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Una estrella danzante

Ya está en pre-reserva mi nueva novela, la segunda que publico este 2018. ¡Ritmazo!

Os presento a Jana en “Una estrella danzante”. La escribí durante el #NaNoWriMo2017 y la he trabajado durante todo el 2018 para poderla traer antes de que acabara el año.

Una estrella danzante

La nueva novela de A. M. Irún.

Jana es una espía del tres al cuarto a la espera de su gran misión. Claudia se metió con quien no debía y ahora necesita un arma, un matón o ambas cosas. Mia está metida en le banda de Grosinho y tontea demasiado con la chica de su jefe.

Y las tres son la misma persona.

 

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Sinopsis

Jana es una espía de poca monta que amanece en una cama que no es la suya ni de ninguna de las dos chicas con las que se ha acostado. Y no recuerda cómo llegó allí. Sigue leyendo Una estrella danzante

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La catarsis portuguesa

El pasado 19 de febrero publiqué mi quinta novela. ¡Quién me iba a decir hace tres años cuando escribí mi opera prima “Nico, por favor” que iba a llegar hasta aquí! La autopublicación en Amazon me está reportando muchas satisfacciones.

Último atardecer en Lisboa es una carta de amor a la capital portuguesa: Está escrita desde dos puntos de vista que se van alternando, el de Helena, la joven que busca desesperadamente un empleo que le evite pedir ayuda a sus conservadores padres, y Vero, una mujer con una vida perfecta, y conserva el estilo fresco, sexy y divertido de todas mis novelas. Sigue leyendo La catarsis portuguesa

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4 cositas que Flozmin me ha enseñado como escritora de ficción lésbica

Desde Argentina nos han regalado una preciosa historia de amor entre dos mujeres que se ha ganado los corazones de todas las hispanohablantes a un lado y otro del Atlántico.

Hago las presentaciones pertinentes. Florencia Estrella (interpretada magistralmente por Violeta Urtizberea) es una mujer con una vida laboral y amorosa desordenada, y con síndrome de Tourette que le hace putear (soltar palabras de manera aleatoria, la mayoría de las veces, insultos o tacos) en momentos de nerviosismo o tensión. Ha heredado de su padre un hotel junto con sus cuatro hermanas. Jazmín del Río (Julieta Nair Calvo ofrece una actuación más serena y sutil, resaltando ese remanso de paz que Flor necesitaba en su vida) es la cocinera del restaurante del hotel Las Estrellas que se enamora casi instantáneamente de Flor. Juntas forman Flozmín, una de las parejas lésbicas más exitosas de este 2017.

Los guionistas han escrito una historia bonita, sensual y auténtica y esto es lo que he aprendido de ellos:

Hacer guiños al fan

Lo que se ha pasado a denominar fanservice, término que nació del manga y que se refería a ofrecer al lector masculino elementos de mera recreación visual de los personajes femeninos. En Las Estrellas se ha traducido en varios guiños. El más claro se dio cuando Flor y Jaz fueron a tomar un café en una de esas cafeterías que te ponen el nombre en el vaso de cartón. Las chicas brindan y la cámara se detiene en el detalle de sus nombres unidos formando Flozmín, que es como se ha bautizado a la pareja por parte de sus fans en las redes sociales.

Los guionistas se suman a los juegos de las fans y mezclan realidad y ficción.

Jaz le tapa los ojos a Flor para que pinte un cuadro desde el corazón. Cuando le pide que elija un color, Flor pide el color violeta (su nombre como actriz). Algo similar pasa con las hijas que adoptan: la mayor se llaman Violeta y la pequeña Melisa, todo nombres de flores y plantas. Esto fue precisamente lo que le dijo Jazmín a Flor el día que se presentaron: “Mira, ya tenemos algo en común, nuestros nombres”. Quizá parezca un guiño superficial pero NO LO ES. Es la manera de subrayar que Flozmín están hechas la una para la otra para crear un universo propio y lleno de flower power.

Al fandom lo que es del fandom

Si los fans piden tal o cual cosa, dales tal o cual cosa. Para cumplir el fanservice hay que hacer una escucha activa del espectador. Si no queremos más piquitos de viejo, ¡no den más piquitos de viejo!) Gif besos

Está bien darle crédito al espectador/lector, saber que es inteligente, que sabe rellenar los huecos (la luz de la mañana entrando por la ventana, una cama deshecha, dos personas despeinadas…), PERO también es cierto que nos dirigimos a un público (las lesbianas y bisexuales) al que se le han vetado ver ciertas cosas antes. 

La ficción moldea la realidad

Lo que no se nombra no existe, pero lo que se nombra mal es peor. Y los adultos moldeamos pésimamente.

La lección nos la dan los guionistas a través de la trama de Violeta, la hija adoptiva de Flor y Jazmín. En esta trama nos muestran dos aspectos:

  1. Los niños no tienen prejuicios homófobos. En todo caso, lo aprenderán después de los adultos.
  2. En estos tiempos en los que se ha puesto de moda la maternidad subrogada, no olvidemos que hay niños que, aunque no tengan nuestros genes, también tienen derecho a tener una familia. No los olvidemos.

Los creadores de contenido de entretenimiento tienen (tenemos) la responsabilidad de repensar lo que ya está escrito, comprobar si se adecua a las exigencias del público y traducirlo a un lenguaje respetuoso e inclusivo.

Así se consiguen cosas como esta:

Crear mitología propia

Cuando estás mucho tiempo con una persona, ya sea tu pareja o una amiga o tu propia familia, se crea un lenguaje propio que sólo entendéis vosotros. Ese universo Flozmin es compartido por sus seguidoras que asumen como propio ese lenguaje.

Si una dice “Anda ve…”, la otra ya sabe cómo sigue.

 

También hay un par de cosas que he aprendido sobre qué no hacer a la hora de escribir ficción lésbica, pero me las guardo que no quiero hacer flame.

 

Flozmin, fue un placer compartir este viaje 🙂

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Capítulo 35: Acuse de recibo

