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Misteriosas autoras de novela lésbica de las que quiero más

La frustración ante el poco público de novela lésbica puede llevar a algunas autoras a rendirse antes de tiempo

Es difícil escribir un libro. Es MUY difícil, de hecho.

Escribir en verano es duro. Photo credit: Internet Archive Book Images. No known copyright restrictions

Es un ejercicio solitario, que requiere mucha concentración, introspección y, sobre todo, paciencia. Un esfuerzo que muchas veces no se ve compensado con reconocimiento o dinero. Más si se trata de novela lésbica, donde el público de habla hispana es más reducido.
Esto puede hacer que una autora se frustre al ver que su primera novela, esa a la que le has dedicado tantas horas, esfuerzo y cariño, no alcanza la cantidad de lectoras que hubiera deseado y decidan no volver a escribir más. 

No sé si se trata del caso de estas dos escritoras que os traigo. Si es así, que estas líneas sirvan para animarlas a seguir. Esto es un partido que tiene muchos tiempos.

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#WCW: Cecilia Freire

Este miércoles, el “Women Crush Wednesday” (#WCW) lo protagoniza una actriz patria.

Corría el año 2008 y una serie en Antena 3 revolucionaba a la adolescencia de este nuestro país. Era FoQ (Física o Química para los millenials). Ambientada en un instituto, en ella se hablaba sin tapujos de sexo, drogas y diversidad sexual entre otros temas controvertidos, que se sumaban a la querencia al desnudo de sus protagonistas (profesores y alumnos). Ellas bebían los vientos por Cabano (Maxi Iglesias) y ellos por Ruth (Úrsula Corberó). Yo, que ya no era una adolescente me fijaba en las profesoras. Bueno, en unA profesorA.

Cecilia Freire en el photocall de los Goya 2016
Cecilia Freire en el photocall de los Goya 2016

Recordemos, quedaban cuatro años para que yo saliera del armario (conmigo misma) y Cecilia Freire (Blanca en FoQ) fue uno de los pilares sobre los que se sostuvo mi descubrimiento. Esto lo sé ahora, entonces seguía sin comprender por qué me fijaba en ella y no en Michel Gurfi, Marc Clotet o Michel Brown. Tampoco me lo preguntaba mucho, la verdad. Quizá porque si lo hacía temía dar con la respuesta, y no estaba preparada.

Sentí celos por cada hombre en el que Blanca se fijaba. Yo me sentaba delante de la tele sin comprender cómo la dulce Blanca (Cecilia Freire) se volvía tonta cuando se le acercaba Miguel (el ya mencionado y guapérrimo Michel Brown). Yo sí sabría tratar con cariño y respeto a Blanca. ¡Un momento! ¿He dicho yo eso? ¿Qué me está pasando…?

Al final la serie me acabó aburriendo y dejé de verla, pero seguí la estela de Cecilia hasta La Otra Mirada, una serie que ya me pilla a mí fuera del armario y a Cecilia Freire en su mejor forma actoral. Qué capitulazo el tercero.

En la serie de TVE ambientada en los años 20 una de mis actrices favoritas interpretando a una mujer con mi orientación sexual. Es un combo mágico que quería celebrar de la segunda mejor manera que sé: escribiendo.

No os perdáis La Otra Mirada y, por favor, no perdáis la pista a Cecilia Freire.

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Fanfic #Barcedes: Último capítulo

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdona nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

¿Quieres empezar desde el principio?

El sol caía en Santiago y la salita del modesto hogar de Sofía Quiroga se iba ensombreciendo. La mujer se levantó y encendió una lamparita de pie que bañó la estancia de una luz amarillenta.

–Comprendo vuestro estado de confusión –dijo cuando volvió a sentarse–. A mí me costó años comprender lo que ocurrió.

–¿Y qué ocurrió realmente? –preguntó Bárbara dando un brinco en la silla.

Doña Sofía alzó las cejas y resopló ligeramente. Sus ojos se entornaron tratando de buscar la respuesta en su maltrecha memoria.

–Es difícil de explicar. Quizá no haya una única explicación –Hablaba con lentitud y las palabras salían pastosas de su boca–. Lo que ocurrió fue que el suelo se abrió y os lanzastéis al vacío. Antes de que desaparecierais, hubo como un chispazo.

–Un chispazo? –preguntó Mechita.

–Sí, como una especie de resplandor muy intenso y muy breve –explicó doña Sofía. Mercedes tomó la mano de Bárbara por encima de la mesa al recordar el momento de su caída–. Todo el mundo nos dirigimos hacia el padre Reynaldo. Quizá él, en su calidad de hombre de Dios, habría presenciado, o habría oído alguna vez de algo así.

La pareja la escuchaba en silencio.

–Al final concluyeron que habíais ido al infierno por desviadas. Perdón –se disculpó por usar aquella palabra.

–¿Al infierno? –repitió Bárbara.

El término inundó la sala como una gran bola pesada que no dejaba respirar a Mechita.

–Sí –afirmó doña Sofía–. Mi hermana la Elsa se negó a creer aquello. Fue la ruptura definitiva con Villa Ruiseñor y con su familia.

Mercedes no pudo contener sus lágrimas. Tras toda una vida de fe católica, fue recordada en su pueblo como una pecadora que ardía en el infierno por toda la eternidad. Y lo peor de todo es que ya no volvería a ver a su amiga la María Elsa, la única que creyó en ellas, que las apoyó. Se llevó las manos a la cara y salió de la salita.

Desconocía la casa y daba tumbos por el largo pasillo. Bárbara, que había salido a su encuentro, la abrazó por detrás.

–Mercedes, hermosa mía –dijo.

No se le ocurría que decirle a su mujer para consolarla. Ella también había pasado a la historia de Villa Ruiseñor y de la comarca del Maule como una pecadora, pero poco le importaba ya porque estaba junto al amor de su vida. Le inundó la cara de besos y los labios se empaparon de sus lágrimas saladas. Mercedes se le escurrió en los brazos y se sentó en el suelo. Ella se sentó también.

–¿Qué vamos a hacer, Bárbara?

Se quedaron abrazadas, sollozando en silencio.

–Escucha, Mercedes –Bárbara le tomó la barbilla y la obligó a mirarla–. Ve a descansar. Ha sido un día muy intenso, muy extraño. Necesitamos reposarlo todo. Mañana será otro día.

Mercedes la miró a los ojos. No sabía cómo lo hacía, pero Bárbara siempre conseguía devolverle la calma. Al fin y al cabo, tenía razón: Mientras estuvieran juntas, todo iría bien.

–Está bien –concedió.

El sol se había puesto por completo y una luna menguante, al borde de la desaparición, presidía la noche.

