lo seré. Siempre puedes y debes contarme cosas. Que sea la última vez que me mantienes al margen de esta manera, que me mientes y que me consideres lo suficientemente tonto como para creer que no lo sabía o que no lo entendería.
—Sí, papá.
—La segunda razón por la que me lo tenías que haber dicho es por estrategia.
Doy un respingo.
—Eso es, pequeña. Cuando se lo dijiste a tu madre se puso como una fiera. Si uno de los padres hace de poli malo, el otro hace de bueno. Es un tópico pero es cierto. Cuando un padre le grita a su hijo el otro se apiada y hace de poli bueno, de mediador, de comprensivo, y trata de razonar con su pareja.
—Pensé que tendría a dos polis malos.
—Pues no, Nico. Yo hubiera hecho de poli bueno. Es más, he hecho de poli bueno. Como supondrás, tu madre me lo contó. Lloraba casi todas las noches y mi deber era calmarla, ayudarle y ayudarte. Ayudaros a las dos. Noche tras noche, hablé con ella, le dije que nos costaría, que, efectivamente, habías destrozado nuestros cimientos pero no era para hacer daño, sino para reconstruir unos nuevos a tu manera. Que no es malo, ni vas a ir al infierno. Que la gente hablará pero quien debe importarnos eres tú y no la gente. Que estamos en el siglo XXI, coño, que ya vale de sufrir por cosas así. Que no es ni una maldición, ni una deshonra. Y que no significa que ya no vayamos a ser abuelos.
Mi padre me agarra la mano. Tengo los ojos encharcados y un nudo en la garganta que amenaza con romperse en cualquier momento.
—Nico, pequeña, te queremos. Eres nuestra hija y te deseamos la mayor felicidad del mundo.
Mi garganta se rompe como un dique y el agua sale a borbotones por mis ojos.
Se levanta y me abraza con fuerza para que mi llorera quede silenciada en su pijama. Así mi madre no se despierta. Cuando nos despegamos, me doy cuenta de que le he dejado mojada la parte de la camiseta del corazón, como si mis lágrimas se hubieran quedado atrapadas ahí para siempre.
-¿Por qué no vas al pueblo, con los tíos? -me propone. -Aquí te vas a aburrir. Ya sé que aquello tampoco es la fiesta padre, pero te vendrá bien cambiar de aires, dar paseos, el río, la naturaleza, esas cosas.
Si me lo hubiera dicho hace unas horas, la idea me hubiera horrorizado, pero me encuentro mentalmente agotada y me apetece descansar.
Necesito espacio, tiempo, desconectar, escuchar y ver cosas diferentes. Y pensar. Pensar en mi misma, en si es verdad que mi cabeza se ha vuelto del revés y me está la está jugando.
Incapaz de articular palabra, le digo que sí con la cabeza.


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Capítulo 31: Rebobine, por favor