Es extraña esta sensación, Mi pulgar está planeando sobre el icono del email, temblando. Si deslizo a la derecha, elimino el mensaje. Si pulso, lo abro. Dos “y si…” que me están matando. Mi mundo se bifurca en dos realidades posibles. ¿Podría vivir sin saber lo que dice Mamen? Y si lo abro, se abren a la vez más realidades dependiendo de lo que me haya escrito.
-Venga, sé valiente por una vez en tu vida.
Pulso el icono y abro el email.
Mamen saluda con muchas exclamaciones. Raro. Nunca fue muy efusiva. Sabe que estoy en el pueblo. De cura de desintoxicación por el tema de la chica del metro. Puto Raúl y su campaña de exorcización. Pero no es eso de lo que quiere hablarme, sino de otra cosa: de que se ha vuelto a enamorar.
“Bueno, enamorar no es la palabra, pero es un paso previo. Estoy pillada, vaya. Ya sé que no hace ni medio mes que me diste puerta, pero estoy muy ilusionada con Alexia. Así se llama. Quiero hacer las cosas bien con ella. Eso lo aprendí de ti.
Quiero ser brutalmente sincera porque necesito que sepas por qué eres parte esencial en mi vida.
Cuando me dejaste aquella noche que buscabas a tu chica se me rompió el corazón. Tardé unos días en componerme. Hice muchas cosas mal contigo. Tenía algo real y no lo supe cuidar porque estaba más pendiente de alcanzar algo que ni era real ni ha sido tan idílico como prometía. Me entregué de manera ciega a mi trabajo, pensaba que cuando lo consiguiera, todas las piezas encajarían. Después de romperme los cuernos, conseguí el trabajo y volví a España. Aquella noche en que te vi pensé que por fin las piezas estaban encajando y todo sería perfecto en mi vida. Me despertaste de mi sueño y me devolviste a la tierra.
Una semana después, llegué a un acuerdo con mi empresa y renuncié al trabajo. Me apunté a un curso de pastelería y allí conocí a Alexia. Enseguida congeniamos. Quiero hacerlo bien con ella, empezar desde cero y hacer todas esas cosas que no hice bien contigo.
Las cosas no encajan porque sí. Las cosas encajan porque nosotras hacemos que encajen. Ya no me da miedo el matrimonio Arnolfini. De hecho, quiero ser el matrimonio Arnolfini con ella. Para lo bueno y para lo malo, batallando cada día, sin rendirme a la mínima que las cosas no vengan bien dadas. Quiero que merezca la pena rebobinar la cinta de mi relación con Alexia una y otra vez porque cada capítulo es mejor que el anterior (sí, acabé comprendiendo tu metáfora).
Sólo te escribía para compartir lo que aprendí contigo y para decirte que espero que lo apliques cuando encuentres a tu chica del metro. La gente dice que no existe pero yo estoy segura de que existe porque tú harás que sea realidad.
Un beso.
Espero verte pronto por aquí”.
Justo cuando acabo de leer el email, un trueno rompe el cielo y comienza a llover con estruendo. El aire repica en los canalones de casa y multiplica el efecto sonoro de la tormenta. Mientras, yo leo varias veces el email pasando por diferentes estados de ánimo. Al final, me quedo con uno: me siento más dolida que cuando no lo había leído.
Me gustaría contestar a Mamen y preguntarle por qué con Alexia sí y conmigo no. De nuevo, una infinidad de “y si…” se abren ante mi. ¿Hubiera hecho caso a Mamen si me hubiera dicho todo esto para volver conmigo o le hubiera mandado a la mierda? ¿Este dolor en el pecho es porque no me quiso como querrá a Alexia o porque ahora que está con Alexia ya no tendremos una segunda oportunidad? ¿Querría esa segunda oportunidad o la rechazaría por seguir buscando a la chica del metro? ¿Y si volviera con Mamen pero no dejara de pensar en mi amante fantasma? ¿Acaso no estaría haciendo entonces justo lo que Mamen hizo conmigo: “ponerme los cuernos” con su trabajo?
Mi mente se nubla y el olor y ruido de la tormenta no me ayuda a despejarme. Me paso la noche en vela y sólo caigo rendida de sueño cuando comienza a amanecer.
-Vaya, parece que alguien no se levanta de buen humor -dice mi tío con sorna al verme aparecer por la cocina.
-La tormenta no me dejó dormir -respondo con cara de pocos amigos.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿No está el camino como para ir en moto? -pregunta mi tía.
-No lo sé. Ya veré.
Mis tíos interpretan por fin que no tengo ganas de que nadie me hable y se retiran a hacer sus cosas. Por mi parte, sólo quiero estar en la cama y llorar. Y eso es lo que hago durante todo el día.
Paso en estado depresivo un par de días. Que no salga el sol y el camino siga embarrado tampoco ayuda. En las cenas, mis tíos hablan pero yo no intervengo. Mi estado catatónico les preocupa, pero no quieren alarmar a mis padres.
-Nico, ¿qué te pasa? -pregunta preocupada mi tía.
Estamos tomando la fresca en la calle. Parece que por fin han cesado las tormentas y las luciérnagas vuelven a revolotear en las farolas. Quiero coger un par y meterlas en un tarro para que iluminen mi habitación por la noche, pero no me apetece buscar un tarro y, mucho menos, ponerme a hacer el paripé por la calle tras unos insectos.
-Nada -respondo lacónica.
-Yo sé lo que te pasa -dice mi tío. -Te has dado cuenta por fin de que la chica del metro está sólo en tu cabeza y estás triste, es normal…
Frena en seco porque ve que voy a ponerme a llorar.
-¡Jesús! -le regaña mi tía.
Caigo en la cuenta de que no sólo Mamen ha rehecho su vida, sino que yo no lo podré hacer nunca porque jamás encontraré a la chica del metro.
Entre lágrimas, vuelvo a mi cama a pasar otra noche en vela. En dos días vuelvo a Madrid y regreso peor de lo que estaba.
No sé si lo saben, pero oigo a mis tíos desde mi habitación. Las paredes serán de adobe, pero es verano y las puertas y ventanas están abiertas de par en par.
-No entiendo por qué no lo acepta. Debería seguir adelante -se pregunta mi tío.
-Es normal. Es una persona importante en su vida. Es como si le dijeras que su primer amor ha muerto -replica mi tía.
Esa última frase se ha clavado como un punzón en mi corazón.
Quiero despedirme de Paula antes de irme del pueblo. Supongo que la encontraré en el río así que voy hacia allá, sin la moto, a pie. Me vendrá bien andar un poco.
Apenas salgo del pueblo y la encuentro en los escarpes donde la vi por primera vez, colgada y saltando de un lado a otro de la pared rocosa.
-Mañana me voy, Paula. ¿Qué vas a hacer sin mi? -le pregunto desde abajo quitándole importancia.
-Estar tranquila -responde con una carcajada.
En cierta manera, ahora me siento responsable de Paula. Le he abierto un modo de vida con el que sería más feliz, y ahora le dejo sola.
Paula baja poco a poco del escarpe, se toma su tiempo, se recrea en la bajada. Cuando llega al suelo apenas habla. Caminamos en silencio. No hemos dicho en alto adónde ir. No hace falta. No hay muchos sitios donde ir en el pueblo.
Una vez en el río, nos sentamos en una roca y permanecemos en silencio como si estuviéramos viendo la peli más apasionante del momento.
Prefiero no contarle lo del email de Mamen por no remover más la mierda, pero sí le cuento que no sé qué hacer con la chica del metro. La sensatez me dice que de por zanjada esa historia, pero no sé cómo hacerlo.
-¿Por qué no le das las gracias? -sugiere Paula.
-¿Las gracias?
-Sí, así cierras la historia de una manera digna. Dices “Gracias, chica del metro, por haberme ayudado a conocer una parte de mi” -se me queda mirando a la espera de que lo repita. -Venga, dilo.
-¿Aquí? ¿En voz alta?
-Sí. Gritando. Que cruce el río y retumbe en el monte.
-Estás loca.
Se queda parada, mirándome fijamente a la espera de que lo haga. No sé por qué pero algo me dice que Paula no parará hasta que lo haga así que suspiro resignada y me pongo en pie de cara al río.
-Vale. Voy -cojo aire. -Gracias chica del metro.
-Vaya mierda -dice Paula. -No te ha oído ni el cuello de esa camisa de cuadros tan bollo que llevas.
Miro a mi camisa y la plancho un poco con las manos.
-Bien bonita es.
-Grita. Que se te llene el pecho.
Me siento como una soldado que tiene que impresionar a un general. Hincho los pulmones y suelto el aire poco a poco mientras grito con todas mis fuerzas.
-¡Gracias, chica del metro!
Paula hace un ademán con la mano para que continúe gritando cosas.
-¡Me has ayudado mucho…! -consigo decir antes de que se me rompa la voz de la emoción.
Se me caen algunas lágrimas y me seco la cara con la manga.
-Te querré siempre.
El eco me devuelve esta última frase como si fuera un acuse de recibo. Las ondas de sonido rebotan contra mi y hacen temblar mis piernas. No aguanto ni un soplido y caigo al suelo todavía húmedo de rodillas, rendida y llorando.
En cierto modo, me siento liberada. “Gracias, chica del metro. Me has ayudado mucho. Te querré siempre”.
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Capítulo 34: Diarios y delirios

Tratar de mensajearse con el móvil en este pueblo perdido de la mano de Dios es un acto de fe. Se corta la señal, los mensajes no salen o no acaban de llegar. Me pongo de los nervios así que he aprendido a perder esa comunicación inmediata. Vuelvo a mis años de la ouija y mando mensajes por la mañana a Raúl o a mis padres y dejo el móvil en casa hasta que llego a casa antes de que anochece. Entonces leo todo lo que me han ido poniendo a lo largo del día. Mis padres suelen ser escuetos, pero Raúl me escribe cada acontecimiento que le va pasando en forma de breves mensajes que conforman una especie de diario personal.