Mercedes despertó poco a poco. Su sueño había sido profundo, tanto que le dio la sensación de que su cuerpo se había hundido en el colchón. Abrió los ojos lentamente, dejando que se acostumbraran a la luz del sol.

Se mantuvo inmóvil. No sabía qué esperar, qué desear. Que todo lo acontecido hubiera sido realidad o sólo un mal sueño. ¿O un buen sueño?

Frente a ella, una imagen borrosa aún. Las formas se definieron poco a poco y pudo ver un armario destartalado cuyas puertas ya no encajaban, y una tulipa rajada en la mesilla de noche. Aquella no era su habitación de la casona de los Möller.

Una ventana abierta le devolvía la banda sonora de una ciudad agitada, casi tormentosa. No, definitivamente, aquel no era un despertar en su querida casa familiar.

Se giró lentamente y vio a Bárbara apoyada en la pared, mirando de perfil por la ventana.

–Bárbara –dijo con alivio.

Bárbara le sonrió y le tendió una mano.

–Ven, mira esto.

Mercedes se levantó y fue junto a ella. Se asomó a la ventana y vio el Chile del futuro, de su futuro que era ahora presente. Había ajetreo, tráfico y grandes edificios. Una gran torre, que a Mercedes le pareció de ciencia ficción, destacaba en el horizonte. Al fondo, las últimas nieves de los Andes se resistían a marcharse.

–Entonces… No lo he soñado –dijo.

Bárbara le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso en la frente.

–No, mi amor. No lo has soñado. Estamos aquí –Bárbara notó que Mercedes temblaba como una hoja seca mecida por el viento–. Pero no te preocupes, estamos juntas. Sofía nos ayudará con nuestra documentación, y entonces podremos buscar trabajo y empezar una nueva vida juntas.

–¿Sofía? –saltó Mercedes–. ¿La misma Sofía Quiroga que nos delató y nos mandó al infierno?

Bárbara le acarició la mejilla y sonrió con amargura.

–Lo sé, pero he hablado con ella esta mañana y parece arrepentida de verdad. Ha dicho que hacernos este favor aliviará su sentimiento de culpa y podrá irse en paz cuando llegue su hora.

–¡Sofía Quiroga, melodramática hasta el final de sus días! –exclamó Mercedes, lo que arrancó una carcajada a Bárbara.

–Tengo una noticia más que darte. Bueno, dos –le dijo.

–Ay, Barbarita, no sé si estoy preparada para más noticias.

La morena sonrió y recogió un palito que había dejado sobre un mueble. Se lo enseñó a Mercedes, pero esta no comprendió nada.

–¿Ves esta puntita de aquí? –comenzó a explicar Bárbara–. Pues con una gotita de pipí es capaz de decirte si estás embarazada o no.

La Möller la miró sorprendida. Tenía una ceja levantada y sus labios formaban una o casi perfecta.

–Si sale una rayita significa que sí estás en estado de buena esperanza.

Mercedes miró el palito y vio la raya que le mostraba Bárbara. Cuando por fin comprendió el ritmo de su respiración aumentó.

–Dios mío –dijo–. Esto significa que… –Miró a Bárbara esperando su confirmación.

Bárbara asintió con la sonrisa serena de quien se sabe dueño de su destino.

–Sí, Mercedes. Vamos a ser mamás –dijo consciente de que aquellas palabras romperían los esquemas de su polola.

–Lo querré como a un hijo, Barbarita. Te lo juro –respondió entusiasmada Mercedes.

Las mujeres unieron sus manos con el predictor de embarazo bien amarrado. El volumen del exterior parecía haber bajado y Bárbara pudo darle la segunda noticia sin el molesto ruido del tráfico de fondo.

–Y tanto que lo vas a hacer, Mercedes, porque también será tuyo.

–¿Mío? Pero…, ¿cómo?

Las cejas de Mercedes se juntaron sobre el puente de la nariz y una profunda línea acentuaba su confusión.

–Parece que la lucha de años atrás ha logrado sus frutos y en el Chile de 2018 dos mujeres que se aman pueden casarse por fin.

La línea sobre el puente de la nariz de Mechita desapareció para dar paso a unas arrugas en la frente, empujada por unas cejas que casi se le salían de la cara.

–¡No me lo puedo creer! –Mercedes no salía de su asombro. Ni en el mejor de sus sueños, aquellos en los que paseaba con Bárbara de la mano por Villa Ruiseñor, ajenas a las miradas de propios y extraños, podía haberse imaginado algo así.

Sin soltarle de la mano, Bárbara hincó una rodilla en el suelo y, desde abajo, miró a su mujer con toda la dulzura de su mirada.

–Mercedes Möller, ¿me harías el gran honor de ser mi esposa y formar una familia conmigo?

Mercedes se tapó la cara.

–Qué vergüenza, Barbarita. Ponte en pie, por favor –le rogó.

–No me moveré hasta que me des una respuesta.

Bárbara irradiaba belleza, serenidad y seguridad. Mercedes, por su parte, apenas podía aguantar la emoción. Jamás pensó que nadie le fuera a proponer matrimonio y formar una familia. Eso era para muchachas como la María Elsa o la Augusta. Y sin embargo, ahí estaba, la proposición que llevaba esperando desde que conociera a Bárbara Román.

Se arrodilló frente a ella para estar a su altura, con la mirada acuosa y borrosa. Parpadeó y dos lágrimas se deslizaron por ambas mejillas.

–Claro que sí, mi amor. Claro que sí –dijo, y besó los labios de Bárbara. Su ahora prometida también lloraba de la emoción.

–Qué tonta soy, no tengo ni un anillo que ofrecerte –se disculpó Bárbara mientras se limpiaba las mejillas con el dorso de su mano.

–No importa –respondió Mercedes–. Te quiero, Bárbara.

–Te quiero, te quiero –repitió la morena entre beso y beso, incapaz de separar sus labios de los de Mercedes.

El sol despuntaba alargando las sombras de la pareja por la habitación. Un espejo de pie les devolvía el reflejo de una nueva vida: una vida libre; una vida juntas.

FIN

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Fanfic #Barcedes: Capítulo noveno

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdona nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

¿Quieres empezar desde el principio?

Mercedes y Bárbara se miraban con temor cada vez que la señora salía de la salita para traer algo de comer o de beber. La mujer era olvidadiza y cuando traía las pastas no traía el café o se olvidaba del azúcar.

–Bárbara, no creo que haya sido una buena idea venir a casa de esta señora –susurró Mercedes cuando la mujer se andaba por la cocina.

–Bueno, pero no tenemos un lugar mejor donde estar –respondió la morena.