Mi padre tiene un vídeo VHS. Le tiene un aprecio tremendo porque le costó una pasta y porque tiene mando a distancia. También tiene una gran colección de cintas VHS que no ve por miedo a estropearlas. Hace no mucho me enseñó cómo funcionaba. Metió la cinta de “La princesa prometida” y le dio al play. La calidad de la imagen era pésima pero le daba una curiosa textura que encajaba muy bien con aquella película. La vimos sin pestañear. Cuando acabó, le pedí que pusiera la escena de la lucha de esgrima porque me había encantado. La cara de mi padre fue un poema. Se puso las gafas, localizó en el mando el botón de rebobinado y la cinta comenzó a hacer un ruido bestial.
-¿Qué ocurre? -le pregunté asustada.
-Se llaman cintas por algo. Dentro de la carcasa hay una cinta con la película impresa. Ahora está recogiéndose en uno de los carretes hasta que llegue al final o hasta que yo le de al stop cuando crea que he llegado a la parte que quiero.
Me costó pillarlo porque llevaba toda la vida escuchando CDs, saltando de una canción a otra sin tener que esperar o calcular cuánto tendría que dejar correr una cinta. Con los DVD igual, claro. Tardó un rato en encontrar la escena, avanzando y retrocediendo la cinta un par de veces, pero cuando lo hizo, disfruté el doble.
Es de esto de lo que me acuerdo cuando huelo el pelo de Mamen mientras me susurra al oído que quiere volver, que no puede vivir sin mi, que me echa de menos.
Salto de un track a otro de nuestro CD personal. Nuestro primer beso. El último. Mi primera vez, mi primer desnudo, mi primera relación. Mi primera despedida. Si estuviéramos en la época del VHS, ¿merecería la pena el esfuerzo y la espera de rebobinar la cinta de nuestra relación para recordar los mejores momentos?
Parece que pasa una eternidad, pero apenas han sido unos segundos. Me despego súbitamente de Mamen.
-Tengo que irme -digo y salgo de inmediato a la calle.
Busco a la chica del metro pero no la encuentro. Corro de un lado a otro de la calle, tratando de averiguar por dónde ha podido irse. Mentalmente, rebobino hasta el día que la vi por primera vez. O mejor dicho, que se mostró a mi, que me eligió para verla, para ser suya, para que quedara atrapada en mis ojos para siempre.
-Nico -oigo que me llama Mamen que ha salido detrás de mi.
-Ahora no, Mamen.
Corro hacia el otro extremo de la calle. Nada. Ni rastro.
Empiezo a moquear. He salido sin la chaqueta y está refrescando. También me lloran los ojos.
-Traté de llamarte, pero no me contestaste -comienza a hablar en mitad de la calle.
-Vamos, ¿dónde te has metido? -me digo a mi misma corriendo de nuevo hacia la otra esquina.
Veo a un grupo de gente y me acerco a ellos. Les llamo, se giran pero ninguno de ellos es la chica del metro. Me miran raro porque se me cae una lágrima. Doy una vuelta sobre mi misma. Luego otra. Sigo moqueando pero ya no es por el frío.
-Entra en el bar, que te vas a enfriar -me pide Mamen.
-¡Te quieres callar! -le grito mientras me dirijo hacia ella con furia. -Lo has vuelto a hacer.
Mamen me mira confundida y con un poco de miedo. Da un paso hacia atrás.
-¿Hacer qué?
Me pongo a su altura y de repente me parece muy pequeña aunque siga mirándole desde abajo.
Alarga su mano para tratar de tocarme, pero la retiro.
-Joderme la existencia.
Parece que empieza a comprender por qué he salido del bar.
-¿Estás con alguien?
Le miro con condescendencia.
-¿No te lo han contado tus amigas? ¿No te han dicho que ahora soy una guarra que se tira a todo lo que se menea?
-Sí, me lo han contado, pero tú no eres así, Nico.
-¿Ah, no? Pregunta a cualquiera.
-Sé lo que has hecho. Y también sé por qué lo has hecho.
-¿Por qué?
-Porque querías olvidarme.
Le miro desafiante.
-Así es, Mamen. ¿Y sabes qué? Lo había conseguido. Pero has tenido que aparecer justo ahora, cuando estaba buscando a otra persona. Igual que hiciste la primera noche que nos vimos, ¿recuerdas?
-Sí… -dice Mamen en voz baja.
-¡Nico!
Raúl y Sergio salen del bar con mi chaqueta en la mano.
-Genial. Un happening -dice Mamen.
-¿Todo bien? -pregunta mi amigo mirándome para que le de alguna pista.
-Sí. Mamen sólo quería volver conmigo después de haberme dejado tirada cuando estaba en Londres.
-A mi también -dice Sergio tratando de relajar el ambiente sin éxito. Raúl le reprende en silencio.
-Si esto va a ser un todos contra mi, mejor me piro -dice Mamen antes de girarse y emprender el camino de vuelta al bar.
-Eso es lo que haces mejor: pirarte -le lanzo el misil directo a su diana.
Mamen se para en seco. Tiene la cabeza agachada, derrotada. Me da lástima. Se gira sobre sí misma y Raúl le dice a Sergio que deberían apartarse para dejarnos a solas.
Mamen camina y se acerca a mi.
-Lo hice como el culo. Lo sé. Fui cobarde, te mentí, pero llegaste en un mal momento. Tenía otros planes.
-Para, para -le pido. -Yo no llegué en ningún momento. Fuiste tú la que me atrapaste sabiendo de sobras que no podías o no querías permitirte una relación.
-Ya lo sé, Nico, pero yo… Yo sólo quería… -Mamen se atasca.
-¿Qué querías, Mamen?
-Mira, lo siento, siento todo aquello, siento lo de Londres. Te pido que lo olvides y que empecemos de nuevo -me dice mientras me agarra de las manos.
-Te quise mucho, Mamen. Y a día de hoy aun te tengo mucho cariño. Aprendí contigo, viví cosas increíbles, pero ya está. Se acabó. No podría empezar de nuevo contigo, ni continuar lo que tuvimos porque no me fío de ti.
Se lo digo de verdad, mirándole a los ojos. Ella me suelta las manos y frunce el ceño. No está enfadada, ni molesta. Al menos, no lo parece. Está triste porque le acabo de romper el corazón.
-Lo siento, Mamen -le digo lo más delicadamente posible. -Ahora eres tú la que llegas en mal momento.
Agacha la cabeza porque no quiere que la vea llorar.
-Está bien -dice mientras se sorbe las lágrimas.
-Nico, ¿nos vamos? -me pregunta Raúl al otro lado de la calle.
Me pongo la chaqueta y dejo a Mamen llorando.
-Lo siento, de verdad, pero no me apetece rebobinar porque tardaría mucho en encontrar el punto exacto donde querría continuar lo nuestro.
Soy consciente de que Mamen no comprende mi metáfora, pero estoy segura de que esta no es la última vez que hablaremos. Madrid es un pañuelo.

Rebobino la cinta por completo y la coloco en el estante de las relaciones pasadas, cogiendo polvo, a la espera de que algún día la saque y la vea de nuevo, con tranquilidad, serenidad y un nuevo bagaje a mis espaldas.

-¿Por qué has salido del bar? ¿Pensabas irte sin decirnos nada? -me pregunta Raúl cuando emprendemos el camino de vuelta a casa.
-No, es que me pareció ver a la chica del metro.
Raúl resopla con impaciencia.
-Nico, hazte un favor y deja de perseguir fantasmas.
Gruño para mis adentros porque mi excusa para dejar a Mamen con el corazón roto se me ha vuelto en contra: Madrid es un pañuelo… salvo cuando buscas desesperadamente a alguien.

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