Voy cogiendo soltura con la moto. No salgo mucho a la carretera porque con la suerte que tengo, me pillará la Guardia Civil y voy sin papeles.
Hay un momento que me gusta especialmente cuando voy con la moto. Es una chorrada pero me parece mágico. Los tractores van y vuelven del campo recogiendo fardos de alfalfa para el ganado y por el camino dejan rastros de pajitas. Cuando paso por encima con la moto, el aire las levanta y veo por el retrovisor cómo se hacen pequeños remolinos a mi paso de doradas pajitas centelleantes por la luz del sol. 
Al pasar por el puente, miro hacia arriba a ver si está Paula, pero no la he vuelto a ver.
-Oye, tía, ¿conoces a Paula? -le pregunto a la hora de comer.
Ella piensa durante un rato y luego me dice que no cae, que de quién es hija o nieta.
-No lo sé. Pero no tendrá más de 20 años. No debe haber muchos chavales de esa edad por aquí.
-Los chavales se marchan en verano. Bueno, y en invierno también -apunta amargamente mi tío.
Se miran entre ellos como si quisieran preguntarme algo. Yo tengo la mirada fija en un trozo de melón que hemos puesto en la ventana para que no nos molesten las moscas, pero les veo por el rabillo del ojo.
-¿Qué pasa?
-Bueno, ya sabes que tu padre te mandó aquí para que te centraras.
-Más o menos -concedo.
-Nos preguntábamos -comienza mi tía- que qué tal lo llevabas.
-Bien -digo sin más. – Un poco aburrida. No os ofendáis. Pero para una amiga que podía tener, ha desaparecido. Por las noches apenas duermo entre el calor y el ruido de las cigarras. Y por las mañanas, debe haber quedada de pájaros en mi alféizar así que menos todavía.
Se remueven en sus sillas tratando de encontrar la postura más cómoda para seguir preguntándome.
-Nos referíamos más bien a lo otro -dice mi tía en voz baja como si tuviera miedo de que un espíritu la escuchara.
-¿Qué es lo otro?
Mi tío le toma el relevo mientras sirve granizado de café.
-Tu padre nos ha preguntado si sigues con lo de la chica del metro o si ya te has desengañado.
Me cambia la cara.
-¿Y a él quién se lo ha contado?
-Un amigo tuyo. ¿Rubén?
-Raúl -les corrijo. -Y le voy a matar cuando le vea.
Resoplo con impaciencia.
-A ver, que no estoy pirada, ¿vale?
-Lo sabemos, Nico, pero tu padre está preocupado. Todos estamos preocupados -dice mi tía que se limpia las manos compulsivamente en el delantal.
Se hace el silencio y un silencio en esta casa es tenso porque no hemos parado de hablar durante los días que he estado aquí.
-Mira, Nico, no quiero que te tomes esto a mal. Lo hacemos por tu bien. Hemos estado hablando con tus padres por teléfono, aprovechando tus largos paseos en moto, y tenemos una teoría -dice mi tío.
Levanto una ceja.
-¿Cuál?
Se miran entre ellos y mi tía le da permiso para que continúe.
-A veces, el cerebro se monta películas para ayudarnos a explicarnos cosas. Mira las religiones, sin ir más lejos. Cuando no entendemos algo, ¡zas! -mi tío chasquea los dedos -nos sacamos una historia que nos ayude a hacerlo.
-¿Creéis que me inventé a la chica del metro para ayudarme a comprender que me gustaban las chicas?
Los dos asienten en silencio.
-Pero era real. Me tocó con su meñique. Lo sentí -tartamudeo y me siento como una niña pequeña aferrándome al meñique de su padre para no perderse.
-Sólo queremos que no sufras, que continúes tu vida. La semana que viene te vuelves a Madrid. No desearíamos que volvieras a perseguir fantasmas.
Me levanto de improviso con mi granizado de café a la mitad.
-No. No es un fantasma. La chica del metro existe. Estoy segura.
Les dejo en la mesa, jugando con las miguitas de pan.
Hace un calor horrible pero necesito salir y despejarme. Quiero ir al río, a oler algo parecido al mar, así que me subo a la moto y meto gas.
Por el camino trato de recordar la cara de la chica del metro y no puedo. Me vienen otras caras de otras chicas con las que me he acostado, mezcladas en una sola. Sólo el pelo es siempre igual: largo, liso y moreno. O igual es el pelo de Mamen.
Al llegar al río, veo a una persona sentada sobre la hierba. Es Paula.
-Así que aquí estabas.
Paula se gira asustada y tampoco se alegra al ver que soy yo.
-¿Qué haces aquí? -me pregunta.
-Forma parte del castigo. Es la fase de la purificación. Tengo que desnudarme y meterme al río. ¿Te apuntas?
Me mira horrorizada y antes de que le de un infarto le digo que es una broma.
Me siento con parsimonia a su lado y nos quedamos mirando y escuchando al río un rato. Finalmente, rompo el silencio.
-Paula, ¿tú eres lesbiana?
La pobre chica se gira hacia mi como si fuera la niña del exorcista. Al menos, tiene la misma mirada.
-A ver, antes de que me insultes o vuelvas a marcharte, en mi puedes confiar.
Su rostro cambia poco a poco y pasa de la rabia a la serenidad.
-No puedo responderte porque nunca me he hecho esa pregunta.
-Pf, no hace falta preguntárselo; o se sabe o no se sabe.
-¿Tú lo supiste sin preguntártelo?
Voy a responder que sí pero enseguida me corto. Empiezo a encajar algunas piezas. No, no lo supe sin preguntármelo y, quizá, como bien dicen mis tíos, mi manera de preguntármelo fue inventándome a la chica del metro.
Le cuento todo esto a Paula que me escucha con atención.
-Me da pena pensar que no exista. Había construido una vida para ella. Para nosotras. Absurdo, lo sé.
Paula se encoge de hombros.
-Justo cuando acepté que me gustaba una chica y que estaba decidida a darle mi teléfono, desaparece. ¿Casualidad? No lo creo.
La miro con curiosidad.
-Y tú, ¿existes o también te he inventado?
Paula se ríe y hace eco en los escarpes.
-Claro que existo.
-Lo digo porque es mucha casualidad que la única persona joven que veo en el pueblo también sea torti.
-Yo no soy torti -dice con fingida indignación.
-Porque no te lo has preguntado.
Entonces, Paula cambia radicalmente el tono y se pone seria.
-No me lo he preguntado porque no me lo puedo permitir, no entra dentro de mis esquemas mentales. Déjalo. No lo entiendes -me dice al ver mi cara de confusión.
No le contradigo porque sé que se siente incómoda con este tema y porque no quiero que note la pena que me da.
-¿Te llevo luego al pueblo?
-Vale.
Las dos nos quedamos en silencio y volvemos a embelesarnos con el sonido y el fluir del agua.
Cuando vuelvo a casa y miro el móvil dispuesta a leer el diario de Raúl, descubro que tengo un email de Mamen.
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Capítulo 33: Escarpes

Mis tíos del pueblo son… peculiares.