La anciana volvió con el tarro del azúcar y lo dejó sobre la mesa.

–Le agradecemos enormemente su hospitalidad –dijo Bárbara.

–Os he visto algo perdidas y sólo quería ayudaros. Las mujeres deben ayudarse, ¿verdad?

La pareja asintió.

–No somos de por aquí –dijo Mercedes cuando se endulzaba su café.

–Ya lo sé –dijo la señora, y sin demorar más su revelación por temor a arrepentirse, les soltó–: Ustedes son la directora Mercedes Möller y la profesora Bárbara Román, y vienen de muy lejos.

La cucharilla de Mercedes cayó sobre la mesa y a Bárbara se le atragantó el café.

–¿Cómo sabe…? –Mercedes trató de seguir hablando, pero su estupefacción se lo impedía.

La mujer guardó unos segundos de silencio antes de responder. Un par de pájaros piaban en el balcón de la casa, y aquel dulce sonido se mezclaba con el del tráfico que subía de la calle. Hacía calor afuera, pero la fachada estaba en sombra y entraba algo de fresco a la salita.

–Lo sé porque yo fui quien las delató durante la representación de “La casa de Bernarda Alba”, antes de que hubiera un terremoto y se os tragara la tierra.

Bárbara hizo un esfuerzo por alisar el rostro de la mujer, de recuperar el brillo adolescente de sus ojos, y de teñir de juventud su cabellera.

–Sofía Quiroga –dijo por fin.

–Así es –corroboró la señora pidiendo disculpas con una sonrisa.

Durante un buen rato, nadie habló. Mercedes y Bárbara se miraban confusas mientras Sofía esperaba paciente a que sus antiguas profesoras asimilaran la situación. Mercedes tenía el ceño fruncido y las mejillas sonrosadas, tal era su esfuerzo por encajar aquello en sus esquemas mentales. Bárbara, por su parte, buscó las respuestas dentro de aquella salita. La tela del sofá desgastada, el mantel de la mesa descosido, las paredes amarillentas. Aquella casa distaba mucho de tener la solera de la mansión de los Quiroga en Villa Ruiseñor.

–La vida no me ha tratado muy bien –se disculpó doña Sofía–. No saben cuánto me he acordado de ustedes.

–¿De nosotras? –preguntó Mercedes, que se reenganchó a la realidad.

–Sí –la mujer se levantó de la mesa con lentitud. Sus huesos eran débiles y ya había sufrido dos operaciones de cadera. Si no iba en silla de ruedas ya era por su empeño por salir a pasear todos los días para fortalecer un poco sus músculos. Se dirigió a una cómoda desvencijada y sacó un marco de fotos del cajón. Con la misma lentitud, lo llevó a la mesa y se lo enseñó a la pareja–. Este era mi marido.

–Muy apuesto –dijo Bárbara después de que ella y Mercedes dieran cuenta de la imagen.

–Sí, lo era –dijo doña Sofía. No había ni una pizca de nostalgia en su voz–. Lo dejé todo por él: los estudios, el pueblo, a mi familia. Yo sólo era una niña consentida y estaba enamoradísima. Tanto que me impidió ver lo peligroso que era.

–Oh, dios mío –exclamó Mercedes.

–Le gustaba beber, ir con mujeres de mala vida y sacar el máximo dinero del negocio de mi familia. Cuando mi padre se hartó, urdió mil planes para acabar con él y nuestra vida se convirtió en un infierno. Sospechosos accidentes, mujeres embarazadas que le exigían una paga para sus hijos, deudas… Me pegaba asiduamente porque, según él, yo había sido el origen de todos sus males.

El gesto de la pareja se fue amargando conforme el relato avanzaba.

–Él acabó muerto y yo herida, física y mentalmente, aislada y arruinada. Si no fuera por la María Elsa, que me puso esta casita y me pasaba de tanto en cuanto algo de dinero, no hubiera sobrevivido. Porque eso es lo que he hecho toda mi vida. Sobrevivir.

Doña Sofía comenzó a sollozar.

–Me acordé tanto de vosotras, de cómo luchasteis por vuestra felicidad y vuestra libertad… Os convertisteis en un faro para mí, y aquella chispa del terremoto era su llama. No pude soportar la culpa. Los Möller me miraban con odio cada vez que nos cruzábamos, como si yo misma os hubiera empujado a la grieta. Para soportar la culpa, me convencí a mí misma de que no habíais muerto ni estabais en el infierno, sino que aquella chispa os había dado la libertad para ser felices juntas. Lo soñaba constantemente –Doña Sofía se secó las lágrimas con un pañuelo que volvió a guardar en la manda de su camisa floreada–. Y ahora resulta que es verdad.

Próximo capítulo: Sábado, 14 de abril. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo octavo

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdona nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

¿Quieres empezar desde el principio?

Las últimas notas de “No me platiques más” resonaban todavía en el aire cuando Mercedes abrió los ojos. Vio su mano anudada a la de Bárbara, mientras la otra tocaba una tierra que, aunque extraña, le resultaba, en cierto modo, familiar. Bárbara estaba tumbada sobre el suelo, con los ojos cerrados y una sonrisa plácida.

–Barbarita, mi amor –la llamó Mercedes con su boca muy pegada a la de su polola.

Una paloma las observaba de lejos, con parpadeo nervioso y espasmos en el cuello.

Bárbara abrió los ojos lentamente. Una lágrima se le escurrió por la esquina del ojo. Al ver la cara de Mercedes, su sonrisa se hizo más amplia.

–Mi hermosa Mercedes –susurró antes de darle un beso en los labios. Después, se incorporó y oteó su alrededor–. ¿Dónde estamos?

La Möller miró con más atención. Se fijó en la paloma, que seguía mirándolas estupefacta, en los árboles, que eran altos y daban una sombra fresca, en el sol, que estaba en lo alto del cielo.

–Parece un parque –contestó Mercedes.

Bárbara se incorporó lentamente y vio lo mismo que su novia: la paloma patidifusa, los árboles, el sol en lo alto.

–¿Y cómo hemos llegado aquí?

–No lo sé –Mercedes sopesó su respuesta mientras se ponía en pie y se quitaba el polvo de la falda–. ¿Será que estamos en las antípodas de Chile?

La expresión confusa de Bárbara la obligó a explayarse.

–Al caer por la grieta del terremoto, caímos en la otra parte del mundo.

–Pero eso es imposible, Mercedes.

Mercedes ofreció su mano a Bárbara para que recuperara la verticalidad. Una vez en pie vieron algo que no esperaban. Tras los árboles, una serie de edificios de varias alturas rascaban el cielo, había vehículos a motor con extraños diseños cruzando la calle y las ropas de la gente parecían más ligeras que las suyas. Para completar la escena, pocos metros a su derecha se alzaba la estatua de un hombre acompañado por una mujer con grandes alas y por otra con aspecto de guerrera.