Se suponía que tenían que venirme a buscar a la parada del autobús pero aquí no hay nadie y en el teléfono no contestan.
-Los mato.
Menos mal que me he cogido la mochila en lugar de la maleta porque me toca patear un par de kilómetros hasta llegar a su casa, los que separan la carretera del pueblo.
Por el camino veo monte, naturaleza, oigo el río y los pajarillos y esas cosas que se supone que me tienen que desestresar pero que a la una de la tarde en pleno mes de junio como que no apetece.
Antes de llegar al pueblo, el camino se estrecha y el monte se me echa encima. Sé que este pueblo está asentado en una falla y que este camino desaparecerá algún día bajo el desprendimiento del monte por el temblor de la tierra. Pero también sé que los lugareños quitarán las piedras y volverán a abrir el camino porque lo han hecho otras veces en el pasado.
Eso si para entonces quedan personas viviendo aquí.
Me recorre un escalofrío mientras camino bajo la sombra del monte y me maldigo por no haber bajado por la carretera.
-Eres gilipollas, Nico, tampoco habrá tanto coche en este pueblo como para que te atropellen en la carretera.
Entro al pueblo y no se ve ni un alma. Únicamente dos abuelos rumiando bajo un árbol.
-¿Dónde vas, chica? -me preguntan con descaro.
-A casa de mis tíos.
-¿Y quiénes son?
-Soy la nieta de la Felisa, hija de Manolo.
Los hombres se quedan satisfechos con la respuesta y me dejan marcar.
-Ya darás recuerdos.
Alcanzo la casa de mis tíos y abro la puerta. Cosas de los pueblos: nunca cierran las puertas de las casas.
Dejo la mochila en la entrada y me sacudo un poco el polvo y el sudor mientras me dirijo a la cocina. El olor de la casa me transporta a mi niñez. Una niñez que apenas recuerdo salvo por cuatro o cinco detalles. Entre ellos, ese olor mezcla de cerrado, sardinas en conserva y flores frescas.
A mis tíos se les cae la cuchara al plato cuando me ven bajo el umbral de la cocina.
-¿Y tú qué haces aquí? -pregunta mi tía.
-Me quedo unos días. ¿No os avisó mi padre?
Las comunicaciones en mi casa nunca han sido muy fluidas así que tampoco le doy mayor importancia.
-Sí, nos avisó, pero nos dijo que vendrías en julio.
-Pues no -les digo mientras me echo un poco de agua en un vaso. -Es en junio. Con ene.
-¡Ves! -le dice mi tía a mi tío pegándole un manotazo en el brazo. -Te he dicho mil veces que vayas al médico de los sordos.
-Otorrino -apunto.
-¿Qué? -preguntan al unísono.
Hago un gesto con la mano para restarle importancia.
-Bueno, ¿qué? ¿No me dais de comer?
En la sobremesa, mis tíos me dan, por fin, la bienvenida.
-Así que eres bollera, ¿eh? -suelta mi tío.
Mi tía le da un manotazo y le corrige.
-Jesús, te mato. Se dice lesbiana. Y un poco de delicadeza, por favor.
Yo no puedo evitar reirme.
-Pues fíjate. Yo creo que tu primo, el que está en Barcelona, es bujarra.
-¡Jesús, que se dice homosexual, coñe!
-Eh, que por mi bien, ¿sabes? Ahora hay más libertad y esas cosas.
Mi tía Carmen le mira esperado saltar de nuevo a corregir el tono de mi tío.
-¿Por qué crees que lo es?
-Bueno, siempre ha sido un poco afeminado, no nos ha traído novia…
-¿Pero a quién va a traer a este pueblo casi muerto? -se pregunta mi tía.
Me inclino hacia ellos. Nunca he tenido vergüenza a hablarles. Quizá porque apenas les veo o porque siempre han sido unos cachondos.
-Eso no significa nada. He visto cosas que jamás imaginarías. He visto hombres que se identifican como lesbianas. Mujeres que quieren ser varones. Personas que luchan cada día porque no se les encaje en un sexo, en un género o en una sexualidad.
Los dos se miran confusos.
-Pero, entonces… ¿qué son? -preguntan al unísono.
-Ya os lo he dicho. Personas.
Después de una siesta reparadora, decido dar un paseo por la casa. Cruzo el jardín (aunque llamar jardín a ese compendio de matojos y flores silvestres es generoso) y acabo en el cobertizo. Veo las partículas de polvo en suspensión a través de la luz que entra entre los maderos que forman las paredes. Recuerdo pasar muchas horas allí. Miento. No es un recuerdo; es un sentimiento porque no me viene a la cabeza algo concreto pero sí a la piel, al pecho. Una sensación de seguridad y de cariño. Repaso con la yema de los dedos los muebles y trastos viejos que acumulan polvo.
Una cosa llama mi atención al fondo: una sábana mugrienta tapa algo de gran volumen. Tiro de ella y descubro una vieja moto. En el tanque de la gasolina pone Triumph.
-La novia de tu padre. Antes de tu madre, claro -dice a mis espaldas mi tío que no sé cuánto rato ha estado observándome.
-¿Puedo…? -pregunto señalando al pedal.
-No te molestes. No funciona. Ya lo he intentado yo.
-¿Tiene alguna avería?
-No, todo está en orden. Hasta tiene un poco de gasolina, pero nada.
Se me ilumina la cara.
-Si consigo arrancarla, me doy una vuelta -le propongo.
Mi tío se encoge de hombros seguro de que no lo lograré.
Piso el pedal con fuerza pero la moto no reacciona.
-Tres intentos, ¿vale?
Lo vuelvo a intentar, pero nada.
-No te molestes… -dice mi tío.
Haciendo oídos sordos, pego un brinco y vuelco todo mi peso sobre el pedal. La moto empieza a rugir y a mi me sale una carcajada. Le pido permiso a mi tío que asiente.
-Ten cuidado. Tu padre me mataría. Por la moto, claro.
Despacio, salgo del cobertizo. Mi tío me abre la puerta de carros y salgo a la calle.
-¡Espera!
Corre hacia el cobertizo y sale con un casco tan viejo como la moto al que le quita un poco de polvo con su camiseta. Me lo ofrece y me ayuda a ajustarme la correa.
-Lista -dice golpeándome en la cabeza.
Sobre la moto, el aire se me cuela entre mi camisa y la piel y es la mejor sensación que he vivido en mucho tiempo.
Paso al lado de los abuelos que pasan las horas a la sombra y les saludo con la cabeza. Ellos me devuelven el saludo sin estar muy seguros de a quién.
Salgo del pueblo por el camino. Levanto polvo aunque no voy muy rápido. No se lo he confesado a mi tío pero jamás he conducido una moto en campo abierto. Ni siquiera sé si con el carné de conducir que tengo me vale para conducir una de estas. Lo dudo porque es bastante potente.
Estoy sumida en los pensamientos contradictorios que me genera violentar de esta manera la ley cuando oigo lo que parece ser una voz a lo lejos.
Miro por el retrovisor. Acabo de dejar atrás el escarpado sobre el puente por el que he pasado hace unas pocas horas con la mochila a cuestas, ese que temía que se me echara encima en cualquier momento. Percibo a lo lejos, haciéndose cada vez más pequeña en el espejo, una figura humana que mueve los brazos.
Freno y apoyo un pie en el suelo para girarme. La figura parece que grita algo pero su voz no me llega a través del casco. Me lo quito. Ahora me llega. Es una voz femenina y me está insultando.
Con maniobras un poco aparatosas, pongo la moto en dirección contraria y me dirijo hacia ella. ¿Lo hubiera hecho si la voz hubiese sido de tío? Obviamente, no.
Conforme me acerco, veo a una chica alta y fuerte. Glups. Tiene un arnés en la cintura y me espera con aire chulesco a que llegue a su altura. Tiene pinta de no superar los veinte años.
-¿Ocurre algo? -le pregunto cuando me quito el casco.
-Que me has asustado con ese ruido infernal. Casi me pego una hostia -dice señalando al escarpe.
-Lo lamento mucho -le digo con fingido tono victoriano. He venido a divertirme. -Pero no veo la manera de solucionar esto: yo no voy a dejar de pasear con la moto y estoy segura de que tú vas a seguir viniendo a escalar.
Ella tuerce la cabeza a un lado y ahí la tengo de nuevo: la mirada del mono babuino de culo pelado.
-¿Quién eres? -dispara.
-Me llamo Nico. ¿Y tú?
-Paula -me dice como si mascara chicle. -Nico es nombre de tío.
-Encantada, Paula.
A pesar de las presentaciones, no deja de mirarme extraño.
-¿Y qué haces aquí?
-He venido a pasar unos días.
-No mientas. Aquí nadie viene a pasar los días. Esto es un rollo. A ti te han castigado.
Abro los ojos de par en par. Aunque no lo había visto de esa manera puede que esto sí sea un castigo.
-¿Por qué te han castigado, a ver?
Pienso un momento. Podría ponerme el casco y pirarme de ahí ya que no tengo que darle explicaciones a una desconocida, pero me da que no va a haber mucha más gente joven así que me lanzo.
-Por pillarme por una tía que probablemente sólo exista en mi cabeza.
A Paula le cambia la cara de manera radical.
-¿Una tía?
Asiento con la cabeza.
-¿Eres…
Paula espera que le ayude a completar la frase.
-…ya sabes…
Y no pienso hacerlo.
Resopla.
-…bollera? -dice finalmente.
Sonrío con naturalidad.
-Sí, soy lesbiana.
Veo que su piel palidece. Lo cual no es fácil puesto que la tiene bronceada.
-Tengo que irme -dice, recoge precipitadamente sus cosas y se marcha con paso acelerado.
-¡Eh, que no es contagioso! -le grito mientras huye.


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Capítulo 32: La conversación

Raúl y Sergio me acompañan a casa. Me apetecía volver sola para despejarme un poco o llorar a moco tendido, pero ellos han insistido. Caminan un par de pasos por detrás de mí, como si fueran mis guardaespaldas. Poco antes de llegar a mi casa, Raúl se pone a mi altura.
-Quizá esta pregunta te parece un poco rara pero como soy tu amigo y te quiero te la voy a hacer.
Raúl me pide permiso para lanzarla.
-Adelante -le concedo con preocupación.
-Nico, ¿estás segura de que la chica del metro existe?
Me quedo mirando a mi amigo atónita ante la pregunta.
-¿Perdona?
-Ya sé que suena raro, pero, en fin, yo no la he visto. Nadie la ha visto salvo tú. Y además no paras de darle vueltas y te lleva un poco de cabeza. Sólo me preocupa que no estés persiguiendo un fantasma o una quimera o que tengas algún complejo psicológico de algo…
Sergio mantiene la distancia de manera disimulada porque ve que me estoy poniendo roja y teme que le salpique la sangre cuando explote.
-¿Crees que me la he inventado? ¿Piensas que estoy pirada?
Noto que el primer impulso de Raúl es decirme que no, desdecirse de sus palabras y seguir el paseo de vuelta a casa como si nada, pero aguanta mi mirada con serenidad e insiste.
-Piénsalo fríamente -me pide. -En el mejor de los casos, existe, pero no es lesbiana porque no la hemos visto por el ambiente. Y no será porque no hayamos salido.
-La acabo de ver.
-No, has visto a una chica de espaldas que podría ser ella o cualquier otra persona.
-Raúl, no me jodas -me impaciento.
Llegamos a mi portal donde mi amigo, por fin, se disculpa.
-Perdona, Nico. No quiero que sufras, no quiero que pospongas tu vida hasta que encuentres a esa chica y que al final sea demasiado tarde para ti. Eso es todo.
Cedo unos milímetros mi cabreo para dejar espacio a un poco de confianza en mi mejor amigo.
-No eres la primera persona que me lo dice- confieso.
-Descansa, Nico. Desconecta este verano. Disfruta. Probablemente sea nuestro último verano sin preocupaciones.
No puedo ocultar mi gesto de fastidio porque él tiene el verano montado entre vacaciones y prácticas y el mío va a ser una mierda.
Raúl me abraza y me da un beso en la coronilla.
-Te quiero, pequeña.
-Yo te odio.
-Mentira.
Les veo marcharse caminando el uno junto al otro pero sin darse la mano.
Es cierto, no le odio, pero odio que me haya planteado su duda. ¿Podría ser posible que la chica del metro no exista más allá de mi imaginación? Pero me rozó con su dedo, ¿eso también me lo inventé? Imposible. No tengo tanta imaginación. ¿Por qué habría de inventármela?
Entro en casa y me meto hasta la cocina sumida en mis pensamientos. Enciendo la luz y me asusto al ver a mi padre sentado con un vaso de leche casi vacío entre las manos.
-Joder, papá, ¡qué susto!
-Perdona.
-¿Qué haces a oscuras?
Mi padre se encoge de hombros.
-No me apetecía encender la luz, así no me desvelo.
Sólo quiero comer algo antes de irme a la cama. Abro la nevera y cojo una loncha de jamón y otra de queso, los enrollo y me lo como de pie, dando la espalda a mi padre.
—Te voy a decir una obviedad —comienza a hablar. Maldigo su verborrea y me giro hacia él con la más fingida de mis sonrisas. -Siéntate -me invita.
Le hago caso y me siento a su lado.
—Tu madre y yo llevamos casados más de 20 años. Y juntos ni te cuento.
Hace una pausa.
—Esto quiere decir que soy la persona que más conoce a tu madre, soy la persona que más Angustias lleva dentro. Y eso es porque me lo cuenta todo.
Se me corta un poco la digestión con esa última frase.
—Así es, pequeña. Lo sé. Sé que estás enamorada, o lo has estado, de una chica. Sé que quieres compartir tu vida con una mujer. Ya también sé que estás sufriendo.
—Yo…
—Calla. No hables ahora lo que no me has contado hasta hoy.
Agacho la cabeza hasta casi golpear la mesa con la frente.
—Me lo tenías que haber contado —dice más calmado.
—Joder, papá, lo siento.
—Me lo tenías que haber contado por dos razones -continúa. -La primera es por deferencia. Merezco respeto. Sé que estás más unida a tu madre y te resultaría más sencillo…
Resoplo recordando el momento en que se lo conté.
—O menos complicado —se corrige a sí mismo. —El caso es que yo soy tu padre. Soy la otra mitad de la cual surgiste. Vale que probablemente esta sea la conversación más larga que hayamos tenido en la vida; vale que no coincidamos mucho en casa; vale que soy un cotilla y hubiera hecho muchas preguntas, pero soy tu padre y siempre lo seré. Siempre puedes y debes contarme cosas. Que sea la última vez que me mantienes al margen de esta manera, que me mientes y que me consideres lo suficientemente tonto como para creer que no lo sabía o que no lo entendería.
—Sí, papá.
—La segunda razón por la que me lo tenías que haber dicho es por estrategia.
Doy un respingo.
—Eso es, pequeña. Cuando se lo dijiste a tu madre se puso como una fiera. Si uno de los padres hace de poli malo, el otro hace de bueno. Es un tópico pero es cierto. Cuando un padre le grita a su hijo el otro se apiada y hace de poli bueno, de mediador, de comprensivo, y trata de razonar con su pareja.
—Pensé que tendría a dos polis malos.
—Pues no, Nico. Yo hubiera hecho de poli bueno. Es más, he hecho de poli bueno. Como supondrás, tu madre me lo contó. Lloraba casi todas las noches y mi deber era calmarla, ayudarle y ayudarte. Ayudaros a las dos. Noche tras noche, hablé con ella, le dije que nos costaría, que, efectivamente, habías destrozado nuestros cimientos pero no era para hacer daño, sino para reconstruir unos nuevos a tu manera. Que no es malo, ni vas a ir al infierno. Que la gente hablará pero quien debe importarnos eres tú y no la gente. Que estamos en el siglo XXI, coño, que ya vale de sufrir por cosas así. Que no es ni una maldición, ni una deshonra. Y que no significa que ya no vayamos a ser abuelos.
Mi padre me agarra la mano. Tengo los ojos encharcados y un nudo en la garganta que amenaza con romperse en cualquier momento.
—Nico, pequeña, te queremos. Eres nuestra hija y te deseamos la mayor felicidad del mundo.
Mi garganta se rompe como un dique y el agua sale a borbotones por mis ojos.
Se levanta y me abraza con fuerza para que mi llorera quede silenciada en su pijama. Así mi madre no se despierta. Cuando nos despegamos, me doy cuenta de que le he dejado mojada la parte de la camiseta del corazón, como si mis lágrimas se hubieran quedado atrapadas ahí para siempre.
-¿Por qué no vas al pueblo, con los tíos? -me propone. -Aquí te vas a aburrir. Ya sé que aquello tampoco es la fiesta padre, pero te vendrá bien cambiar de aires, dar paseos, el río, la naturaleza, esas cosas.
Si me lo hubiera dicho hace unas horas, la idea me hubiera horrorizado, pero me encuentro mentalmente agotada y me apetece descansar.
Necesito espacio, tiempo, desconectar, escuchar y ver cosas diferentes. Y pensar. Pensar en mi misma, en si es verdad que mi cabeza se ha vuelto del revés y me está la está jugando.
Incapaz de articular palabra, le digo que sí con la cabeza.