–Esto no son las antípodas, Mercedes –concluyó Bárbara–. Esto es la plaza Vicuña Mackenna. Estamos en Santiago.

–¿Santiago? –preguntó Mechita–. Hace mucho que no venía, pero no lo recordaba así.

–Desde luego, no es el Santiago que conocemos tú y yo.

Bárbara giró sobre sí misma hasta que dio con la imagen de un hombre sentado en un banco. De una bolsa sacaba granos de maíz que lanzaba a las palomas. La morena agarró a Meche del brazo y la llevó hasta aquel banco. Las palomas, demasiado ocupadas picoteando el suelo, apenas se inmutaron y las mujeres pudieron sentarse. En el espacio entre ellas y el hombre había un periódico plegado. Bárbara echó un vistazo a la portada. Cuando vio la fecha se llevó una mano al pecho.

–Dios mío, Mercedes, estamos en el año 2018 –dijo sin poder aguantar su descubrimiento.

–¿En 2018? –preguntó la Möller escandalizada.

Cuando la conversación llegó a los oído del caballero, se giró hacia ellas. Las miró de arriba abajo. Parecían demasiado jóvenes para vestir como su abuela, y aquellos peinados hacía tiempo que se habían dejado de llevar en todas las peluquerías de Chile. Mercedes y Bárbara trataron de disimular, pero al hombre le dio mala espina la pareja, agarró su periódico y se fue, dejando a las palomas peleándose entre ellas por los últimos granos de maíz.

–Mercedes, tenemos que disimular.

–Ay, sí, Barbarita, disculpa –Mercedes se revolvía en el banco–, ¿pero cómo hemos llegado hasta aquí?

–Bueno, querrás decir cómo hemos llegado hasta ahora.

La ocurrencia le arrancó una risa a la Mechita, y su risa, a la vez, contagió a Bárbara. Rieron a carcajada limpia ante la mirada incrédula de las palomas. Pero pese a las risas, seguían perdidas, y volvieron poco a poco a su estado de desaliento inicial.

–¿Qué hacemos, Bárbara?

Bárbara buscó la respuesta en las copas de los árboles, que se mecían ligeras con la brisa.

–Tenemos que ir a Villa Ruiseñor.

–¿Volver? ¿A qué, Barbarita? Han pasado… –Mercedes hizo el cálculo mentalmente–, 67 años. Es probable que todos estén…

–Muertos –concluyó Bárbara–. Tu familia, mi marido…

–La María Elsa y la Augusta –Mechita se llevó los dedos a la boca para ahogar un grito.

Las palomas volaron asustadas a otro rincón del parque. Con el vuelo de la última, Mercedes echó a llorar.

–Hermosa, ¿por qué lloras?

Mercedes hundió su cabeza en el cuello de Bárbara.

–Lo siento mucho, mi amor. Siento haberte traído hasta aquí. Sin nadie a quien acudir, sin dinero, sin un lugar adonde ir…

Bárbara la apartó de su hombro y secó sus lágrimas.

–Bueno, nos tenemos la una a la otra y con eso me basta –Le agarró la cara y la besó en los labios–. Mientras estemos juntas, nada malo nos pasará.

Volvieron a besarse. Sus besos eran diferentes, más dulces, más esponjosos, más libres. Pero ni aun en el Chile de 2018 podían permanecer alejadas de las miradas curiosas. Ambas habían alertado unas pupilas clavadas en sus labios. Una anciana las observaba con expresión atónita, como si no diera crédito a lo que tenía delante.

–¡Vaya! Parece que nuestro país no ha avanzado tanto como esperábamos –dijo Bárbara.

La señora avanzó unos metros sin cambiar su expresión hasta que constató que quienes tenía delante eran la Mechita y la Bárbara, aquellas cochinas a las que denunció y de las que tanto se acordó durante toda su larga vida.

Próximo capítulo: Miércoles, 11 de abril. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo séptimo

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdona nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

¿Quieres empezar desde el principio?

La hoja de papel temblaba en las manos de Sofía. Donde esperaba encontrar un aprobado había un suspenso.

–Par de cochinas –dijo con la mirada ardiendo el papel.

Aquello la había contrariado. Mercedes y Bárbara no se habían dejado doblegar por su amenaza y a su mente llegaron como un eco las palabras de la directora cuando le exigió respeto, más que a ellas, a lo que representaban: la valentía de un par de mujeres luchadoras que habían conseguido que la generación de Sofía y sus compañeras pudiera ser más libre que la de Mechita Möller o su propia hermana, la María Elsa.

En casa, su padre leía la prensa plácidamente en el sofá del living. Sofía temió su reacción cuando le entregara las calificaciones. Se esperaba más de ella y no había alcanzado las expectativas. Todo por culpa de esas desviadas. A su padre le encantará saber que la mujer del comisario es la amante de la hija del alcalde de Villa Ruiseñor.

–Sofía, mijita, ¿te entregaron las calificaciones hoy?

Armando Quiroga se levantó del sofá y su figura hizo sombra a Sofía, que ya no recordaba cuándo fue la última vez que abrazó a su padre.

–No, papá –mintió la niña–. Quizá mañana, tras la representación teatral que llevamos preparando estos meses. Así no nos distraemos.

El hombre torció el bigote, pero no tenía motivos para sospechar de su pequeña.

¿Era normal sentir miedo de su propio padre? ¿Y si ella no deseaba el futuro que su progenitor esperaba de su hija? ¿A eso se refería Mechita con tenerle respeto por haber luchado para que las mujeres fueran un poco más libres?

–¿Todo bien, mijita? –preguntó el señor Quiroga, acariciándole la mejilla.

Sofía sacudió la cabeza para espantar aquellos pensamientos que la distraían de su verdadero objetivo, y comenzó a urdir su venganza. Ahí es donde la pequeña de los Quiroga, dulce antaño, sacaba todo el veneno que su padre le había transmitido sembrando el terror y la vendetta por todo Villa Ruiseñor.

–Sí, papá. Todo bien. Espero que estés en primera fila mañana para la representación de “La casa de Bernarda Alba”.

–No me lo perdería por nada en el mundo –respondió su padre.

Sofía sonrió con malicia. Su papel de Bernarda iba a ser recordado por mucho tiempo en Villa Ruiseñor.

 

Mercedes Möller miraba su reloj de pulsera con nerviosismo. La sala se iba llenando poco a poco y, tras el telón, que no eran más que un par de alfombras desgastadas, veía cómo la gente entraba al teatro y se sentaban en las butacas.