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Capítulo 31: Rebobine, por favor

Mi padre tiene un vídeo VHS. Le tiene un aprecio tremendo porque le costó una pasta y porque tiene mando a distancia. También tiene una gran colección de cintas VHS que no ve por miedo a estropearlas. Hace no mucho me enseñó cómo funcionaba. Metió la cinta de “La princesa prometida” y le dio al play. La calidad de la imagen era pésima pero le daba una curiosa textura que encajaba muy bien con aquella película. La vimos sin pestañear. Cuando acabó, le pedí que pusiera la escena de la lucha de esgrima porque me había encantado. La cara de mi padre fue un poema. Se puso las gafas, localizó en el mando el botón de rebobinado y la cinta comenzó a hacer un ruido bestial.
-¿Qué ocurre? -le pregunté asustada.
-Se llaman cintas por algo. Dentro de la carcasa hay una cinta con la película impresa. Ahora está recogiéndose en uno de los carretes hasta que llegue al final o hasta que yo le de al stop cuando crea que he llegado a la parte que quiero.
Me costó pillarlo porque llevaba toda la vida escuchando CDs, saltando de una canción a otra sin tener que esperar o calcular cuánto tendría que dejar correr una cinta. Con los DVD igual, claro. Tardó un rato en encontrar la escena, avanzando y retrocediendo la cinta un par de veces, pero cuando lo hizo, disfruté el doble.
Es de esto de lo que me acuerdo cuando huelo el pelo de Mamen mientras me susurra al oído que quiere volver, que no puede vivir sin mi, que me echa de menos.
Salto de un track a otro de nuestro CD personal. Nuestro primer beso. El último. Mi primera vez, mi primer desnudo, mi primera relación. Mi primera despedida. Si estuviéramos en la época del VHS, ¿merecería la pena el esfuerzo y la espera de rebobinar la cinta de nuestra relación para recordar los mejores momentos?
Parece que pasa una eternidad, pero apenas han sido unos segundos. Me despego súbitamente de Mamen.
-Tengo que irme -digo y salgo de inmediato a la calle.
Busco a la chica del metro pero no la encuentro. Corro de un lado a otro de la calle, tratando de averiguar por dónde ha podido irse. Mentalmente, rebobino hasta el día que la vi por primera vez. O mejor dicho, que se mostró a mi, que me eligió para verla, para ser suya, para que quedara atrapada en mis ojos para siempre.
-Nico -oigo que me llama Mamen que ha salido detrás de mi.
-Ahora no, Mamen.
Corro hacia el otro extremo de la calle. Nada. Ni rastro.
Empiezo a moquear. He salido sin la chaqueta y está refrescando. También me lloran los ojos.
-Traté de llamarte, pero no me contestaste -comienza a hablar en mitad de la calle.
-Vamos, ¿dónde te has metido? -me digo a mi misma corriendo de nuevo hacia la otra esquina.
Veo a un grupo de gente y me acerco a ellos. Les llamo, se giran pero ninguno de ellos es la chica del metro. Me miran raro porque se me cae una lágrima. Doy una vuelta sobre mi misma. Luego otra. Sigo moqueando pero ya no es por el frío.
-Entra en el bar, que te vas a enfriar -me pide Mamen.
-¡Te quieres callar! -le grito mientras me dirijo hacia ella con furia. -Lo has vuelto a hacer.
Mamen me mira confundida y con un poco de miedo. Da un paso hacia atrás.
-¿Hacer qué?
Me pongo a su altura y de repente me parece muy pequeña aunque siga mirándole desde abajo.
Alarga su mano para tratar de tocarme, pero la retiro.
-Joderme la existencia.
Parece que empieza a comprender por qué he salido del bar.
-¿Estás con alguien?
Le miro con condescendencia.
-¿No te lo han contado tus amigas? ¿No te han dicho que ahora soy una guarra que se tira a todo lo que se menea?
-Sí, me lo han contado, pero tú no eres así, Nico.
-¿Ah, no? Pregunta a cualquiera.
-Sé lo que has hecho. Y también sé por qué lo has hecho.
-¿Por qué?
-Porque querías olvidarme.
Le miro desafiante.
-Así es, Mamen. ¿Y sabes qué? Lo había conseguido. Pero has tenido que aparecer justo ahora, cuando estaba buscando a otra persona. Igual que hiciste la primera noche que nos vimos, ¿recuerdas?
-Sí… -dice Mamen en voz baja.
-¡Nico!
Raúl y Sergio salen del bar con mi chaqueta en la mano.
-Genial. Un happening -dice Mamen.
-¿Todo bien? -pregunta mi amigo mirándome para que le de alguna pista.
-Sí. Mamen sólo quería volver conmigo después de haberme dejado tirada cuando estaba en Londres.
-A mi también -dice Sergio tratando de relajar el ambiente sin éxito. Raúl le reprende en silencio.
-Si esto va a ser un todos contra mi, mejor me piro -dice Mamen antes de girarse y emprender el camino de vuelta al bar.
-Eso es lo que haces mejor: pirarte -le lanzo el misil directo a su diana.
Mamen se para en seco. Tiene la cabeza agachada, derrotada. Me da lástima. Se gira sobre sí misma y Raúl le dice a Sergio que deberían apartarse para dejarnos a solas.
Mamen camina y se acerca a mi.
-Lo hice como el culo. Lo sé. Fui cobarde, te mentí, pero llegaste en un mal momento. Tenía otros planes.
-Para, para -le pido. -Yo no llegué en ningún momento. Fuiste tú la que me atrapaste sabiendo de sobras que no podías o no querías permitirte una relación.
-Ya lo sé, Nico, pero yo… Yo sólo quería… -Mamen se atasca.
-¿Qué querías, Mamen?
-Mira, lo siento, siento todo aquello, siento lo de Londres. Te pido que lo olvides y que empecemos de nuevo -me dice mientras me agarra de las manos.
-Te quise mucho, Mamen. Y a día de hoy aun te tengo mucho cariño. Aprendí contigo, viví cosas increíbles, pero ya está. Se acabó. No podría empezar de nuevo contigo, ni continuar lo que tuvimos porque no me fío de ti.
Se lo digo de verdad, mirándole a los ojos. Ella me suelta las manos y frunce el ceño. No está enfadada, ni molesta. Al menos, no lo parece. Está triste porque le acabo de romper el corazón.
-Lo siento, Mamen -le digo lo más delicadamente posible. -Ahora eres tú la que llegas en mal momento.
Agacha la cabeza porque no quiere que la vea llorar.
-Está bien -dice mientras se sorbe las lágrimas.
-Nico, ¿nos vamos? -me pregunta Raúl al otro lado de la calle.
Me pongo la chaqueta y dejo a Mamen llorando.
-Lo siento, de verdad, pero no me apetece rebobinar porque tardaría mucho en encontrar el punto exacto donde querría continuar lo nuestro.
Soy consciente de que Mamen no comprende mi metáfora, pero estoy segura de que esta no es la última vez que hablaremos. Madrid es un pañuelo.

Rebobino la cinta por completo y la coloco en el estante de las relaciones pasadas, cogiendo polvo, a la espera de que algún día la saque y la vea de nuevo, con tranquilidad, serenidad y un nuevo bagaje a mis espaldas.

-¿Por qué has salido del bar? ¿Pensabas irte sin decirnos nada? -me pregunta Raúl cuando emprendemos el camino de vuelta a casa.
-No, es que me pareció ver a la chica del metro.
Raúl resopla con impaciencia.
-Nico, hazte un favor y deja de perseguir fantasmas.
Gruño para mis adentros porque mi excusa para dejar a Mamen con el corazón roto se me ha vuelto en contra: Madrid es un pañuelo… salvo cuando buscas desesperadamente a alguien.

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Capítulo 30: ¿Y si fuera ella?

Raúl lanza varios papeles al aire y nos caen encima lentamente. Son los apuntes de nuestro último examen.

-¡Dios, pensé que no llegaría nunca este día! -grita al aire.
Yo no estoy tan liberada. Sí, hemos acabado los exámenes, pero a mi me espera un verano muy aburrido. Sólo unas tristes prácticas en una emisora de radio de onda corta en pleno agosto.
-Vente con nosotros a la playa!
-No tengo pasta. Y ganas tampoco.
-Vale, abuela. Estás de un coñazo últimamente… Molabas más cuando eras una folladora.
Le miraría con odio pero no tengo ganas de discutir. Encojo los hombros y camino hacia el metro arrastrando los pies.
-Oye, esta noche nos vamos de fiesta, ¿no? -me dice ilusionado. -Para celebrarlo.
Resoplo.
-Va, tía, desconecta un poco. Te has dejado los cuernos este mes estudiando, has sido como una monja de clausura y apenas te has relacionado con la gente. Te toca disfrutar.
-¿Disfrutar el qué? ¿Otra noche donde la única diversión es beber alcohol en un bar con la música a tope y con el único objetivo de acabar en la cama de alguien?
-Sí. Eso es lo que viene siendo un viernes noche.
-Pues no me apetece. Me he cansado de ese rollo. Además, mi madre se pone mosca cada vez que salgo por ahí.
-Se ponía mosca. Y con razón, porque los findes no te veían el pelo. Va, ya hablo yo con tu madre -me dice golpeándome suavemente en el brazo.
Sé que si meto a Raúl en mi casa se camelará a mi madre y le convencerá de cualquier cosa, pero sigo sin tener ganas de discutir.
-Lo que quieras.
Todo es un calco de la primera noche que salí a un bar de lesbianas. Viene Raúl a mi casa y mi madre le tiende una alfombra roja.
-Y dime, ¿vas a ir de vacaciones a algún lado? -le pregunta mi madre cuando estamos los cuatro en el salón.
-Sí, voy a ir con mi novio a la playa. Todavía no sabemos dónde, pero…
-Ah, pero, ¿es que eres maricón? -suelta mi padre.
El ambiente relajado se corta en seco y la tensión invade la estancia. Raúl me mira esperando que le eche un capote, pero no sé qué decir. Mi madre mueve nerviosamente las manos y se muerde el labio de abajo. Cuando el silencio se hace insoportable, mi padre empieza a reírse.
-Que ya lo sabía, joder. Me estaba quedando con vosotros -dice entre lágrimas.
-¡Manolo, me vas a matar de un disgusto!
Raúl insiste en hacerme una trenza, como la primera vez.
-Nada de trenzas esta noche, gracias.
Vamos a los garitos de siempre, donde vemos a la misma gente de siempre y escuchamos la misma música de siempre. Raúl y Sergio bailan desenfrenados. Están disfrutando y yo no soy más que una muermo que les está arruinando la noche.
-Raúl, voy al baño -le digo por encima de la música.
Él levanta el pulgar y yo me abro paso entre la gente hacia el baño.
Por el camino, veo a Carolina que se está camelando a una novata. Saluda con la cabeza pero no sonríe. Las dos sabemos que esa no es la chica de su vida.
Algunas de las chicas de la fila para el baño me gruñen.
-Sólo vengo a mear. Lo juro -tengo que justificarme.
Hago malabarismos sobre la taza para no tocarla con el culo pero que el pis caiga dentro, al tiempo que trato de que no se me caiga el bolso y de que mis pantalones no toquen el suelo asqueroso del local.
-Hey -oigo que alguien me llama. Unos golpes en la pared me advierten de que es la chica del habitáculo de al lado.
-Dime.
-¿Tienes papel?
La chica parece apurada y le paso un paquete de klínex por el hueco de debajo.
-Gracias. Sólo necesitaré uno.
Cuando va a devolverme el paquete, nuestros dedos se tocan y nos damos un chispazo fruto de la electricidad estática.
-¡Magia! -dice entre risas.
Yo también me río. Será triste pero es lo más divertido que me ha pasado en toda la noche. Entonces caigo en la frase de Carolina: una chica que te reviente el corazón, te quite el aire de los pulmones y te de un chispazo cada vez que te toque. Yo tenía a esa chica que me reventaba el corazón y me quitaba el aire de los pulmones cada vez que la veía por las mañanas en el metro. Y recuerdo el chispazo. No fue un chispazo físico, pero cuando su meñique rozó mi pierna aquella mañana demasiado lejana estuve a punto de morir electrocutada.
Oigo que la chica sale del baño y siento que tengo que salir a por ella. ¿Y si fuera ella? Me digo como si fuera una Alejandro Sanz del ambiente. O Malú.
Salgo rauda del baño y la veo. Veo su espalda, su melena morena y lisa y su cuerpo fibroso que cruza el local haciéndose paso entre la gente de manera educada pero eficaz. Voy tras ella, doy codazos para avanzar, pero se aleja, la pierdo. Trato de ir un poco más rápido empujando a los que se interponen entre ella y yo. A veces, salgo rebotada porque alguien se enfada y me empuja de malas maneras.
Veo que la chica del metro (¿es ella?) se dirige hacia la puerta para salir a la calle.
Tras un último empujón, paso la parte más concurrida del local y casi caigo al suelo por el ímpetu.
-¡Nico!
Alguien me llama, conozco su voz, pero mi cabeza no puede procesarla todavía.
-Nico, eres tú. Tenía muchas ganas de volver a verte.
Me giro hacia la voz y la veo, tan guapa, segura de sí misma e inoportuna como siempre.
-Mamen… -acierto a decir.
Mamen me abraza como si no hubiera pasado una relación, ni una ruptura, ni un puñado de pasiones y miedos soterrados bajo la arena del tiempo. Nos quedamos abrazadas un buen rato. Ella respira en mi cuello y yo sigo atónita.
-He vuelto para quedarme, ¿sabes? -me susurra al oído. -Quiero volver, Nico. Quiero volver contigo. Te he echado tanto de menos

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Capítulo 29: Quizá

Mi madre se interpone entre la puerta y yo mientras me mira de arriba abajo.
-¿Pero otra vez vas a salir, hija?
-Ay, mamá, no empieces -le respondo cansada.
Intento esquivarla y ella tampoco me lo pone muy difícil. Cuando abro la puerta dice su última palabra.
-Que sepas que no me gusta nada lo que haces. Una cosa es que seas… -se le queda atrapada en el paladar la palabra L, -y otra que pienses que puedes hacer lo que te da la gana. Mientras sigas viviendo en esta casa…
Entorno los ojos al oír esa frase. Su casa, sus reglas. Nos sabemos el discurso de memoria.
-Vamos, mamá, pero si estoy trayendo buenas notas.
Mi madre refunfuña. Sabe que tengo razón, pero yo también sé que no puedo utilizar ese argumento para mi defensa. No es mi papel como estudiante lo que está en cuestión.
-Es la última, lo prometo.
Abro la puerta y me marcho.

Corte a exterior. Puerta de la discoteca. Noche.
Veo a las chicas hacer fila para entrar, como si fueran ganado para la marca. Mi piel ya nota que el calor del verano quiere rozarla pero la brisa fresca de las noches de primavera se resiste a marchar.
El puerta me mira, me saluda con la cabeza y me pide que vaya con un movimiento de la mano.
-Está en la barra -me dice.
Ya en el interior del bar, retraso al máximo el momento de ir hacia Carolina. Paseo entre la gente, palpo espaldas y cinturas con la excusa de las apreturas, reparto sonrisas y me fijo en algunas chicas que podrían estar bien.
Por fin, acudo a la barra donde Carolina me está esperando.
-¿Cómo lo vamos a hacer? -le pregunto.
Carolina está apoyada de espaldas a la barra, como si fuera un tipo duro en un saloon del Oeste.
-Lo más sencillo y objetivo es ver quién consigue más números de teléfono. Siempre dentro de este bar. Esta será la jueza -dice señalando con la cabeza a la camarera. La camarera me sonríe y me saluda como si me conociera. Ante mi gesto de desconcierto me dice:
-Soy Bea, compañera de piso de Sergio, el novio de tu amigo Raúl.
-Y ex compañera de Mamen -añade Carolina lanzándome una puyita.
Se me acaba de caer el estómago a los pies. Tengo ganas de preguntarle si sabe algo de ella, pero me siento estúpida porque fui yo la que le ignoré durante los primeros días de ruptura y ahora no me atrevo a escribirle.
-Oh, perdona, ¿te ha entrado el bajón? -dice Carolina sarcásticamente.
Me sube de nuevo el estómago y se me pone en el pecho, empujando el corazón a la garganta y sacando la rabia que llevo dentro.
-Para nada, zorra. Te voy a meter una paliza.
Carolina sonríe con media cara y Bea nos da el pistoletazo de salida.