–¡Qué bueno que nos hayan cedido la sala para la representación! –dijo Bárbara a su espalda. Recordó sus primeras citas con Mercedes, jugando con las manos por debajo de la butaca.

–Espero que las chicas no se pongan nerviosas. Esto no es la clase.

–Lo harán muy bien –La mujer del comisario echó un vistazo a su alrededor–. ¿Has visto a Sofía Quiroga?

Mercedes se volvió hacia ella y negó con la cabeza. Luego le acarició el vientre de manera disimulada.

–Quizá estás equivocada y no estás embarazada.

Bárbara ladeó la cabeza ante el comentario de su polola.

–¿Cómo ibas a saberlo? –insistió Mercedes–. Nunca has estado embarazada.

–Lo sé, pero me siento extraña…

La conversación se vio interrumpida por Sofía que saludó con fingido entusiasmo a sus profesoras.

–¿Estás preparada, Sofía? –preguntó Bárbara.

–Hay mucha gente –dijo la pequeña de los Quiroga.

–No pasa nada, lo harás bien –Mercedes quiso tranquilizarla, pero Sofía no estaba nerviosa sino más bien ansiosa porque llegara el momento.

Se fue a prepararse con sus compañeras. Se habían esmerado en conseguir un vestuario apropiado y algunos enseres para el decorado. Las niñas se cogían de las manos y gritaban entusiasmadas.

Las mujeres volvieron a mirar a través de la ranura del telón la gente que iba llegando.

–Ahí está Nicanor –dijo Bárbara.

–Vinieron la María Elsa y la Augusta. Y el padre Reynaldo –contaba Mercedes–. Mira, vino hasta el señor Quiroga.

–Y ahí está tu padre.

Los dos hombres se habían colocado uno a cada lado del pasillo central y se miraban desafiantes. Por su parte, el comisario Pereira, inquieto en su butaca, ojeaba a todos los lados, como si temiera que algo malo fuera a ocurrir.

Dos butacas en la parte central quedaban reservadas para las directoras de la obra. Mercedes y Bárbara salieron de las bambalinas y se sentaron allí.

–Es importante que aplaudamos al final para que el público nos siga y ovacione a las niñas –dijo Mercedes.

Los labios de las dos mujeres recitaron verso a verso todas las frases de la obra. Las chicas la estaban sacando con gran soltura y el público disfrutaba con respetuoso silencio de la representación.

–¡Silencio! –dijo Sofía a punto de finalizar la obra–. ¡A callar he dicho!

Sofía miró al público. Mercedes la instó a que continuara con el texto. Quedaban apenas un par de líneas y el éxito sería rotundo. Pero la Quiroga decidió sostener el silencio más tiempo de lo que habían ensayado. Miró a Mercedes y luego saltó a Bárbara. Todo el público la miraba expectante.

–Ahí tenemos a un par de desviadas –dijo señalando a Mercedes. Los asistentes se revolvieron en sus asientos–. Miradlas bien, porque parecen mujeres respetables, pero sólo son un par de cochinas.

–¡Sofía! –la reprendió Elsa, que se puso en pie–. ¡Calla ahora mismo!

La pequeña miró a su hermana confusa. ¿A qué venía aquella reprimenda?

Mercedes subió al escenario, pero no tardó en darse cuenta de que aquello no hacía sino dar más valor a las palabras de su alumna. Bárbara subió tras ella.

–Yo vi con mis propios ojos a la Mechita y a la Bárbara labio con labio en el despacho de la escuela.

El rumor se hacía cada vez más intenso, como las olas del mar instantes antes de comenzar la tormenta.

–Sofía Quiroga, te ordeno que guardes silencio ahora mismo –dijo Bárbara, pero la niña ya estaba desatada.

–Este par de desviadas están manchando el buen nombre de este pueblo y de Dios nuestro señor.

Algunas mujeres se santiguaron y miraron al padre Reynaldo como esperando que les absolviera de manera instantánea de aquel pecado del que eran testigos. El sacerdote miraba confuso la escena sin saber muy bien qué aportar.

–Señor Armando Quiroga –Ernesto Möller se puso en pie–, le ordeno que le diga a su hija que deje de levantar falso testimonio sobre la Meche ahora mismo.

Quiroga se rio en su asiento.

–Mi hija nunca miente. Sigue, Sofía –instó a su hija.

La joven, alentada por su padre, siguió con su relato.

–Se hablaban como enamoradas, se tomaban de las manos y se decían lo mucho que se amaban.

Mercedes y Bárbara no sabían dónde meterse salvo en los ojos de la otra. El horror se reflejaba en sus rostros y la imagen de su padre y su marido respectivamente subiendo al escenario para formar parte de aquel teatrillo no mejoraba su estado.

–Mercedes –susurró Bárbara.

Mercedes la miró y vio que le ofrecía su mano. Aun sabiendo que aquello las delataría definitivamente, no había otra cosa que quisieran hacer en aquel instante que sentir la piel de la otra. El mero contacto las aisló del alboroto en torno a ellas y las llevó a la cama de Mechita, desnudas bajo las sábanas, escuchando a Lucho Gatica de fondo. Aquel había sido el único lugar donde se habían sentido seguras en toda su vida.

La gente estaba tan alterada que apenas notaron el temblor bajo sus pies. Las tablas del escenario comenzaron a saltar. Sofía calló y las risas de Armando Quiroga cesaron. Sólo quedó el ruido de la tierra abriéndose. Hubo dos segundos de silencio y, de nuevo, el temblor. Las niñas corrían despavoridas por el escenario, esquivando las maderas que saltaban sin cesar. La gente se levantó de sus asientos, y los asientos saltaban del suelo. Comenzaron a caer cascotes del techo y el polvo hizo el aire irrespirable.

Una gran grieta partía el teatro por la mitad y avanzaba hacia el escenario.

–¡Vamos, Bárbara! –Nicanor tiró de su mujer para llevársela fuera de allí, pero se encontró con la oposición de esta.

Las mujeres seguían unidas de la mano.

–Bárbara –Los ojos de Mercedes estaban encharcados–. Bárbara, te amo.

–Yo también te amo, Mercedes.

Bárbara se zafó de su marido y abrazó a Mercedes. Se besaron entre el polvo, ajenas a la caída inminente del tejado.

–¿Confías en mí, Barbarita? –preguntó Mercedes. Sus ojos ya no reflejaban temor, sino esperanza.

–Claro que sí, hermosa mía.

–A la de tres salta conmigo.

–¿Saltar? ¿Adónde?

–De ningún modo vais a saltar –dijo el padre de Mercedes.

–Papá, sal de aquí. Tú puedes salvarte. Nosotras ya estamos condenadas.

Nicanor quiso llevarse de nuevo a su mujer, pero un cascote se le cruzó por el camino y le impidió avanzar.

–Bárbara, no hagas ninguna tontería, por favor –le rogó.

–A la de tres –dijo Mercedes–. Una, dos…

El comisario dio un paso hacia ellas con la intención de agarrar a Bárbara, pero esta dio un salto de fe agarrada a la mano de la mujer de su vida hacia la negrura de la grieta.

Durante la caída dejaron de sentir nada. De fondo, como un eco, les llegaba una dulce melodía.

No me platiques ya
Déjame imaginar
Que no existe el pasado
Y que nacimos el mismo instante
En que nos conocimos

Próximo capítulo: Sábado, 7 de abril. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo sexto

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdone nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

Mercedes paseaba por su despacho como león enjaulado.

–Bárbara, ¿escuchaste eso? Esa niña insolente…

Se acercó a ella. Le tomó la barbilla y la obligó a que levantara la mirada, que seguía encharcada.

–Barbarita, mi amor –Mercedes nadó en los ojos de su polola hasta ahogarse en ellos.

La abrazó de nuevo con fuerza y entonces Bárbara reaccionó.

–Me da lo mismo lo que diga esa muchacha –dijo.

Mercedes se separó y la miró horrorizada.

–¿Sabes lo que pasaría si Sofía Quiroga le contase a todo el mundo que somos amantes? –Se levantó y volvió a pasear por su despacho mientras se mordía el pulgar con nerviosismo–. No quiero aceptar más chantajes, ni de ella ni de nadie más.

Buscó la complicidad de Bárbara, pero no la encontró.

–Mercedes… –dijo Bárbara. Quiso hablar, pero el nudo que tenía en la garganta se lo impedía.

Mercedes se arrodilló ante ella.

–Mercedes, anoche Nicanor y yo… –Incapaz de seguir, se llevó las manos a la cara.

–¿Qué te ha hecho Nicanor? ¿Te hizo daño? Si te hizo daño yo… yo… –El rostro de Mercedes enrojecía conforme su rabia se iba acumulando.

Con delicadeza, le retiró las manos de la cara. El maquillaje de Bárbara se derramaba por sus mejillas. Mercedes jamás había visto así a su amante y sintió miedo.

–Hicimos el amor –dijo por fin Bárbara–. Bueno, él… Me forzó.

Soltarlo fue un alivio para ella, aunque sólo fuera por el hecho de compartir aquel peso con el amor de su vida.

Para Mercedes, sin embargo, fue una losa. No era tan ingenua como para pensar que el matrimonio Pereira-Román mantuvieran relaciones, pero siempre había mantenido su mente lejos de aquella imagen. No obstante, el hecho de que Bárbara hubiera sido forzada la hizo sentirse responsable en cierta manera. Si no se hubieran conocido, si no se amaran como se aman, Bárbara podría seguir teniendo una vida feliz junto a su marido. Una vida… normal. En lugar de eso, vivían en constante peligro, bajo amenazas y sin poder desarrollar su relación más que a escondidas y con un sentimiento de culpa pegado a sus pieles.

–Bárbara, lo siento mucho –dijo Mercedes. Hundió su nariz en el cuello de Bárbara–. Lo siento tanto, mi amor.

–Eso no es lo peor de todo, Mercedes –continuó Bárbara. Levantó la vista y vio a su amada, mirándola con el alma en vilo y odiaba ser ella quien rompiera aquella dulzura, aquella inocencia de un plumazo, con una única frase–. Estoy embarazada.

La noticia impactó a Mercedes tanto que le costó mantenerse de pie.

–Embarazada –repitió para acabar de creérselo.

–No sé qué hacer, Mercedes –dijo Bárbara. De nuevo, tenía nubes en los ojos que amenazaban tormenta–. No sé qué hacer.

Comenzó a llover.

En un primer momento, Mercedes no comprendió a Bárbara. ¿Acaso tenía opciones? Tardó poco en caer a qué se refería, y un poco más en poner a su polola por encima de sus creencias religiosas.

–Bárbara, decidas lo que decidas, yo te voy a cuidar.

Le dio su beso más intenso. Sus labios se unieron con tanta fuerza que el suelo tembló bajó las baldosas del piso.

A Mercedes siempre le dolía separarse de Bárbara, que ella fuera a su casa, con su marido, a fingir algo que no era. En una ocasión, le dijo que ella lo tenía más fácil por estar casada, pero ahora entendía que no, que su sufrimiento era doble. Sin embargo, en aquella ocasión, el dolor de la separación fue más intenso, y el suelo no dejó de temblar hasta que llegó a casa. Allí la esperaba la María Elsa.

–Mechita, ¿qué te ocurre? ¿Estás bien? –le preguntó nada más verla.

Mercedes se dio cuenta de que era demasiado transparente y se colocó de nuevo su máscara que la protegía del exterior.

Carraspeó y se atusó el vestido.

–María Elsa, ¿qué haces aquí? –preguntó una vez se recompuso.

La joven Quiroga imaginó por qué estaba así su mejor amiga y no demoró más la razón de su visita. Se sentó en el sofá del living e invitó a Mechita a que la acompañara.

–He estado con mi hermana Sofía hace un rato. Estaba muy alterada –dijo María Elsa.

La sangre de Mercedes se bajó de golpe a los dedos de sus pies. Los movía dentro del zapato para cerciorarse de que seguía viva, pues el corazón también había dejado de latir. Su rostro volvió a ser un libro abierto para su amiga. Aun así, Mercedes cerró sus tapas de golpe e irguió la espalda en un gesto de compostura digna que aprendió de su mentora y antigua rectora de la escuela, doña Guillermina.

–María Elsa, te ruego que no sigas preguntando o me veré obligada a mentirte. Y mentirle es lo último que quiero hacerle a mi mejor amiga.

Elsa se acercó a ella y le tomó la mano. El armazón de Mercedes estuvo a punto de caer.

–Está bien, Mechita. Te entiendo –dijo–. Pero cualquier cosa que sea la que necesites, me tienes aquí.

Mercedes abrió la coraza una rayita para que asomara una dulce sonrisa.

Próximo capítulo: Miércoles, 4 de abril. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo quinto

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdone nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

Mercedes sonreía dormida. En sus sueños, paseaba con Bárbara por Villa Ruiseñor, tomadas de la mano. El sol se hacía paso entre las nubes en el cielo azul y una brisa cálida acariciaba sus rostros. La gente las saludaba por la calle. Las mujeres con una sonrisa, los hombres sacándose el sombrero.