Sé a qué tipo de chicas gusto. Es algo que he aprendido estos días. No es algo que sepa por su forma de vestir o de peinarse. Es más bien por su actitud. Así que me acerco a aquellas chicas que parecen divertirse con sus amigas, pero que se mueven y miran con timidez, pidiendo a gritos que alguien les entre de manera tranquila y sin avasallar.
Pronto me doy cuenta de que no va a ser tan sencillo. Cada vez que me acerco a una chica o me ignora o dice que no le intereso. Voy como una pelota de pinball de un grupo a otro y el resultado es el mismo: salgo rebotada con más fuerza que con la que llegué. Desesperada trato de localizar a Carolina que parece ocurrirle lo mismo que a mi.
-¿Es que no te das cuenta? -le pregunto.
-¿De qué?
-Saben nuestro juego y tienen la dignidad suficiente como para no entrar en él.
Estamos en el centro de la pista de baile y todas nos miran. Nos sentimos humilladas porque nos señalan y se ríen. El cazador cazado. La vaca que iba a ser marcada, nos ha marcado a nosotras. Heridas en el orgullo nos ponemos a discutir.
-¡Has reventado el mercado, eso es lo que ha pasado! Has entrado como un elefante en una cacharrería y se han mosqueado todas -me culpa Carolina.
-Llevas años tratándolas como pedazos de carne y ahora que te ha salido una competidora, ya no sabes cómo hacerlo.
Se nos escucha por encima de la música. Somos un espectáculo más atractivo para el público que las gogós que bailan sobre la tarima y las drag kings que animan el ambiente.
-¿Competidora? Tú no me llegas ni a la suela de los zapatos.
-Pregúntale a cualquiera de estas chicas si te llego o no. Les follo mejor que tú.
-¿Sabes a quién se lo voy a preguntar? A Mamen. A ver qué opina -grita Carolina.
Oigo el chup-chup de mi sangre hirviendo. Me duele la mandíbula de apretar los dientes y me clavo las uñas en la palma de mi mano de lo fuerte que estoy cerrando el puño. Sin pensarlo dos veces, le lanzo un puñetazo a la cara. Carolina no llega a caer al suelo porque un grupo de chicas ha frenado su caída. Le ha tenido que doler porque yo apenas puedo abrir la mano. Con el pómulo enrojecido, se abalanza sobre mí y me arrastra un par de metros hasta que mi espalda da contra la barra. Le cojo un mechón de pelo pero apenas me alcanzan los dedos porque lo tiene muy corto.
Oigo que Carolina me dice algo pero no le entiendo. Los oídos me palpitan y la gente no para de gritar.
El puerta entra y nos agarra por los brazos. Nos arrastra hacia la salida y nos deja tiradas en el suelo de la calle. Algunas personas salen par ver la pelea.
-Me has jodido la vida -le digo mientras tiro de ella y le araño la espalda y el brazo.
-Yo no tengo la culpa de lo de Mamen -responde Carolina mientras me golpea en los riñones.
Grito de dolor y me encorvo hacia atrás. Me llevo una mano a la espalda y con la otra golpeo el pecho de Carolina. Ella me ataca con todo el cuerpo y golpea de nuevo mi espalda. Acabamos abrazadas, forcejeando por zafarnos la una de la otra y jadeando. Nuestras caras quedan frente a frente. Veo que Carolina tiene los ojos más claros de lo que pensaba. Nos quedamos así unos segundos mientras recuperamos la respiración que se acompasa poco a poco. Tengo tan cerca a Carolina que noto los latidos de su corazón. Las dos pensamos al unísono: si no nos vamos a pelear, al menos, no nos vamos a ir a casa con las manos vacías. Casi con la misma virulencia con la que nos pegábamos, comenzamos a besarnos. Nos mordemos los labios, nos chupamos la cara y el cuello mientras nuestros cuerpos continúan ardiendo.
La gente que había salido para ver nuestra pelea nos silva y jalea pero no tarda en dispersarse.

Corte a interior. Habitación de Carolina. Noche.
A trompicones entramos en su habitación. Carolina me empotra contra la pared y comienza a meterme mano por debajo de la ropa. En seguida me desabrocha el sujetador y agarra mi pecho. Con la otra mano, me va bajando la cremallera del pantalón. Me la quito de encima, le agarro de los hombros y giro sobre sí misma. Ahora su espalda está apoyada contra la pared y soy yo la que ejerce el control. Carolina no usa sujetador así que le muerdo los pezones por encima de la camiseta. Le gusta, pero me empuja hacia la cama. Yo estoy sentada en el borde, y ella se pone a horcajadas sobre mi. Le cojo de la cintura y le tumbo en la cama. Ahora soy yo la que está a horcajadas sobre ella. Intenta incorporarse, le agarro las muñecas y le obligo a tumbarse. Le beso con fuerza y ella me abraza con sus brazos largos y fibrosos. En un movimiento rápido, me da la vuelta y me tumba en la cama. Pone su mano en mi pecho y empuja con fuerza hacia abajo. Intento moverme, pero me tiene atrapada.
-Si las dos queremos ser la activa, esto es un sindiós -dice Carolina.
Las dos nos reímos y ella se tumba por fin a mi lado.
-Mejor así. No quiero ser otra más de tu lista -bromeo.
Nos quedamos un rato tumbadas en silencio hasta que rompo el hielo.
-¿Vives sola? -le pregunto.
-No, con mis padres, pero están fuera este finde.
-Ya podrían irse los míos también.
Carolina se reincorpora y se sienta a los pies de la cama. Yo hago lo mismo y me siento frente a ella.
-Nico, yo no…
-Ya, tú no tienes la culpa de lo de Mamen -le interrumpo. -Lo sé perfectamente. Pero era más fácil odiarte a ti que a ella. Es difícil odiar a alguien que no tienes cerca.
Ella se inclina un poco y me pone una mano en el pie.
-Lo superarás, ya verás.
Pienso en la virgen de las Nieves y sonrío. Miro a Carolina con curiosidad.
-¿Qué hubo entre Mamen y tú?
Carolina se encoge de hombros.
-Nada especial. Nos enrollamos y ella quería cambiarme. Quería que fuera una chica formal, sólo para ella y eso. Fue hace un tiempo. Antes de que empezara siquiera a trabajar en esa empresa. Lo dejó conmigo, se centró en el curro y el resto ya te lo sabes.
-Sí, ya me lo sé -digo con tristeza.
-No te pierdes nada del otro mundo. De verdad. Tu chica está por llegar.
-¿Qué chica? -pregunto incrédula.
-Esa chica que te reviente el corazón, que te quite el aire de los pulmones y de un chispazo cada ver que te toque.
Abro los ojos sorprendida por las palabras de Carolina.
-¿Qué? Yo también la busco. Por eso zorreo tanto.
Niego con la cabeza y le miro a los ojos.
-Ahora sé lo que significa ser tú. Conozco ese vacío en el pecho, esas ganas locas de dormir más de dos noches seguidas con alguien a quien quieres.
De nuevo, Carolina se encoge de hombros.
-Relleno el vacío con más sexo y sigo adelante -responde sin confianza.
-Zorreando no vas a encontrar a la chica de tu vida.
-¿Y dónde la voy a encontrar, eh, Nico?
Medito unos segundos la respuesta, aprieto los labios y respondo.
-En el metro, por ejemplo.
Me mira como a un bicho raro, quizá un babuino de culo pelado, y le cuento mi historia con la chica del metro de la que me enamoré perdidamente sin haber cruzado una palabra con ella.
-Es bonito y triste a la vez -dice. -Quizá deberías seguir adelante y olvidarla.
-Quizá sea lo mejor.