–Buenos días, señorita directora. Buenos días, maestra –decían con una ligera inclinación del cuerpo–. Que tengan un buen día.

Ellas correspondían el saludo con una sonrisa que no les cabía en la cara. Una corriente recorrió toda su espalda.

El cuerpo de Mercedes comenzó a temblar sobre el colchón. En sueños, el suelo tembló y Villa Ruiseñor sufría una gran sacudida. Sus cimientos se venían abajo. La gente huía despavorida en todas las direcciones, con pañuelos, sombreros o partes de sus ropajes tapándole las bocas para no tragar el polvo que se estaba levantando.

El suelo empezó a abrirse bajo los pies de Mechita y, al levantar la vista, vio el rostro horrorizado de Bárbara, que no le soltaba la mano. Mercedes dio un salto para escapar de la raja, cada vez más ancha.

–¡Bárbara! –llamó a su amor.

El suelo se abría entre ellas y les resultaba imposible mantenerse unidas.

–Mercedes, mi amor, ¡salta! –le pidió Bárbara.

Sus pies estaban al borde del abismo. Un paso en falso y caerían al centro de la Tierra.

Su querido teatro comenzó a resquebrajarse. El cartel de la próxima película de estreno cayó al suelo y quedó enterrado en cascotes. El callejón que les servía de atajo, quedó sepultado por las paredes de los edificios aledaños. La hospedería caía piedra a piedra. La campana de la iglesia cayó con gran estrépito al suelo. Todos los escenarios donde se había desarrollado su historia de amor desaparecían bajo la grieta, cada vez más grande, más insaciable.

–¡Bárbara!

–¡Mercedes!

Los ojos encharcados de las mujeres junto con el polvo que inundaba el aire les impedían verse. Sólo sabían que seguían ahí por el tacto de sus manos. Pero también estas comenzaban a sucumbir al terremoto. La grieta entre Bárbara y Mercedes era cada vez más grande y sus dedos se separaban un poco más cada segundo que pasaba.

–Mercedes, ¡salta! –gritó Bárbara para hacerse oír por encima del estruendo–. Si vamos a morir, prefiero hacerlo contigo de la mano.

Sus pulgares se soltaron. EL meñique no aguantó mucho más.

–¡Salta, mi amor! ¡Saltemos a la de tres! –insistió Bárbara.

Mercedes pensó en lo injusta que había sido la vida con ellas que, ahora que empezaban a ser felices y libres, les castigaba con un acontecimiento de tal magnitud.

–¡Una! –gritó la directora.

–¡Dos! –le siguió Bárbara.

–¡Y tres! –dijeron al unísono.

Las dos mujeres saltaron al vacío tomadas de la mano. El corazón de Mercedes le subió hasta la garganta y salió a modo de grito.

Se incorporó sobre el colchón. Los ojos se le salían de las órbitas, pero estaba viva. Sudaba copiosamente, pero se sentía aliviada al saber que todo había sido una pesadilla.

Cuando Mercedes vio a Bárbara aparecer en su despacho, se echó en sus brazos. Bárbara la acogió con cierta frialdad.

–Barbarita, he tenido un sueño horrible. Horrible –dijo Mercedes–. Empezaba bonito, pero luego había un terremoto y todo se caía. Nosotras teníamos que saltar a la grieta.

Bárbara asintió de manera mecánica. Su mirada estaba ausente, perdida en algún punto lejos de aquella oficina.

–Bárbara, ¿qué te pasa? –preguntó Mercedes en cuanto se percató de la ausencia de su amante.

Bárbara se sentó en una silla y guardó silencio. Mercedes le acarició la mejilla e insistió.

–Mi amor, ¿estás bien? Cuéntame qué te ha pasado. ¿Te ha hecho algo Nicanor?

Pero Bárbara seguía muda. Una lágrima saltó en el trampolín de sus pestañas y mojó la mano de Mercedes al caer. La directora la abrazó con suavidad, pero el cuerpo de Bárbara parecía sin vida.

–Yo te voy a cuidar, Bárbara. Puedes estar segura de ello. Te salvaré. Te voy a sacar de aquí.

El ruido de unos nudillos golpeando el cristal de su puerta la asustó. Su estado anímico no mejoró cuando vio que era la pequeña de los Quiroga quien pedía entrar.

–¿Qué querrá la Sofía ahora?

Se separó de Bárbara y la colocó en la silla con la mirada clavada en el suelo. Las lágrimas caían gota a gota en el suelo formando un pequeño charco que distorsionaba la decoración geométrica de las baldosas.

–Buenos días –saludó Sofía con tonillo impertinente.

–Dígame qué desea, señorita Quiroga –Mercedes se mantuvo firme delante de la joven.

Sofía miró de reojo al suelo bajo los pies de Bárbara, pero no se echó atrás en sus pretensiones.

–Necesito que me suba la nota del último examen.

–¿Cómo subir? –preguntó anonadada Mercedes.

–Mi padre me prometió un viaje a Santiago si conseguía una buena media –se explicó Sofía.

–Pues para eso debe estudiar mucho más –dijo la directora.

Sofía jugó distraída con la manga de su jersey.

–Es tarde para eso. Es mejor que me suba la media. Ya sabe, como la última vez.

Mercedes tomó aire.

–No voy a consentir que me chantajee de nuevo.

–Creo que no le queda otra alternativa que hacer lo que le pido si no quiere que todo Villa Ruiseñor se entere de sus… –Sofía contuvo el aliento un segundo– cochinadas.

A Mercedes se le paró el corazón cuando escuchó aquello. Pensó en ella y Bárbara en la piscina, en la cama, en cualquier rincón que les permitiera dar rienda suelta a su pasión y sintió rabia al oír aquel calificativo. Para ella, hacer el amor con la persona que amaba era hermoso, profundo, mágico, y aquella niñata lo estaba profanando con su mente sucia y perversa.

–¿No querrá que el padre Raimundo se entere de que son ustedes unas pecadoras?

–¡Sofía Quiroga! –gritó Mercedes, pero Sofía no se acobardó. Todo lo contrario. Subió la barbilla un poco más y miró directamente a los ojos de su profesora. Mercedes se acercó a ella para hacer valer su posición y levantó el dedo índice–. Señorita Quiroga, soy la directora de esta escuela. Le exijo un respeto.

–¿Respeto por unas invertidas?

Mercedes tomó aire por la nariz y afianzó su actitud.

–Eres una desagradecida, Sofía. La señora Román y yo luchamos por ustedes, por todas las niñas de esta escuela. Nos ha costado mucho estar donde estamos. La mujer siempre ha estado relegada al papel de esposa y señora de su hogar. Nosotras luchamos para que usted y sus compañeras puedan elegir con quién casaros, si deseáis casaros, tener derecho a una formación superior de calidad que no se quede únicamente en la escuela elemental, sino que podáis aspirar a estudiar en una universidad, sin las trabas de los hombres. Gracias a mujeres como nosotras, que hemos aguantado lo indecible, vosotras podréis ir a la universidad. Así que sí, nos debes respeto y gratitud.

Sofía resopló. Su figura se había ido encogiendo con cada palabra de Mercedes.

–¿Y quién le ha dicho que quiero ir a la universidad? Yo me casaré con un hombre de buena posición, heredaré los bienes de mi padre, y no tendré que estudiar ni trabajar nunca –Se dirigió hacia la puerta y la abrió–. Ya sabe lo que tiene que hacer, directora Möller.

Ni el portazo que dio al salir y que hizo temblar los cristales de la oficina sacó a Bárbara de su ensimismamiento.

Próximo capítulo: Sábado, 31 de marzo. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo cuarto

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdone nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

El rostro de Nicanor quedaba alumbrado tenuemente por la luz de la luna llena que entraba en el salón sin oposición. Estaba sentado en el sofá, casi tumbado. Se había quitado las gafas y el juego de sombras le acentuaba las ojeras bajo los ojos. Media botella de whisky se tambaleaba sobre la mesita de café.

Bárbara entró en el living y se asustó al ver aquella imagen.

–Nicanor, por Dios, ¡qué susto me diste!

–Lo siento, querida –respondió su marido, paladeando cada palabra con los restos de su whisky–. Me senté aquí a esperarte y se me hizo de noche.

Una vez prendió la luz de la lámpara, Bárbara fue hasta su marido y le quitó con delicadeza el vaso de la mano.

–Discúlpame. Estaba donde los Möller –dijo la mujer mientras se llevaba la botella de licor lejos del alcance de su marido.

–Ah, con la hermosa Mercedes, imagino –Nicanor entonó resabido el calificativo con el que su mujer se refería a su amiga más íntima–. No me gusta que vayas tanto con ella. Es una solterona.

–Nicanor, es mi amiga y estaré con ella siempre que me necesite –respondió Bárbara con impaciencia.

El comisario se puso por fin en pie para darle más ímpetu a sus palabras, pero se tambaleó y tuvo que apoyarse en su mujer para no caer.

–¿Y yo, Bárbara? ¿Dónde estás cuando yo te necesito? –logró decir. El alcohol le había adormecido la lengua y apenas podía vocalizar unas palabras legibles.

–¿Y cuando te necesito yo dónde estás? Sólo piensas en tu trabajo.

Bárbara quería desviar la atención de la conversación, pero no calculó bien hacia dónde los derivaría aquella nueva dirección. Nicanor se lanzó a ella y comenzó a besarla en el cuello. Bárbara notaba el rastro del whisky en su piel y apenas pudo reprimir el asco que le produjo.

–Vamos a tener un hijo –dijo el comisario de Villa Ruiseñor. No era un ruego, ni una petición. Ni siquiera una sugerencia.

–Ya lo hemos hablado, Nicanor. No es el momento –Bárbara luchaba por quitarse a su marido de encima, con escaso éxito.

–Nuestro matrimonio cayó en picado desde que llegamos a Villa Ruiseñor –se quejó Nicanor. Su cara estaba roja y sus ojos parecían salirse de las órbitas–. Reconozco que mi trabajo ha sido muy absorbente, pero reconoce que tú tampoco has sido la maravillosa esposa que eras. Venir aquí ha sido una maldición para mí.

Bárbara pensó que para ella había resultado ser una bendición. Villa Ruiseñor le había traído al amor de su vida, una mujer valiente que la había correspondido y que la amaba por encima de todas las cosas. Nicanor y Bárbara eran dos caras de una misma moneda que Dios había lanzado al aire, pero sólo una podía mostrarse al caer sobre el suelo polvoriento de las calles del pueblo.

–Por eso quiero formar una familia, quiero que vuelva la ilusión a nuestras vidas.

Nicanor contraatacó y se lanzó sobre su mujer, lo que obligó a Bárbara a dar unos pasos hacia atrás para evitar su envestida. Miró hacia atrás y apenas quedaba espacio entre su espalda y la pared.

–Pero Nicanor, no podemos tener hijos sólo porque seamos infelices. No haremos sino criar a niños más infelices todavía –argumentó Bárbara, pero su marido ya no la escuchaba.

La lengua del comisario paseaba por la clavícula de Bárbara. Empujó el cuerpo de su mujer hasta que lo detuvo la pared. Bárbara escondió la cara en el cuello de Nicanor para ahogar la rabia y el asco que estaba sintiendo. Cuanto más trataba de separarse de él, más fuerza ejercía su marido en sus carnes, por lo que desistió para sufrir lo menos posible. El miembro erecto del comisario entró en ella lo que le produjo un pésimo dolor en su sexo y en su alma. Le dio un puñetazo en el hombro, pero resultó ser como los arreos a los caballos para que corran más rápido.

Bárbara se refugió en Mercedes. Cerró los ojos y la imaginó dormida, soñando con ellas dos viviendo su amor libremente, tomadas de la mano, paseando por Villa Ruiseñor, por Santiago o por donde quisieran llevarlas los vientos del destino.

La respiración acelerada de Nicanor auguraba su final. Cuando salió de ella, Bárbara ya supo que había quedado en estado.

Próximo capítulo: Miércoles, 28 de marzo. ¿Te aviso?

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Fanfic #Barcedes: Capítulo tercero

fanfic Barcedes A. M. Irún
¿De qué va?

Historia basada en la telenovela “Perdone nuestros pecados”, ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

Bárbara notó que algo no iba bien en Mercedes.

–Hermosa mía, estás temblando.

Le besó en la frente para cerciorarse de que no tenía fiebre.

–Es por mi papá. Me tiene hasta la coronilla con lo de que me busque un marido y forme una familia –dijo Mercedes. Abrazó fuerte a Bárbara hasta que el temblor remitió–. Mi única familia eres tú.

Una corriente recorrió sus cuerpos por toda la espina dorsal hasta la coronilla. A pesar de que no sabían de dónde venía aquello, no mostraron temor.

–Tengo un enguindado en mi pieza –le ofreció Mercedes.

Bárbara dejó caer la cabeza y la miró con escepticismo.

–Tú lo que quieres es llevarme a la cama.

Las dos rieron y la corriente se intensificó. Mercedes tomó la mano de Bárbara y tiró de ella por el salón hasta su habitación. Cerró la puerta cuando las dos estuvieron dentro y empujó a Bárbara contra la pared.

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